Te compró tú amor

29.

Capítulo 29

POV Luna

Despierto cuando la luz ya no es de mañana ni de tarde.
El reloj marca 16:07.
Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy ni por qué el cuerpo se siente tan pesado. Luego todo vuelve en bloque: la comisaría, el frío, el mareo, la cara de papá.
Me incorporo despacio. No hay vértigo, solo esa sensación hueca que deja dormir demasiado poco y pensar demasiado.
Respiro.
Lo primero que hago no es levantarme.
Lo segundo tampoco.
Estiro la mano hacia el cajón de la mesilla.
La caja es pequeña, térmica, azul oscuro. La abro con cuidado. Dentro, el frío todavía resiste. El hielo especial no se ha derretido del todo. Bien.
Saco la pluma de insulina.
No hay dramatismo en el gesto.
Nunca lo hubo.
Es rutina. Aprendida. Precisa.
Me limpio el costado con el algodón. Cuento mentalmente. Uno. Dos. Pincho. Presiono. Espero.
Cinco segundos.
Retiro.
Exhalo.
Cierro la caja y la vuelvo a guardar. Todo queda exactamente como estaba. Nadie tiene por qué notarlo.
Me levanto y voy al baño. El espejo devuelve una versión cansada de mí misma. Ojeras suaves. La piel un poco pálida.
Nada alarmante.
Estrés, me repito.
Funciona como una contraseña.
Me lavo la cara. El agua fría me devuelve del todo.
Al salir, huelo café.
Papá.
Está en la cocina, de espaldas, revisando algo en el portátil. Varias pestañas abiertas. No necesita girarse para saber que estoy ahí.
—¿Cómo estás? —pregunta.
—Bien —respondo—. Dormí.
Eso parece tranquilizarlo más que cualquier explicación.
—Hay comida —dice—. Por si tienes hambre ahora o luego.
—Gracias.
Me siento frente a él. No menciono la caja. No menciona la hora. Ambos sabemos que este silencio es un pacto.
—Voy a salir un rato —añade—. A preguntar por un par de cosas.
No dice trabajo. No todavía.
—Está bien.
Cierra el portátil. Se pone la chaqueta.
Antes de irse, se detiene frente a mí y me apoya la mano en el hombro. No aprieta. Solo está.
—Descansa hoy —dice—. No tomes decisiones importantes.
Asiento.
Cuando se va, la casa queda en calma.
Demasiada calma.
El teléfono vibra sobre la mesa.
Noah otra vez.
No lo abro.
Camino hasta el sofá y me dejo caer. El cuerpo responde mejor ahora. Más estable. Como si nada hubiera pasado.
Y sin embargo, todo pasó.
Miro el techo.
La insulina hace su trabajo.
El silencio también.
Por unas horas, al menos, el mundo puede esperar.

****

POV Noah

La abuela levanta la vista del informe cuando entro.
No debería estar aquí.
Lo sé.
Ella también.
—Podías haberte quedado descansando —dice, sin reproche—. Nadie te iba a cuestionar.
Me quito el abrigo.
—No quiero descansar.
No es orgullo. Es necesidad.
Si me detengo, pienso.
Ella me observa con atención clínica. La misma con la que hace años evaluaba fusiones millonarias y, antes de eso, personas.
—¿Han hablado Luna y tú?
Niego mientras dejo la carpeta sobre la mesa.
—Nos veremos en un rato. Iremos a ver la casa.
Asiente, satisfecha.
—Perfecto. —Hace una pausa—. Intenta desayunar. No tienes buen aspecto.
—Estoy bien, gracias.
Mentira limpia. Funcional.
No insiste. Nunca lo hace cuando ya decidió que no va a ganar esa batalla.
Camino hacia mi despacho. La empresa está en pleno movimiento: pantallas encendidas, reuniones cruzadas, decisiones que no esperan a nadie. Como debe ser.
Me siento. Abro correos. Reviso cifras. Firmo autorizaciones. Resuelvo dos conflictos en diez minutos.
CEO mode.
La herida tira bajo la camisa cuando me inclino hacia adelante. El vendaje está mal cerrado. Lo ignoro. Dormí tres horas. Eso también.
El intercomunicador vibra.
—Noah —la voz de Seol entra sin aviso—. La visita a la casa está programada para las 17:00.
—Bien.
—Necesitas llamar a Luna. Jason puede recogerla a las 16:30.
—Ok.
Cuelgo.
Abro el chat.
16:30 Jason te va a recoger.
17:00 vemos la casa.
Enviar.
No espero respuesta.
Marco a Jason.
—Bro.
—A las cinco vemos la casa —digo—. ¿Puedes pasar por Luna antes?
—Vale. No te preocupes, bro.
Cuelgo.
Todo está en orden.
Controlado.
Llaman a la puerta.
—Pasa.
Irina entra como si nunca se hubiera ido.
Tacones firmes. Vestido impecable. Perfume conocido. El mismo que usó anoche en el evento, cuando creyó que el compromiso era para ella también.
—Pensé que no vendrías hoy —dice, cerrando la puerta tras de sí.
—Aquí estoy.
Se acerca sin pedir permiso. Mira la herida apenas insinuada bajo la tela.
—No tienes buena cara.
—Trabajo mejor así.
Sonríe.
—Siempre tan disciplinado.
Apoya las manos sobre el escritorio. Se inclina lo justo. Sabe exactamente cuánto.
—Organicé todo para que hoy fuera perfecto —murmura—. Y aun así…
No respondo. Sigo mirando la pantalla.
—Cinco años, Noah —dice

