Te compró tú amor

16.

Capítulo 16: humillación

POV Noah

El paradero del bus es exactamente lo que imaginaba.
Feo. Estrecho. Con un banco de metal que parece diseñado para castigar espaldas ajenas.

Miro el reloj.
Luego la calle.
Luego el reloj otra vez.

Esto es absurdo.

Un grupo de adolescentes me observa desde la esquina. Uno cuchichea algo. Otro se ríe. Perfecto. Debo parecer un espécimen en peligro de extinción.

El bus aparece al fondo, soltando un quejido metálico. Cuando se detiene, la puerta se abre con violencia innecesaria.

Luna baja última.

No se tambalea. No dramatiza. Pero hay algo en su forma de caminar que no es debilidad: es agotamiento puro, administrado con disciplina.

Carga un bolso enorme colgado del hombro.

Levanta la vista.

Me ve.

Se detiene en seco.

Su expresión pasa de sorpresa a hartazgo en menos de un segundo.

—…¿pero qué mierda haces aquí?

Enderezo la espalda. Me meto las manos en los bolsillos como si este fuera mi barrio.

—Esperándote.

—Eso ya lo veo. La pregunta es por qué —añade, recorriéndome de arriba abajo—. ¿Y por qué estás vestido como si fueras a jugar hockey callejero?

Miro mis zapatillas. La sudadera. El conjunto que Jason definió como “normal”.

—¿Así no se viste la gente de este barrio?

Ella suelta una risa seca.

—No —dice—. Así se visten los tipos con crisis de identidad.

Intenta pasar a mi lado.

No me aparto.

—Eres un cabrón —murmura—. Muévete.

—No vine aquí por nada —digo—. Dijiste que teníamos que convencer a tu padre, ¿no?

Luna ladea la cabeza, incrédula.

—¿Y aparecer en una parada de bus como acosador suburbano ayuda en qué parte del plan?

—En que parezco interesado —respondo—. Espero. Acompaño. Camino contigo hasta tu casa como una persona… funcional.

—No estoy de humor.

—Eso ya lo noté.

—Paso.

Se da la vuelta y empieza a caminar sin mirarme.

Me quedo quieto medio segundo.

Luego la sigo.

—No necesito que me sigas —dice sin girarse.

—No te estoy siguiendo. Caminamos en la misma dirección.

—Qué coincidencia tan conveniente.

—Es un barrio pequeño.

—Y tú ocupas demasiado espacio en él.

El bolso se le vence un poco del hombro. Instintivamente alargo la mano.

—Ni se te ocurra —escupe—. No me toques.

Retiro la mano como si quemara.

—No iba a tocarte. Iba a… evitar una tragedia logística.

—Mi bolso no es tu problema.

—Pesa.

—No tanto.

—Pesa —insisto.

—Y tú eres insoportable.

Seguimos avanzando. El silencio entre nosotros es tenso, cargado.

—Caminas lento —comento al rato.

—Camino como quiero.

—Ese ritmo es ineficiente.

—Entonces adelántate.

—Eso arruinaría el punto.

—¿Qué punto?

—Parecer involucrado.

Luna se detiene de golpe y se gira hacia mí.

—Noah —dice, muy tranquila, demasiado—. No me interesa tu esfuerzo performativo. No me interesa tu incomodidad. Y no me interesa ser tu ejercicio de humildad de la semana.

La miro. Aprieto la mandíbula.

—No es un ejercicio.

—Claro que lo es —responde—. Mañana vuelves a tu torre de cristal y yo sigo aquí. Esto es turismo emocional.

Reanuda la marcha.

La sigo.

A dos casas de la suya la veo.

La figura apoyada en la entrada.
Brazos cruzados.
Mirada alerta.

Gabriel Morales.

Luna aún no lo ha notado.

—Ya llegamos —dice—. Vete.

—Aún no.

—Noah—

Gabriel da un paso adelante.

Luna levanta la vista.

Lo ve.

Se tensa.

Y en ese segundo exacto, hago lo único que no planeé: le tomo la mano.

No fuerte.
No con cuidado.
Con decisión.

Luna se queda rígida.

—¿Qué haces? —susurra, con furia contenida.

—Actuar —respondo, sin mirarla.

—Te voy a arrancar la cabeza.

—Después.

La mirada de Gabriel baja a nuestras manos. Luego sube a mi cara.

No sonríe.
No frunce el ceño.

Evalúa.

Luna intenta soltarse. No puede sin llamar la atención.

—Esto no estaba en las condiciones —murmura.

—Es espacio público —respondo—. Relájate.

—Te odio.

—Lo sé.

Gabriel aclara la garganta.

—Luna.

Ella suspira, resignada.

—Hola, papá.

Yo no suelto su mano.

Estoy fuera de lugar.
Incómodo.
En territorio enemigo.

Pero por primera vez,
no me voy.

*****************

POV Luna

La mano de Noah sigue envolviendo la mía.

No aprieta.
No presume.
Está ahí como si llevara tiempo.

Como si fuera natural.
Y eso es lo que más me horroriza.

Levanto la vista y me encuentro con mi padre.

Gabriel Morales está de pie en la entrada, recto como siempre, iluminado por la luz del porche. No está furioso.
Está descolocado.

Mira primero nuestras manos.
Luego mi cara.
Después a Noah.

Durante un segundo parece estar armando un rompecabezas que no esperaba.

Noah habla primero.

—Buenas noches, señor Morales.

Su voz es sobria. Medida. Demasiado correcta para este barrio.

Mi padre asiente apenas.

—Señor Ha. Buenas noches.

No hay afecto. No hay cortesía extra. Solo control.

—¿Todo bien? —pregunta mi padre, mirándome.

Asiento.
—Sí.
Nada más.

No explico.
No niego.
No pido permiso.

Noah suelta mi mano entonces, despacio, como si supiera que cualquier brusquedad sería una provocación.

—Ya llegamos —dice—. Come algo y descansa.

Lo miro, sorprendida.

—Es tarde —agrego.

—Te llamo cuando llegue —murmura, como si me importara saber si llego o no.

Mi padre frunce el ceño. No dice nada, pero lo registra todo.

—Buenas noches, Luna.

—Buenas noches —respondo, seca.

Noah inclina la cabeza hacia mi padre.
—Buenas noches.
Y se va.
Rápido.
No corre, pero tampoco se queda. Desaparece por la acera como alguien que sabe que ya tensó suficiente la cuerda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.