Te compró tú amor

27.

Capítulo 27.

POV Luna
La alarma me despierta como un latigazo.
No entiendo nada al principio. El sonido atraviesa la casa, agudo, insistente. Tardo unos segundos en ubicarme. Noche. Silencio antes del ruido. Mi habitación.
Me incorporo de golpe.
El corazón ya va demasiado rápido.
Camino hasta la ventana y corro apenas la cortina.
Y lo veo.
La calle iluminada por las luces intermitentes del coche. Noah junto a él. Mateo frente a él. Demasiado cerca. Demasiado mal.
—No… —susurro.
No pienso. Bajo.
Las escaleras se vuelven una mancha borrosa bajo mis pies. Salgo a la calle en zapatillas, el frío mordiéndome la piel.
—¡Noah! —grito—. ¡Para!
Están forcejeando. Mateo ríe. Noah no.
Me meto entre los dos sin medir consecuencias. Le agarro el brazo a Noah con las dos manos.
—Ya está —le digo, desesperada—. Vámonos. Por favor. Vámonos.
Lo siento tensarse. Por un segundo… cede.
Baja los brazos.
Me aferro a esa rendija de control como si fuera oxígeno.
—Eso —murmuro—. Ven.
Lo arrastro. Literalmente. Paso a paso hacia la casa. Noah me sigue, rígido, respirando mal, pero me sigue.
Estoy a punto de lograrlo.
Entonces escucho el sonido.
Metal contra pintura.
Lento. Deliberado.
El chillido seco de la navaja rayando el auto.
Noah se detiene.
—No —digo—. Noah, no—
Se suelta de mí.
Y algo en él se rompe del todo.
Se da la vuelta con una violencia que me deja atrás. Mateo sonríe, levantando la mano todavía armada.
—¿Te gustó? —provoca—. Todavía queda espacio.
Noah se le va encima.
—¡NOAH! —grito.
Intento agarrarlo otra vez, pero es como intentar frenar un choque.
La alarma sigue sonando. La calle empieza a llenarse de puertas que se abren, de murmullos, de sombras.
—¡¿Qué pasa?! —escucho.
Mi padre sale corriendo de la casa.
—¡Luna! —me llama—. ¡Aléjate!
Clara, la madre de Mateo, aparece del otro lado de la acera.
—¡Mateo! —grita—. ¡Mateo, suelta eso!
Nadie la escucha.
Mateo no suelta la navaja.
—¡Voy a llamar a la policía! —dice alguien.
—¡No! —grita Clara—. ¡Por favor, no!
Mi padre ya tiene el teléfono en la mano.
—Gabriel, no —le digo, con la voz rota—. Espera—
Mateo da un paso más. Noah también.
—¡Suelta el arma! —ordena mi padre—. ¡Ahora!
Mateo no obedece.
Las sirenas llegan antes de que pueda pasar algo peor.
Azules y rojas bañan la calle.
Todo se congela.

****
POV Noah
—Perfecto —digo, jadeando—. Llévense a este delincuente.
Mateo todavía tiene la navaja en la mano.
—¡Manos arriba! —grita el oficial—. ¡Ahora!
Mateo duda.
Yo no.
Levanto las manos despacio, con rabia hirviendo bajo la piel.
—¿Estás contenta ahora? —le digo a Luna, mirándola directo—. Te dije que lo denunciáramos. Te lo dije.
Ella intenta hablar.
—Oficial, por favor —dice—. Es un malentendido. Él—
—Señora, retroceda —ordena el policía.
—Pero—
—¡Retroceda!
Mateo es reducido primero. Grita. Insulta. Se resiste.
Luego vienen por mí.
—¿Qué? —digo—. Yo no—
—Manos atrás.
—¡¿En serio?! —esputo—. ¡Él estaba armado!
—Eso lo decidirá el juez —responde el oficial.
Miro a Luna una última vez mientras me empujan hacia el patrullero.
—Debí denunciarlo antes —le digo—. Esto es por tu culpa.
Las esposas hacen clic.
Plástico duro contra piel que jamás había sido contenida por nada.
—Señor, gire —dice el oficial.
Obedezco.
No porque me lo ordenen.
Porque no vale la pena resistirse a una escena que ya está perdida.
Me conducen hasta la patrulla como si fuera cualquier cosa:
un tipo más, sudado, con sangre seca en el costado y el orgullo recién fracturado.
El asiento trasero es incómodo a propósito.
Las rodillas chocan. La espalda no encuentra postura.
La reja entre nosotros no es metálica.
Es simbólica.
Miro por la ventanilla mientras el coche arranca.
Nueva York pasa frente a mí como un activo que ya no controlo.
Pienso en balances.
En imagen pública.
En daños colaterales.
Un Ha esposado por una pelea de barrio.
Ridículo.
Humillante.
Un error táctico.
Mateo Ruiz no es nadie.
Un matón con navaja y resentimiento.
Un riesgo menor que jamás debió escalar.
Y sin embargo, aquí estoy.
No por amor.
Nunca fue por amor.
Todo fue alianza.
Estrategia.
Posicionamiento.
Luna lo entendía.
Hasta que decidió jugar a la moral.
Cierro los ojos.
La versión blanda de mí —la que cedía, la que esperaba, la que fingía— se repliega.
No vuelve.

