Te compró tú amor

24.

Capítulo 24:

POV Noah
Las puertas del salón se abren como si estuviera entrando a una sala de juicio.
No música.
No aplausos.
Poder.
El tipo de poder que no grita, que no corre, que solo observa y decide quién vive cómodo y quién no.
Candelabros de cristal, mesas infinitas cubiertas de lino blanco, flores traídas de Europa esta misma mañana. CEOs, celebridades, políticos, herederos. La crema del mundo reunida para ver si mi vida privada es un escándalo o una estrategia.
Y todos están aquí por una sola razón:
Luna Morales.
Camino entre ellos con una sonrisa ensayada. Saludo a gente que controla aerolíneas, tecnología, gobiernos. Me llaman por mi nombre como si fuera suyo.
—Noah Ha.
—El nieto de Eun Jin.
—El futuro CEO.
—El hombre que se va a casar con… esa chica.
Y entonces la veo.
Irina.
De pie junto a un grupo de empresarios y una actriz famosa, impecable, peligrosa, vestida de negro como si fuera una viuda que todavía no acepta que el muerto se le escapó.
Nuestros ojos se cruzan.
La herida está abierta.
Me acerco porque ignorarla sería admitir que aún me importa.
—Irina —digo con educación afilada—. Qué sorpresa verte aquí.
—¿De verdad? —responde con una sonrisa venenosa—. Yo sabía que vendría. Todo el mundo quiere ver el circo.
Sus ojos bajan.
Mi cuello.
Lo nota.
Lo disfrutan.
Mi abuela también lo nota desde la distancia.
Mi madre.
Jason.
Irina levanta su copa.
—Espero que tu prometida esté a la altura, Noah.
Se da la vuelta y se va.
Joder.
Respiro hondo y sigo avanzando hasta donde está Gabriel Morales, de pie junto a mi abuela.
Mi futuro suegro.
El hombre que me odia con razón.
Nuestros ojos se cruzan.
No es un saludo.
Es un recuerdo.
De la vez que me dijo que su hija no era mercancía.
De la vez que me escupió la cara con dignidad.
—Gabriel —digo, con un respeto que no finjo—.
—Ha —responde él, sin sonreír—.
Mi abuela observa como quien mira una bomba con temporizador.
—Noah —dice Gabriel—. Te lo diré una vez más para que no lo olvides: si lastimas a mi hija, no será el dinero lo que te quite el sueño.
Sonrío.
—Nunca me han quitado el sueño las cosas fáciles, Gabriel.
No sé si eso lo tranquiliza o lo enfurece más.
Entonces la música cambia.
Un murmullo se propaga como una ola.
Las luces se suavizan.
Y lo siento.
Antes de verla, la siento.
Luna.
Miro hacia la escalera.
Y ahí está.
Por un segundo, el mundo se detiene.
No porque sea famosa.
No porque sea rica.
Sino porque nadie esperaba que la hija del conserje de Ha Tech pudiera verse así.La música cambia.
Lo siento antes de saber por qué.
Un murmullo recorre el salón como electricidad deslizándose por metal.
Levanto la vista.
Y ahí está.
Luna.
Bajando la escalera como si no quisiera… pero no tuviera opción.
El vestido claro cae sobre ella con una elegancia que no le pertenece a este mundo. A Luna le pertenece el concreto, la gravedad, la resistencia… y aun así ahí está, envuelta en seda y luz como si siempre hubiera sido peligrosa de mirar.
Está rígida.
Tensa.
Hermosa de una forma que no pide permiso.
Todos la observan.
Irina deja de fingir.
Jason se queda quieto.
Mi abuela sonríe apenas, como quien acaba de ver moverse una pieza decisiva.
Yo no me muevo.
No puedo.
Luna baja otro escalón y me mira.
No con nervios.
Con desafío.
Como si me dijera:
Mírame. Atrévete.
—Ve —murmura mi madre a mi lado, empujándome—. Antes de que se mate con esos zapatos.
Camino hacia ella.
No porque sea correcto.
Porque no puedo quedarme quieto cuando me mira así.
Llego al pie de la escalera justo cuando ella duda en el último escalón.
Le extiendo la mano.
—¿Vas a caer por orgullo o por odio? —murmuro—. Necesito saber qué poner en el comunicado de prensa.
Sus labios se curvan apenas.
—Por ti —responde—. Así es más poético.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos.
Hay una descarga.
No suave.
No romántica.
Cruda.
—Relájate —le digo—. No muerdo… en público.
—Eso no es lo que dicen tus amantes —replica, bajando al fin.
—¿Celosa?
—Divertida.
Nos quedamos demasiado cerca.
Demasiado conscientes.
Su perfume me golpea.
Su pulso también.

