CAPÍTULO 18 – MENTIRAS
POV Luna
Desperté pensando en Noah. No en mi madre, ni en mi padre, ni en el desayuno que olvidé preparar ayer. Noah. Él. Cómo se fue, el moretón bajo el pómulo, el labio partido, la rigidez con la que caminó. Cómo lo defendí… y fui injusta.
Mi sentido de justicia es casi una obsesión: siempre intento equilibrar lo que está mal, proteger al débil, corregir la injusticia. Ayer, sin embargo, lo hice mal. Me puse del lado del delincuente solo porque la víctima era Noah. Defender a Mateo Ruiz mientras Noah se llevaba la peor parte. Y peor aún, lo condicioné a su propia humillación: si denunciaba, no habría boda. Solo porque mi orgullo y mi moralidad me obligaron a justificar lo injustificable.
Y ahora estoy aquí, pensando en él primero, como si me valiera un comino todo lo demás. Como si tuviera tiempo para preocuparme por el corazón de otro, cuando mi propia vida está patas arriba. El despertador suena, insensible, recordándome que estoy tarde. Debo levantarme. Tengo que trabajar, tengo que mantener todo en secreto, tengo que seguir viva.
Me levanto de un salto, el cabello aún desordenado, y me doy cuenta de que no he medido mi azúcar. No hay tiempo. La insulina está a temperatura ambiente —lo único que puedo hacer es tomar la que hay y ponerme lo que creo que es suficiente. Ni siquiera miro la dosis exacta. Mi torpeza con la diabetes es total, pero nadie debe enterarse, ni siquiera mi padre. La guardo rápido, escondo los frascos, me pongo la inyección como si nada y me aprieto la camiseta para disimular.
Golpean la puerta.
—Luna… ¿desayuno? —la voz de mi padre suena preocupada.
—¡Ya voy! —respondo apresurada, ocultando cualquier indicio de debilidad.
Salgo al comedor. Lo abrazo como siempre, como si nada hubiera pasado. La normalidad absoluta, la felicidad fingida que me sale automática porque sé que él nota todo. Papá me mira, y sé que sospecha que algo está forzado, pero no dice nada.
—Buenos días, hija —dice Gabriel, con su voz grave, intentando mantener la calma.
—Buenos días, papá —le respondo, besándole la mejilla con la misma naturalidad de siempre, canturreando Cielito lindo para desviar cualquier pregunta incómoda.
Nos sentamos a desayunar. El café humeante, los huevos, la tostada. Intento concentrarme en comer. Papá me observa, serio, y finalmente rompe el silencio:
—Luna… háblame. ¿Qué está pasando?
Mi garganta se seca. Debo mantener la mentira, debo proteger a todos.
—Te ves agotada —agrega papá, serio—. No tienes que hacerlo todo sola.
—Estoy bien —respondo demasiado rápido, incluso para mí.
—Estás distante. ¿Es por Noah?
Mi garganta se cierra. La culpa y el miedo me aprietan la voz.
—¿No lo apoyas? —lanzo, con el filo de la desesperación.
Papá suspira y golpea suavemente la mesa.
—No es real, Luna. No sé por qué lo estás haciendo. ¿Te amenazó?
—Nadie me amenaza —digo, controlando cada palabra—. Menos Noah Ha.
—¿Es por mí?
—Ya te dije, me gusta.
—Luna, eso no es cierto.
—¿Por qué no quieres creerme?
—Porque no dejas ir a alguien que quieres, así como dejaste ir a Noah ayer.
—Le di espacio.
—Nunca lo priorizaste. No me mientas. Dime la verdad.
Siento la presión en el pecho. El reloj grita que voy tarde.
—Voy tarde, papá. Tengo que trabajar. Te amo.
Recojo el bolso y salgo, mientras la debilidad me amenaza desde dentro. Mi corazón se tambalea, mi cabeza me grita, mi estómago se contrae. Cada decisión que he tomado me pesa: el matrimonio, la herencia, la vida de mi padre, mi propia vida. Todo por sobrevivir. Todo por mantener una mentira que protegerá a los que amo, aunque me destruya a mí misma.
***
POV Noah
El silencio de mi oficina es más violento que cualquier golpe.
Me quito la chaqueta apenas entro y la dejo caer sobre el sillón sin cuidado. El reflejo del ventanal me devuelve una imagen que no reconozco del todo: el pómulo amoratado, el labio partido, la rigidez en la mandíbula. No duele. O al menos no como debería.
Lo que duele es otra cosa.
Luna Morales.
Me apoyo en el escritorio, respiro hondo y tomo el teléfono. No debería mirarlo. Sé exactamente qué voy a encontrar.
Un mensaje nuevo.
Luna:
Tenemos que hablar de lo de anoche.
Exhalo por la nariz, seco.
Claro que sí.
Siempre tenemos que hablar. Nunca es suficiente con lo que ya dijo.
Noah:
No hay nada que hablar. Voy a denunciar.
El “escribiendo…” aparece casi de inmediato. Me tenso.
Luna:
No hagas eso.
Te lo pedí.
No te lo pedí.
Me lo impuso.
Noah:
No tienes derecho a decidir eso.
Pasan unos segundos.
Luna:
Lo sé.
Pero fue un error. Lo que pasó anoche.
Aprieto la mandíbula.
¿Un error?
¿Eso soy ahora?
Noah:
¿Cuál parte? ¿Que me robaran o que defendieras al tipo?
Tarda más esta vez.
Luna:
Ambas cosas.
No debí ponerte en esa posición.
No dice perdón.
Dice posición.
Noah:
Ya me pusiste.
Y no voy a quedarme callado.
El teléfono vibra de nuevo.
Luna:
Si denuncias, no hay boda.
Ahí está.
Otra vez.
Siento una risa seca subir desde el pecho.
Noah:
Entonces eso es lo único que te importa.
Luna:
Me importa que no arruines todo por orgullo.
Cierro los ojos un segundo.
Noah:
Curioso.
Porque eso es exactamente lo que estás haciendo tú.
Silencio.
Luego:
Luna:
¿Cuánto costaba?
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Editado: 29.01.2026