*****

POV Luna

No recuerdo haber agarrado el abrigo.
Solo recuerdo el sonido del golpe.
El cuerpo de Noah contra el coche.
El metal vibrando.
La alarma.
La sangre que no debería estar ahí.
—Luna.
No me detengo.
—Luna, espera.
La puerta se cierra detrás de mí con un golpe seco. El aire frío me corta la cara y me devuelve al cuerpo… apenas.
—Papá, tenemos que ir a la comisaría.
—La policía se encarga de esto —dice—. Noah sabrá qué hacer.
Me vuelvo hacia él.
—Yo vi la pelea.
Eso lo frena.
—Lo vi perder el control. Vi la navaja.
Mi voz tiembla. No la controlo.
—No sé si está herido.
Un segundo.
Dos.
—No somos así —añado, más bajo—. No lo dejamos solo.
Suspira. Cansado. Preocupado.
—Vale —dice—. Te acompaño.
Clara está en la acera. Tiene el rostro desencajado, los ojos enrojecidos.
—Se los llevaron —dice—. A los dos.
El estómago se me cae.
Noah esposado.
Noah sangrando.
Noah sin nadie.
El trayecto a la comisaría es un borrón. Las luces pasan demasiado rápido. Me muerdo el labio hasta sentir sabor metálico.
Respira.
Respira.
Entro antes de que mi padre termine de estacionar.
—Buenas noches —digo, ya sin voz—. Necesito saber cómo está Noah Ha.
El oficial levanta la vista. Teclea.
—Está siendo procesado. Ya realizó una llamada.
—¿Está herido? —pregunto de golpe—. ¿Necesita atención médica?
El oficial me mira un segundo más.
—No figura como emergencia.
No figura.
No es lo mismo que no.
—¿Puedo verlo?
—No por ahora.
Aprieto los puños.
—Por favor.
—Señorita—
—Es mi prometido.
El oficial suspira.
—Su abogado viene en camino.
El aire vuelve a entrar en mis pulmones como si alguien hubiera soltado un nudo invisible.
Mi cuerpo se apoya contra la pared sin permiso.
Está vivo.
Está consciente.
Está haciendo lo que sabe hacer.
Mi padre se acerca.
—¿Ves? —dice—. Él sabe moverse en estos lugares.
Asiento, pero algo dentro de mí sigue temblando.
Entonces recuerdo la otra cara de la escena.
Mateo en el suelo.
Mateo con los ojos perdidos.
Mateo gritando.
Y nadie preguntando por él.
Clara no ha levantado la vista desde que entramos.
Saco el móvil. Marco.
—¿Luna? —responde Seol.
—Hubo una pelea —digo—. Noah está detenido. Yo… yo estaba ahí.
No digo lo de la navaja.
No aún.
—Ya llamó a su abogado —añado rápido—. Está consciente.
—Hablaremos de esto allá —responde—. No por teléfono.
Cuelga.
Guardo el móvil con manos que aún no dejan de temblar.
Miro el pasillo que conduce a las celdas.
Noah no está solo.
Mateo sí.
Y esa diferencia…
es la que me obliga a moverme.
—¿Puedo ver a Mateo Ruiz? —pregunto.
Mi padre me mira.
No aprueba.
Pero tampoco me detiene.
Y yo avanzo.




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