La música se apaga con una precisión quirúrgica.
Eun Jin Ha avanza hacia el centro del salón y no importa cuántos millonarios, celebridades o tiburones financieros haya en esta habitación: todos le pertenecen ahora.
Mi abuela no necesita micrófono para dominar una sala, pero aun así toma uno.
—Esta noche no es solo un anuncio —dice—. Es una corrección.
Las miradas se cruzan. Los rumores se congelan.
—Durante décadas, Ha Tech ha sido sostenida por nombres grandes… pero también por personas invisibles. Por gente que jamás pidió nada y aun así dio todo.
Sus ojos se posan en Gabriel Morales.
—Gabriel.
Él se sobresalta. Literalmente.
—Has sido más que un empleado. Has sido lealtad cuando nadie miraba. Integridad cuando habría sido más fácil venderse. Has protegido este imperio desde los sótanos hasta los ascensores que lo elevan.
El silencio es absoluto.
—No puedo imaginar una forma más justa de honrar lo que eres que llamarte familia.
Gabriel se lleva una mano al rostro. No intenta esconder las lágrimas. No sabe cómo.
Yo miro a Luna.
Sus labios tiemblan.
—Tu hija —continúa mi abuela— es el reflejo de todo lo que hiciste bien. Trabajo duro. Dignidad. Una moral que no se negocia. Y una lealtad que no se quiebra.
Luna traga saliva.
—La familia Ha no podría recibir un mayor honor que abrirle sus puertas.
Los aplausos comienzan despacio… y luego se vuelven ensordecedores.
Gabriel llora abiertamente.
Luna también, aunque intenta no hacerlo.
Me inclino hacia ella.
—Vamos —murmuro—. ¿Ahora resulta que tienes sentimientos, Luna Morales?
Ella se seca una lágrima con rabia contenida.
—Sentimientos tengo —susurra—. Pero por las personas correctas.
—Ah, claro —digo—. Por eso estoy fuera ahora.
Me mira con hielo puro.
—Ahora y siempre estarás fuera, Noah Ha. Aunque me toque vivir esta cárcel contigo.
—Qué tragedia —respondo, seco—. Déjame llorar.
Hago una mueca exagerada.
—Que traigan el anillo.
Un asistente se acerca con la caja.
Luna no me suelta la mirada.
—Hazlo rápido —dice—. Antes de que decida empujarte desde el escenario.
—Tranquila —murmuro—. Si me matas aquí, te quedas con el cadáver.ns
—Tentador.
Tomo su mano.
Tiembla.
La mía también.
Pero ninguno lo admite.
—No falles —susurra—. No quiero ser tendencia por culpa de tu incompetencia.
—¿Eso es preocupación? Qué adorable.
Deslizo el anillo en su dedo.
Ella inspira como si le doliera.
—Listo —murmuro—. Ya estás oficialmente atrapada conmigo.
—Qué romántico —responde—. Deberías escribir tarjetas.
Nos miramos.
Y por un segundo…
algo nos sostiene.
El salón estalla en aplausos.
Irina no aplaude.
Y yo sé, en lo más profundo, que esto…
esto es solo el comienzo del desastre.




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