Te compró tú amor

28

Capítulo 28

POV Luna

Las puertas de la comisaría se abren.

Noah sale primero.

No mira a nadie.
No busca aprobación.
Simplemente cruza el umbral como si ese lugar ya no existiera.

El aire frío de la madrugada nos golpea a todos al mismo tiempo.

—Noah.

Seol es la primera en notarlo. Siempre lo es. No por intuición, sino porque mira donde nadie más mira.

—Estás herido.

Él sigue caminando.

—Es un rasguño.

—No.

Seol le agarra la chaqueta antes de que pueda zafarse. No con brusquedad, sino con ese gesto preciso que no admite réplica. Aparta la tela, sube un poco la camisa.

Y entonces lo veo.

El corte cruza el abdomen, del lado izquierdo. No es profundo, pero es feo. Irregular. Todavía rojo.

El estómago se me cierra.

—Noah… —digo, sin darme cuenta de que hablo.

Seol inspira fuerte.

—Hospital. Ahora.

Jason frunce el ceño. Eun Jin se acerca un poco más. Mi padre se queda quieto, observando.

—No hace falta —responde Noah—. Me reviso después.

—No —replica Seol—. Eso puede infectarse.

Asiento de inmediato.

—Tiene razón. Hay que ir al hospital.

Noah gira la cabeza hacia mí.

Por primera vez desde que salió, me mira de frente.

—Yo voy —dice—. Tú te vas a tu casa.

La frase es limpia. Cortante.
No hay enojo.
No hay gritos.
Es peor.

—Puedo acompañarte —contesto—. No—

—No quiero que estés ahí.

El silencio se espesa.

—Soy adulta —respondo, sintiendo cómo la sangre me sube a la cara—. Decido si me voy o si me quedo.

—Y yo decido —dice él— que no te quedes.

Eun Jin nos observa con atención, la cabeza apenas ladeada.

—¿Han peleado? —pregunta, suave.

Antes de que pueda responder, una voz se quiebra cerca.

—Por favor…

Clara está de rodillas.

Literalmente.

Sollozando frente a Noah, las manos juntas, la espalda encorvada.

—Es mi hijo… por favor…

Noah la mira desde arriba.

—Levántese del suelo —dice—. Su hijo la va a necesitar de pie. No de rodillas.

—Noah… —susurro.

—Basta —corta él.

Me acerco a Clara sin pensarlo.

—Ven —le digo—. Arriba.

La ayudo a ponerse de pie. Tiembla. Mi padre da un paso y la sostiene también.

—¿La conoces? —pregunta Eun Jin, sorprendida.

—Somos casi familia —respondo—. Mateo y yo crecimos juntos.

Eun Jin no dice nada.
Me observa.
Luego mira a Gabriel.
Calla por respeto.

Seol no.

—No puedes ser amiga del enemigo, Luna.

La miro, furiosa.

—Aquí no hay enemigos —respondo—. Hay una situación mala que se torció más.

—Y se va a torcer peor —dice Noah, mirándome con rabia.

—Haz lo que debas hacer —digo—. No digo que no busques justicia. Digo que Mateo Ruiz pagará lo que deba pagar, y eso lo dictará un juez.

Noah suelta una risa breve. Sarcástica.

—Qué conveniente.

Eun Jin interviene, firme.

—Entiendo que creciste con Mateo Ruiz, pero tus lealtades deben estar con tu futuro esposo. Noah es tu familia.

—Eso aún no está decidido —responde mi padre—. Con todo respeto, Eun Jin. Las lealtades de mi hija estarán con lo que ella considere justo. No con los caprichos de Noah.

—¿Que la hayan atacado con un arma blanca es un capricho? —replica ella.

El aire se vuelve irrespirable.

—No es lugar ni momento —interviene Seol—. Todos estamos alterados. Vamos a casa. Descansamos. Luego hablamos… cuando vean la nueva casa.

—¿Qué casa? —pregunta mi padre.

Seol sonríe, como si fuera un detalle menor.

—La de Noah y Luna. Vivirán juntos.

El suelo se me corre.

Eso no era el trato.

—Aún no está decidido —digo rápido—. Por eso no lo comenté, papá.

Jason aparece como un ángel rompiendo la tensión.

—Ya está todo listo —dice—. Noah no tiene registro ni expediente. Todo quedó como un mal recuerdo.

—Perfecto —responde Eun Jin—. Vámonos ya. Buen día.

—Buen día —dice mi padre, seco.

—Buen día —murmuro.

Noah se va sin despedirse.
Ni de mí.
Ni de mi padre.

Clara lo mira con los ojos llenos de lágrimas.

Seol se acerca, me abraza y me susurra, apenas:

—Si decides no ir a vivir con Noah, la abuela cancelará la boda. Y si eso pasa… tu padre se quedará con su dignidad. Y con la certeza de que heredaste la diabetes de tu madre.

