Te compró tú amor

19

Capitulo 19

POV Luna

Despierto con una sensación espesa, como si el aire pesara más de lo normal.

Lo primero que veo es blanco. Demasiado blanco. El techo, las luces, el olor limpio que no pertenece a

El pánico me sube como ácido por el pecho, pero no se me nota. No puedo permitirlo. Trago saliva, obligo a mi rostro a mantenerse firme.

—¿Por qué estoy aquí? —mi voz sale ronca—. ¿Y por qué mierda estás tú aquí?

Noah no se mueve.

—Fui tu llamada de emergencia.

Me río. Suena mal. Cortado.

—Imposible. Preferiría morirme antes que llamarte.

Él alza una ceja con calma insultante.

—Pues me llamaste.

Saca el teléfono del bolsillo y lo levanta frente a mí. Mi nombre en la pantalla. Llamada perdida. Luego el registro del hospital.

Todo se recoloca en mi cabeza de golpe: el mareo, el ruido, la confusión. Yo intentando llamar a otra persona. Marcando mal.

—Mierda… —susurro.

Me dejo caer contra la almohada, agotada de golpe, como si aceptar la realidad me quitara las fuerzas que no sabía que estaba usando.

Noah suspira.

—¿Por qué no comes, Luna? —dice—. Te dije que renunciaras a ese trabajo.

Aprieto los dientes.

—Salgamos de la parte en la que finges que eres un ser humano común y sientes empatía.

—Siempre tan agradable, Luna Morales.

—Lamento el error —respondo, seca—. Y hacerte perder el tiempo. Puedes marcharte.

—Les dije a todos que soy tu prometido. Tengo que quedarme.

Me incorporo apenas.

—¿A todos quiénes, exactamente?

—Al equipo médico.

El pánico intenta asomar otra vez.

—¿Por qué hablaste con ellos? —pregunto—. ¿Con qué derecho?

—¿Cómo que por qué? —contesta, serio—. Estás pálida, me llamaste, me llamaron. ¿Qué querías que hiciera?

—¿Qué te dijeron?

—Que estabas descansando. Que el médico vendría a explicarnos lo que pasó.

Exhalo, aliviada.

Demasiado aliviada.

Empiezo a buscar mi móvil desesperadamente entre las sábanas, la mesa, el suelo. Noah me observa como si acabara de perder la cabeza.

—¿Qué te pasa? —dice—. Vuélvete a acostar. Estás actuando como una psicótica.

—Cállate —murmuro—. Búscame el móvil.

—¿Por favor no te la sabes?

Le lanzo una sonrisa torcida, me dejo caer otra vez porque el mareo vuelve.

Noah lo encuentra y me lo entrega.

—Deberías llamar a tu padre.

Lo agarro por la corbata antes de pensarlo. Lo jalo hacia mí con la poca fuerza que tengo.

—No te atrevas —susurro—. No le digas.

Él me mira fijo.

—¿Estás embarazada?

—Claro —respondo—. Idiota.

Su expresión se congela.

—No estoy embarazada —añado rápido—. No me pasa nada. Mi padre es dramático. Si sabe que me desmayé por no comer, me obligará a renunciar.

—Entonces debería saberlo.

—¿Me estás amenazando?

—Estamos negociando.

Aprieto el móvil y escribo con los dedos temblando.

Luna: Me desmayé. Noah está en el hospital. Ayúdame.
Seol Hye‑Jin: ¿Por qué está ahí????
Luna: Es largo. Solo ayúdame. Si se entera, no me caso. Hablo en serio.
Seol Hye‑Jin: Dios. Eres un desastre.

—Se te acaba el tiempo —murmuro.

—¿Con quién hablas? —pregunta Noah.

—¿Qué te importa? Vete.

El móvil vibra. Llamada entrante.

—Mamá, ahora no puedo —dice Noah al contestar, ya caminando hacia la puerta.

Escucho la voz alterada al otro lado. Noah se tensa.

Me mira y me hace una seña: vuelvo enseguida.

Sale justo cuando entra el médico. El hombre lo observa con curiosidad, luego me mira a mí.

—Mi prometido tiene asuntos importantes que manejar —digo, fría.

—La salud de su mujer debería ser el más importante —responde el doctor.

—No lo sabe —digo, firme—. Y no quiero que lo sepa.

El doctor asiente despacio.

—Entiendo.

Se acerca a la cama.

—Voy a explicarle lo que ocurrió.

Y yo me preparo para escuchar… sin permitir que nadie más lo haga.

Su explicación es rápida, hipoglucemia por mal manejó de la insulina. Por falta de control entre comidas y porque no mido mi glucosa.

Salgo del hospital antes de que alguien pueda decirme que me quede.
Firmo el alta sin leer demasiado. “Comer”, “hidratarse”, “descansar”. Palabras vacías. Recomendaciones para gente que puede darse el lujo de obedecerlas.
Noah no pregunta nada cuando me alcanza en el pasillo. Camina a mi lado, serio, como si escoltara a alguien que no confía en dejar sola.
El estacionamiento está frío. Me subo al coche sin mirarlo.
Arranca.
Durante unos segundos solo se escucha el motor.
—Fue ridículo —digo al fin—. Una baja de azúcar por no comer bien. Ya está. No tenías que llevarme.
No responde.
—De verdad —insisto—. No me voy a morir antes de la boda. Puedes respirar tranquilo con tu herencia.
Gira apenas el volante. Su expresión no cambia.
—Habló la dueña de la verdad absoluta —dice—.
Hace una pausa mínima.
—La jueza moral, Luna Morales.
Aprieto la mandíbula.
—¿Te jode que te diga la verdad, Noah Ha?
—Me jode que creas que siempre la tienes.
Silencio otra vez.
Las luces de la calle pasan rápidas por el parabrisas. Me cruzo de brazos. El cansancio empieza a filtrarse, pero no lo dejo salir.
Se estaciona frente a mi casa.
Antes de que pueda decir nada, llevo la mano al brazo y me arranco la vía. El pinchazo arde un segundo. Dejo el catéter sobre el tablero, como si no significara nada.
Noah me mira.
No con rabia.
Con algo peor.
—Mírate —dice—. Así es como mientes.
Me giro hacia él.
—Mi papá no necesita más angustias —respondo—. Ya tiene suficientes con las que tú le diste jubilándolo antes de tiempo.
Lo observo de frente.
—¿Disfrutas tener el poder, Noah Ha?
Por primera vez desde que salimos del hospital, ríe.
Una risa baja. Corta. Sin humor.
No dice nada.
Eso me enoja más que cualquier respuesta.
Me desabrocho el cinturón. Abro la puerta. El aire de la noche me golpea la cara.
Bajo del coche.
Me inclino apenas hacia él.
—Gracias por traerme.
Cierro la puerta.
El coche sigue ahí unos segundos más antes de arrancar.
Yo entro a mi casa sin mirar atrás.




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