Capitulo 26.
POV Luna
Noah sonríe de lado y me guiña un ojo.
Por una fracción de segundo me deslumbra.
Solo una.
Luego vuelvo a ser yo.
—¿Por qué sonríes como idiota? —le espeto en voz baja.
—Luna y Noah dos, Irina cero —murmura, satisfecho.
Alzo la mano con elegancia y señalo, apenas, la marca rojiza en su cuello.
—Irina cinco. Noah y Luna flotando como Rose y Jack… pero en la parte del Titanic donde ya entra el agua.
Lo empujo para separarme.
—No te emociones.
Noah se ríe, pero antes de que me escape del todo, me toma del brazo y me atrae otra vez hacia él. Su voz baja lo justo para que parezca íntima, no posesiva.
—Si te vas a ir ya, al menos finge que te importa dejarme.
—No me importa dejarte —respondo sin dudar—. Me importa que no la cagues, ¿ok?
—Un par de tragos para socializar y vuelvo a la mesa de la guerra fría ¿ Podrás soportarlo prometida?
—Sí, sí. Solo suéltame ya —digo, apartándolo—. Me está dando náuseas tu perfume.
—Opino lo mismo del tuyo —replica—. Muy dulce para mi gusto.
—¿Tienes olfato? Pensé que Mateo Ruiz te había roto la nariz con más eficiencia.
Su sonrisa se borra apenas.
—No es gracioso. Voy a denunciarlo.
—Solo bebe, Noah.
Se va.
Yo respiro hondo antes de volver al salón principal.
La mesa está exactamente como la dejé: mi padre, rígido; Seol, serena; y Eun Jin Ha, observándolo todo como si ya supiera el final del libro.
Seol me mira y se inclina apenas hacia mí.
—Qué bueno que ambos estén involucrados —susurra—. Ese beso no solo calló rumores… alteró a tu padre.
—¿Sí? —pregunto, con un nudo en la garganta—. ¿Tan falso se vio?
Seol sonríe, suave.
—Cariño… ambos se merecen un Óscar.
No tengo tiempo de responder.
—Luna —dice mi padre, acercándose—. ¿Podemos hablar un segundo?
Eun Jin levanta la vista al instante.
—¿Estás disconforme con algo, Gabriel? —pregunta, afilada—. Solo dímelo y lo solucionamos de inmediato.
—Todo está perfecto —responde él, demasiado rápido—. Como estos eventos.
—Solo quiero hablar con mi hija.
No espera respuesta.
Me toma del brazo y me conduce hacia un rincón más apartado, lejos de las miradas… pero no de los juicios.
En cuanto estamos solos, su voz baja. No grita. Eso lo hace peor.
—¿Qué fue eso, Luna?
—¿El beso? —respondo, tensa—. Fue…
—Inapropiado —me corta—. Exponer intimidades así en público no es amor. Es espectáculo.
Aprieto los dedos.
—Papá—
—No —me interrumpe—. Yo amé a tu madre con devoción. Con respeto. Con fidelidad.
Lo íntimo se cuidaba. No se exhibía.
Traga saliva, dolido de verdad.
—Ese chico no te ama. Quiere sexo, poder… y lucirse.
—No sabes eso.
—Sí lo sé —responde—. Porque yo sí sé cómo se ama.
El golpe duele más de lo que debería.
—Te vi crecer —continúa—. Te vi odiarlo. Detestarlo. Porque veías exactamente lo que era.
¿Y ahora qué? ¿Ahora de repente cambiaste de opinión?
Me acorrala con la mirada.
—¿Es por el dinero? —pregunta, directo—. Lo sé.
Pero no entiendo por qué. ¿Para qué lo necesitas, Luna?
Dímelo.
Abro la boca.
No sale nada.
La mentira tiembla.
Siento el pecho cerrarse, el aire volverse demasiado espeso. Todo mi cuerpo grita no, pero no puedo decir la verdad. No aquí. No así.
Una lágrima se me escapa antes de poder detenerla.
Solo una.
Mi padre la ve.