—Lo que hiciste ayer fue ridículo e innecesario.

— Te amo, nada de lo que haga por tí es innecesario. En cambio tú ahora ni siquiera me miras.
Levanto la vista.
Error.
No sé en qué momento cruza el espacio entre nosotros. Solo sé que su boca está demasiado cerca y que el cansancio vuelve torpes las decisiones.
—No deberías estar aquí —digo.
—Nunca te ha detenido eso.
Me besa.
No es tierno.
No es lento.
Es conocido.
Y por un segundo —solo uno— dejo de pensar en Luna, en la casa, en la herida que late bajo el vendaje.
Caigo como un imbécil.
Porque incluso cuando creo que controlo el tablero, siempre hay una pieza que se mueve sola.
Y hoy, no dormí lo suficiente para detenerla.

****

POV Luna

El teléfono vibra sobre la mesa.
Lo miro unos segundos antes de tomarlo.
Ya sé quién es.
16:30 Jason te va a recoger.
17:00 vemos la casa.
Eso es todo.
Ni hola.
Ni ¿cómo estás?
Ni buenos días, aunque ya no lo sean.
—Malcriado —murmuro.
Lanzo el móvil sobre la cama, molesta de verdad esta vez. No por el tono seco. Por la certeza de que así va a ser siempre: órdenes envueltas en eficiencia.
Quisiera no ir.
Quisiera quedarme aquí, con la casa en silencio, con el café enfriándose en la cocina y la excusa perfecta del cansancio.
Pero no puedo.
Por papá, me recuerdo.
Por su orgullo.
Por su miedo.
Por todo lo que perdió en Ha Tech y no quiere deberle a nadie.
Me levanto.
Abro el armario y escojo ropa sin pensar. Nada elegante. Nada provocador. Algo neutro. Algo que no diga nada.
Mientras me visto, miro el reloj.
16:18.
Clara.
La imagen de ella frente a la comisaría me cruza de golpe. Los ojos rojos. Los brazos apretados contra el pecho.
Tomo el teléfono otra vez y marco su número.
Llama.
Llama.
Nada.
Cuelgo.
Respiro hondo y escribo.
Buenas tardes, Clara. ¿Cómo estás?
¿Han dicho algo de Mateo?
Envio.
Dejo el móvil boca abajo sobre la cama, como si así pudiera impedir que el mundo me reclame algo más.
Termino de vestirme sin ganas. Me recojo el cabello. Me miro en el espejo.
No me veo enferma.
No me veo feliz.
Solo cansada.
El reloj avanza.
En cualquier momento Jason tocará el timbre.
Y yo iré a ver una casa que no elegí,
con un hombre que no pregunta,
por una boda que se parece cada vez menos a una promesa.
Me siento un segundo en la cama.
Solo uno.
Luego me pongo de pie.
Porque esto también es parte del trato.




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