Se aparta, me acomoda el cabello con un gesto casi maternal.

—Descansa. Te ves mal.

Y entiendo que el cerco ya se cerró.

El aire se vuelve irrespirable. La tensión me atraviesa. Los Ha se marchan. Noah no se despide de nadie. Solo se aleja.
Las voces llegan tarde, como si atravesaran agua espesa.
Clara sigue de pie frente a la comisaría, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos rojos y fijos en la puerta.
—No me voy —dice, por enésima vez—. No me muevo de aquí hasta que me digan qué va a pasar con mi hijo.
Me acerco a ella despacio. El suelo parece inclinarse apenas, como si la noche estuviera mal calibrada.
—Clara —le digo—. Ven. Vámonos a casa. Aquí no——
El mareo me corta la frase.
No es un golpe.
Es una bajada lenta, traicionera.
Un vacío que empieza en el pecho y se extiende a las manos.
Respiro hondo. Demasiado hondo.
No ahora.
Por favor, no ahora.
—Luna…
La voz de mi padre me llega distorsionada.
Intento dar un paso más hacia Clara, pero el mundo se apaga por los bordes. Las luces de la calle se vuelven largas, irreales.
El frío ya no muerde.
Eso es lo que más me asusta.
—Luna.
No llego a caer del todo.
Un segundo antes de que las piernas me fallen, siento brazos que me sostienen. Voces. Manos. El olor fuerte del alcohol sanitario.
—Tranquila, señorita, respire.
Abro los ojos a medias. Todo es blanco y azul. Uniformes. La acera húmeda.
—Papá…
Mi voz es apenas aire.
Gabriel Morales está arrodillado frente a mí.
No grita.
No pregunta.
No ordena.
Me mira como si el tiempo hubiera dado un salto brutal hacia atrás.
Y en su silencio, el pasado se abre.
Margaret sentada en el borde de la cama.
Más delgada de lo que debería.
La piel pálida, casi translúcida.
—Estoy bien, amor —decía siempre—. Es solo cansancio.
El vaso de agua temblando en su mano.
La insulina sobre la mesa.
Las madrugadas interminables contando respiraciones.
Gabriel aprendiendo a leer cuerpos antes que palabras.
Aprendiendo que el amor también era vigilar.
Y que a veces, aun vigilando, se perdía.
El cáncer había pasado.
Eso creyeron.
La diabetes no avisó.
El día que Margaret no despertó, Gabriel entendió algo que nunca volvió a decir en voz alta:
que amar a alguien así era vivir con el miedo instalado en el pecho.
—Luna…
Parpadeo. El presente vuelve.
Mi padre tiene la mano apoyada en mi mejilla, firme, como anclándome al mundo.
—Estoy bien —murmuro—. Fue el estrés.
La palabra sale automática. Ensayada. Segura.
Estrés.
El compromiso.
La pelea.
No dormir.
Noah.
Gabriel cierra los ojos un segundo.
No me pregunta más.
Asiente despacio, como si aceptar mi explicación fuera una necesidad, no una convicción.
—Nos vamos —dice, levantándose—. Ahora.
—¿Y Clara…? —susurro.
Miro hacia ella.
Está llorando en silencio, sostenida por un oficial. Me mira como si acabara de despertarse de una pesadilla ajena.
—Luego —responde mi padre—. Tú vienes conmigo.
No discuto.
No puedo.
Me ayuda a ponerme de pie. Sus manos tiemblan apenas, aunque su voz no.
—Camina —me dice—. Estoy aquí.
Obedezco.
Mientras avanzamos hacia el coche, siento su mirada clavada en mí, evaluando cada paso, cada respiración, como si el cuerpo pudiera volver a fallar en cualquier momento.
—Papá —digo ya sentada, cuando el coche arranca—. De verdad estoy bien.
No responde enseguida.
Conduce concentrado. Demasiado.
—Por un segundo —dice al fin— me recordaste a tu madre.
El pecho se me aprieta.
—No es lo mismo —me apresuro—. Ella estaba enferma. Yo solo estoy cansada.
Aprieta el volante.
—Lo sé —responde—. Fue el estrés.
Repite la palabra como un conjuro.
Y yo lo dejo creerlo.
Porque decir la verdad no lo tranquilizaría.
Lo destruiría.
Apoyo la cabeza contra el asiento y cierro los ojos.
Mientras el coche avanza, tomo una decisión que no necesita palabras:
No voy a decir nada.
No ahora.
No nunca, si puedo evitarlo.
Me casaré con Noah.
Guardaré el secreto.
Y protegeré a mi padre del único miedo que jamás superó.
Aunque me cueste todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.