Y eso lo rompe.
—Estoy decepcionado —dice, con voz baja, devastada
El mundo se queda en silencio.
—Dime la verdad —insiste mi padre, más cerca ahora—. Porque no me creo esto.
Niega con la cabeza, dolido, terco.
—Y si no hablas… si decides seguir con esta boda… no cuentas con mi bendición.
La frase cae pesada. Definitiva.
La sangre se me va de la cara.
Siento el temblor antes de poder ocultarlo. Las manos frías. El pecho demasiado apretado.
Papá es lo único que no puedo perder.
Lo único.
Abro la boca. La cierro.
La verdad empuja desde dentro… pero no sale.
Entonces lo veo.
Noah.
****
POV Noah
No escucho las palabras, pero no necesito hacerlo.
Desde el otro lado del salón veo a Gabriel Morales inclinado hacia Luna, rígido, severo.
Y a Luna… fuera de eje.
Eso es lo que me alarma.
Luna Morales nunca está fuera de eje.
Estoy riendo con Marcus y los demás cuando dejo el vaso en la mesa.
—Ya vuelvo.
No espero respuesta.
Camino hacia ellos con calma medida. No prisa. No desafío. Presencia.
Me coloco junto a Luna y le paso el brazo por la espalda, natural, protector, visible.
—¿Todo bien, amor? —pregunto con suavidad.
Luna se sobresalta apenas. Luego se recompone. Orgullo puro.
Se seca la lágrima que aún amenaza con caer.
—Sí —dice—. Todo bien, amor. Nada de qué preocuparse.
La conozco lo suficiente para saber que eso es mentira.
Gabriel me mira con frialdad.
—Sí, señor Ha —dice—. Regrese con sus amigos y siga con su espectáculo.
—Nosotros nos marchamos.
No le respondo.
Miro a Luna.
—¿Se van? —pregunto—. ¿Por qué?
Ella traga saliva.
—Di que estoy cansada —susurra—. Hablamos mañana.
Ahí sí miro a Gabriel Morales.
—¿Hice algo mal? —pregunto, directo—.
—¿Hay algún problema? ¿Qué le molestó exactamente?
Su mandíbula se tensa.
—No tengo nada que decirle, señor Ha —responde—.
—Todo lo que tenía que decir, se lo he dicho a mi hija.
—Nos vamos.
Vuelvo a mirar a Luna.
—¿Te quieres ir?
Ella asiente. Muda. Los ojos brillándole de más.
Eso es todo lo que necesito.
—Perfecto —digo—. Nos vamos.
Le tomo la mano.
No la suelto.
—¿A dónde exactamente va? —interviene Gabriel—.
—No lo hemos invitado, señor Ha.
—Papá, por favor… —susurra Luna.
—Los llevaré a su casa —respondo—. Para que hablemos.
—No quiero que entre a mi casa —dice Gabriel, cortante—.
—No es bienvenido.
Lo miro con una media sonrisa que no es burla. Es control.
—Qué raro —digo—. Hasta ayer lo era.
—Pero no importa.
Aprieto un poco más la mano de Luna.
—Esperaré afuera —añado—. Hasta que usted quiera explicarme qué fue lo que lo disgustó tanto como para hacer llorar a su hija el día de su compromiso.
Gabriel me sostiene la mirada.
—Tendré que verlo para creerlo.
—Entonces vamos.
Empiezo a caminar.
Luna avanza conmigo. Siento su mano temblar.
Se inclina hacia mí y me susurra, desesperada:
—Nos dejas en casa y te marchas, por favor.
Me detengo apenas. No la miro.
—Estás a punto de mandar todo a la mierda —murmuro.
Por primera vez desde que empezó esta farsa, mi voz no es ligera.
—No me iré a ningún lado.
Seguimos caminando.
Y sé, con una certeza incómoda, que acabo de cruzar una línea de la que ya no se vuelve sin consecuencias.
#2400 en Novela romántica
#816 en Chick lit
romance celos, ceo dominante, ceo dominante millonario drama intriga
Editado: 29.01.2026