Te compró tú amor

17.

CAPÍTULO 17 – ZONA DE IMPACTO

POV Noah

Estoy sentado a la mesa cuando Luna entra a la cocina.

No levanto la vista de inmediato. Tengo una bolsa de hielo apoyada contra el pómulo y el frío me mantiene anclado al cuerpo. Los calcetines están sucios. Me arden las costillas cada vez que respiro un poco más hondo de lo necesario.

—¡¿Noah?! —dice ella.

Su voz corta el aire.

Levanto la vista despacio.

Su expresión cambia en segundos. La dureza se le cae. La sorpresa se convierte en algo más peligroso.

—¿Qué pasó? —pregunta, ya más cerca.

Gabriel está de pie junto a la encimera. No habla. Observa.

—Nada —respondo—. Un inconveniente menor.

—No mientas —dice Luna.

Se inclina frente a mí sin pensarlo. Me retira apenas la bolsa de hielo y me examina el pómulo. Sus dedos rozan mi mandíbula. No es delicada, pero tampoco brusca.

Es… atenta.

Asusta.

El contacto me descoloca más que el golpe.

—Mañana se va a notar —dice—. Eso no es bueno.

La miro.

No digo nada.

Gabriel carraspea.

—¿Qué ocurrió? —pregunta—. ¿Te siguieron?

—Me atacaron cuatro chavales —respondo—. Me robaron.

Y luego, sin poder evitarlo:

—Este barrio apesta.

Gabriel ignora el comentario.

—¿Dónde?

—A dos cuadras.

Luna aprieta los labios.

—¿Viste a alguno?

Asiento.

—Sí.

Gabriel se tensa apenas.

—Descríbelo.

—Flaco —digo—. Campera azul. Cierre roto. Pelo oscuro. Fue el que empezó. El que me quitó las zapatillas.

Gabriel asiente despacio.

—Es Mateo Ruiz —dice—. El hijo de Clara.

El nombre cae pesado.

Ya no es un golpe sin rostro.

—Hablaré con su madre —añade.

—No —respondo de inmediato—. Voy a denunciarlo.

Luna se gira hacia mí.

—No.

La palabra sale seca, controlada. No es amenaza. Todavía.

—Me atacaron —repito—. Esto es un delito.

—Y denunciarlo no va a devolverte nada —dice—. Ni lo que te robaron ni lo que te hicieron.

—Eso no lo decides tú.

—No —interviene Gabriel—. Eso lo decide él.

Nos mira a los dos.

—Pero yo hablaré con Clara primero. Voy a intentar recuperar tus cosas.

Se pone la chaqueta.

Sale.

La puerta se cierra.

El aire cambia.

Luna se gira hacia mí.

—Si denuncias, no hay boda.

La frase cae limpia. Sin dramatismo. Sin explicación.

No respondo enseguida. El cuerpo todavía arde. Y ahora esto.

—¿Me estás hablando en serio? —pregunto.

—Completamente.

La miro fijo.

Algo se endurece.

—Mírate —digo—. Tan correcta. Tan firme.
Defendiendo al tipo que me dejó sangrando en la calle solo porque admitirlo te complica la vida.

Ella no se mueve.

—No me odias —añado—. Te molesta que mi dolor no encaje en tu narrativa.

La bofetada llega sin aviso.

El sonido seco corta el aire.

No reacciono por rabia.

Reacciono por reflejo.

Le sujeto la muñeca.

El contacto me golpea más fuerte que el puño en la cara.

No aprieto.
No tiro.

La suelto.

****

POV Luna

Noah se da la vuelta y empieza a caminar hacia la puerta. Hace lo impensable: se va.

Así, sin más.

La puerta se cierra detrás de él. El sonido resuena más de lo que debería.

Me quedo inmóvil un segundo. Dos.

Cuento hasta diez.

Uno. Porque tiene que ser tan estúpido.
Dos. No es mi problema.
Tres. No voy a decirle que regrese.
Cuatro. No voy a meterme.
Cinco. Es orgulloso. Que se las arregle.
Seis. No tengo por qué cuidarlo.
Siete. ¿Está… saliendo sin zapatos?
Ocho. ¿Pretende atravesar Nueva York así?
Nueve. Se va a ganar otra paliza.
Diez. No es mi asunto.

Sigo mirándolo. Camina rígido, un poco ladeado, como si cada paso le costara más de lo que quiere admitir. Aprieto los dientes.

—No es cierto —murmuro.

No puedo quedarme aquí viendo esto.
No puedo.

Agarro la sudadera más cercana. Salgo sin pensar. La puerta se cierra de nuevo, demasiado fuerte.

La noche me golpea en la cara. Lo alcanzo en la esquina.

—¡Noah!

No se detiene.

—¡Noah!

Corro dos pasos y me pongo frente a él, obligándolo a frenar.

—¿Qué haces? —le espeto—. ¿Estás loco?

Me mira. La cara hinchada. El labio partido. La rabia todavía fresca.

Noah no dice nada. Me mira un segundo y luego aparta la vista, como si yo fuera parte del paisaje. Como si no valiera la pena responderme.

Eso me enciende algo por dentro.

—Eres un inmaduro —digo—. De verdad.

Sigue caminando. Ni se gira.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —añado, siguiéndolo—. No es valentía. Es puro ego.

Se detiene al fin. Suspira hondo, como si yo fuera el cansancio, no la noche, no el dolor.

—¿Quieres ayudarme? —dice, sin mirarme—. Pídeme un taxi.

—No quiero ayudarte —respondo.

Ahora sí me mira. Sus ojos están oscuros. Cerrados. Orgullosos hasta la estupidez.

Asiente una sola vez.

—Entonces no me sigas.

Da un paso para pasar a mi lado.

Me quedo ahí, plantada, mientras lo veo alejarse otra vez. Dignidad rota sostenida con pura terquedad.

Aprieto los dientes. Esto es ridículo. No debería estar aquí. Y aun así… mis pies no se mueven.

—Vete —le grito mientras camino a su lado—. Lárgate.

Se detiene. Me mira como si yo fuera el último obstáculo antes del desastre.

Desde la otra acera, una voz rompe el momento:

—¡Luna! —grita Gabriel—. ¿A dónde van?

Cierro los ojos un segundo. Perfecto. Me toco la sien. Me duele la cabeza, aún no he comido. Suspiro.

Abro los ojos y miro a Noah.

—Genial —digo—. Justo lo que faltaba que mi padre viera esta ridícula escena. Más drama para tu novela.

Noah suelta una risa seca, sin humor.

—¿Mi novela?

Da un paso hacia mí. Bajo. Controlado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.