Te compró tú amor

15.

Capítulo 15

POV Noah

¿Qué está pasando?

Eso es lo primero que pienso al ver el grupo detenido frente a recepción. Empleados quietos, miradas que se esconden cuando aparezco. Silencio espeso. Incómodo.

Irina está roja. No de vergüenza. De rabia.

Jason está firme, demasiado cerca de Luna.

Y Luna…
Luna está sonriendo.

No una sonrisa amable.
Una pequeña. Precisa. Ganadora.

—¿Qué ocurre aquí? —pregunto.

Irina da un paso al frente de inmediato, como si llevara ensayando el discurso desde hace años.

—Ella me agredió —dice, señalando a Luna sin mirarla realmente—. Vino sin autorización, interrumpió el área de recepción y cuando intenté hacer cumplir el protocolo, me atacó. Quiero que la saquen del edificio ahora mismo.

Su voz tiembla apenas. Lo suficiente para parecer víctima.

—Jason lo impidió —añade—. Está excediendo sus funciones.

Jason no se mueve. No se justifica. Me mira.

Luna sigue en silencio.

No protesta.
No explica.
No se defiende.

Y eso es lo que más me inquieta.

Irina cruza los brazos, segura. Convencida de que este es el momento en que yo la elijo. Como siempre.

Espero que Luna diga algo.
Cualquier cosa.

Pero ella solo inclina la cabeza levemente… y sonríe un poco más.

Entiendo entonces.

Ella sabe.
Sabe exactamente cuánto poder tiene aquí.

Respiro hondo.

—Vuelvan a sus puestos —digo, en voz alta.

Algunas cabezas se levantan de golpe.

—Aquí no ha pasado nada.

El murmullo muere de inmediato.

Irina me mira, incrédula.

—¿Noah…?

No la miro.

Tomo a Luna del brazo.

No con brusquedad.
Con firmeza.

—Ven conmigo.

El aire se corta.

Mientras avanzamos hacia el ascensor, siento la tensión vibrando en cada mirada clavada en nuestra espalda.

Y entonces Luna hace algo.

Desliza su mano y toma la mía.

No me aprieta.
No la necesita.

Es solo… un gesto.

Para que Irina lo vea.

La rabia de ella es casi física. La siento arder a mis espaldas.

Estoy confundido.
Pero no retiro la mano.

Las puertas del ascensor se cierran.

El silencio cae.

Luna suelta mi mano de inmediato.

—No vuelvas a tocarme —dice.

La miro.

—Fuiste tú quien me tomó la mano.

—Porque tú ya me habías tomado del brazo antes.

—Ajá —respondo—. Ya.

Se hace un segundo de silencio incómodo.

—¿Por qué estás aquí generando caos? —pregunto al fin.

Luna ladea la cabeza.

—¿Quieres tener esta conversación en el ascensor?

Aprieto la mandíbula.

El ascensor sube.
Cada segundo se siente demasiado largo.

Noah ejecutivo.
Luna incendio.

El pitido anuncia el piso 37.

Las puertas se abren.

Salimos casi al mismo tiempo, como si compartir el aire nos resultara insoportable.

Abro la puerta de mi oficina.

Ella entra.

Yo entro.

Cierro.

El clic del seguro suena definitivo.

Camino hasta el escritorio y me siento.

—Te escucho.

Luna se queda de pie.

—Sírveme agua.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Agua —dice—. Tengo la garganta seca.

La miro, incrédulo.

—¿Quieres que te sirva agua?

—¿Eres sordo?

Aprieto los dientes.

—Puedes servírtela tú.

—No —responde—. Sírvemela tú. Y que esté fría.

Silencio.

La miro unos segundos más.
Ella no se mueve.

Me levanto.

Camino hasta el mueble. Sirvo el agua. Fría.

Regreso y dejo el vaso sobre el escritorio sin cuidado.

Me siento de nuevo.

La observo.

Luna toma el vaso y se bebe el agua de un solo trago. Sin apartar los ojos de mí.

Luego deja el vaso vacío.

Levanta la mirada.

—Y bien —digo—. ¿Para qué viniste?

Luna se inclina apenas hacia adelante.

—Tienes que decirle a tu familia que acepto el matrimonio.

El aire se me va de los pulmones.

La miro fijo.

—¿Qué?

Ella sonríe.
Despacio.
Sin rastro de duda.

—Acepto —repite—. Nos casamos.

La palabra acepto todavía flota en el aire cuando algo en mí se relaja.

Por fin.

La observo, apoyado contra el respaldo de la silla. Cruzo los brazos. Sonrío.

—Sabía que te cansarías de jugar a la autosuficiente.

Su mandíbula se tensa al instante. Veo cómo aprieta el puño, cómo contiene el impulso de lanzarme el vaso vacío.

—¿Cuántas hamburguesas te tomó tomar esta sabia decisión? —añado, con ligereza calculada.

Luna alza la barbilla.

—Ninguna —responde—. Y no voy a dejar mi trabajo.

Parpadeo, sorprendido solo un segundo.

—No lo necesitarás —digo—. Lo sabes de sobra. Si lo mantienes es solo por conservar un poquito de orgullo.

Ella sonríe, sin humor.

—Mi orgullo está intacto —dice—. Y mi decisión no tiene nada que ver con el dinero.

Suelto una risa breve.

—Por favor, Luna. Vivir bajo una falsa moralidad es agotador.

Me observa de arriba abajo.

—Supongo que hablas por ti —responde—. Te ves agotado.

La sonrisa se me borra apenas.

—Bien. Ya basta.

—Sí —dice ella—. Aclaremos condiciones. Así podemos salir de aquí. Odio ver tu cara de ganador.

Me inclino hacia adelante.

—Las condiciones ya están estipuladas en el testamento —respondo—. Puedes irte si quieres. Te llamaré cuando tenga la primera fecha para la boda.

Se levanta de la silla.

—¿Crees que será así de simple?

La sigo con la mirada.

—¿No lo será?

Se gira hacia mí.

—Que haya dicho que sí no significa que será como tú digas.

—¿Ah, no?

—No.

Da un paso hacia la puerta.

—Las condiciones las pongo yo. O no hay boda.

El pulso se me acelera. Me desajusto la corbata con un gesto brusco. Maldición.

—Ya, siéntate —digo, exhalando—. Dime qué quieres.

Luna sonríe.




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