Te daré mi alma

Capítulo IV

04| AYUDAAA

 

¿Es buen momento para morir?

Yo creo que sí.

No soporto mi vida.

¿Contento, Dios?

Pero seguro escucho a Dios quejándose: “Te quejas que tu vida es aburrida, y ahora te quejas porque tienes un pequeño problema rondando tu casa en forma de fantasma. A veces no se te entiende, muchacho”.

En mi defensa, prefiero mi vida aburrida.

Mi madre me evalúa con la mirada, la tostada ha quedado suspendida en el aire de camino a su boca, porque no puede dejar de verme. En ese momento, llega Nale a la cocina recién bañadito, Jared se hace a un lado para dejarle espacio en la mesa, y mi padre ni nos presta atención. Pero nada eso quita la atención de mi madre en mí.

—Pero bueno —dice Nale—. ¿Estamos en un juego de miradas o algo?

—No seas idiota —le regaña Jared—, y no comas eso. —Le quita el pan tostado que Nale se estaba por llevar a la boca. Este lo fulmina con la mirada y toma su jugo de una sola alzada y luego va por la avena.

—Si se me permite opinar —continúa Nale con la boca llena de avena—, creo que mi hermanito está enfermo. Míralo, tiene los cachetes rojos, es como… si tuviera fiebre…

—O folló con alguien anoche —completa Jared sin mucha importancia.

Yo casi escupo mi jugo, quito la mirada de mi madre y golpeo el hombro de Jared, quien ríe junto a Nale, dirigiéndose gestos cómplices. Mis ojos se desvían por un momento al rincón de la cocina, donde un chico sin camisa está que intenta agarrar una manzana con la mano, por más que todo su enfuerzo no funcione, creo que no se rendirá en un buen rato.

Estoy asustado, deprimido y paranoico, porque creo que en cualquier momento más chicos fantasmas van aparecer en mi casa.

Mi mente es fácil de manipular, si me dices que hay una batalla con zombies en la calle, te creo fácilmente. ¿Defecto o virtud? Quién sabe.

—Chicos —los regaña mi papá y las risas de mis hermanos se detienen—, no molesten a su hermano.

Ya quisiera alguien tener un papá como el mío, que no se preocupa mucho por el comportamiento o vocabulario de sus hijos, pero que se preocupa si no llegas a clasificar al torneo regional de natación. Ok, no creo que nadie quiera un papá así. Él cree que “ese” talento que tienen mis hermanos, no es para desperdiciarlo. Y yo estoy de su lado, por más que a veces Nale y Jared me den pena por cuidar qué comen o su horario de sueño. Creo que soy demasiado desencajado para esta familia: Duermo las horas que quiero (a veces cuatro horas), como más dulces y harinas que verduras, y mi único ejercicio es caminar de aquí al colegio cuando hay mucho tráfico para ir en mi bicicleta.

Sí, soy el raro de la familia, seguro ya se dieron cuenta.

—Mami —llama Jared a mamá—. Me preguntaba si podía quedarme en la casa de Ian este fin de semana, va a ser… sus papás están de viaje.

—¿Y qué? —pregunta Nale, burlón—. ¿Iras a cuidarlo de los fantasmas?

Fantasmas.

Tenemos uno en casa.

—Cállate —reniega Jared y le pellizca el brazo, es ahí cuando mi madre da la primera mordida a su tostada y se dirige a mis hermanos—. ¿Puedo? —pregunta y espera con ansias la respuesta de mi madre.

—Claro, cariño —contesta ella y se concentra en tomar su avena. Seguro me estaba mirando así, porque cree que me trasnoché otra vez.

—O a rascarle la espalda —continúa Nale, a pesar de las advertencias de Jared para que se calle—. Ah… puede que los masajes de la otra vez no le hayan funcionado.

—No te recomiendo que te juntes mucho con ese chico —interrumpe mi papá—. Creo que ya sabes lo que dicen de él. —Adopta una expresión seria aún con la vista fija en su celular y con la taza de café fija en su mano.

 —¿Qué dicen de él? —quiere saber Jared, parece estar empezando a molestarse, por las bromas de Nale y la imprudencia de mi padre para decir las cosas. Él odia que alguien hable así de sus compañeros hombres.

—Ya sabes —sigue mi padre—. Que es marica.

Jared se levanta de golpe de la mesa y yo me incomodo de un modo sobrenatural. Mis manos comienzan a sudar y se me quita el apetito que ya de por sí no tenía.

—Él no es así —lo defiende Jared—. Y si hablan así de él, pues será mejor que se callen la boca.

—Eso dile a los demás, no a nosotros —dice Nale, que tiene una cara de: “Mierda, nosotros no tenemos la culpa, idiota”—. Además, ¿no es verdad acaso?

Jared pierde la paciencia y se pone de pie. Como ya dije, en esta familia no sueles fijarte en el comportamiento de los demás, bueno, no los hombres, pero mi madre es otro cuento.

—Siéntate y termina de comer —ordena ella y da otra mordida a su tostada—. No quiero más pleitos en la mesa. Y por esto, mañana van a la Iglesia a confesarse.

Todos protestamos, hasta mi padre.

—Pero, ma —reniega Nale como niño pequeño.

—Nada de peros —finaliza mi madre y se levanta de la mesa—. Coman si no quieren que les deje sin desayuno por una semana.




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