Te Elegiría en Cada Siglo

CAPÍTULO 1- El reloj

La primera vez que Valentina soñó con él tenía ocho años.

No podía recordar su rostro.

Eso era lo extraño.

Podía recordar perfectamente todo lo demás.

El sonido de los cascos de los caballos golpeando las calles empedradas. La lluvia cayendo sobre los tejados oscuros. Las luces amarillentas de los faroles balanceándose con el viento. El olor de la madera húmeda y de las chimeneas encendidas.

Recordaba un vestido que no era suyo.

Recordaba unos guantes blancos.

Recordaba correr.

Y, sobre todo, recordaba una voz.

—Valentina.

Aquella voz siempre pronunciaba su nombre de la misma manera.

Con desesperación.

Como si estuviera a punto de perderla.

Como si ya la hubiera perdido muchas veces.

Pero nunca podía verle la cara.

Siempre despertaba antes.

Aquella noche volvió a suceder.

Valentina abrió los ojos de golpe.

Se incorporó en la cama mientras intentaba recuperar el aire. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Miró alrededor y reconoció las paredes de su habitación, la lámpara sobre la mesa de noche, las cortinas blancas y la tenue luz de la madrugada entrando por la ventana.

Otra vez.

Se llevó una mano al pecho.

Su corazón latía demasiado rápido.

—Otra vez tú...

Lo dijo en voz baja.

No sabía por qué seguía soñando con aquel hombre.

Habían pasado más de veinte años desde el primer sueño y, aunque las escenas habían cambiado con el tiempo, él siempre estaba allí.

A veces lo veía de lejos.

A veces caminaba detrás de ella.

En otras ocasiones aparecía montando a caballo.

Una vez lo había visto parado frente a una enorme mansión mientras nevaba.

Pero nunca conseguía verle el rostro.

Siempre había algo que lo ocultaba.

Una sombra.

Una puerta.

La lluvia.

La oscuridad.

Y algunas veces, simplemente, despertaba justo cuando estaba a punto de mirarlo.

Valentina respiró profundamente y miró el reloj digital de su mesa de noche.

3:17 a. m.

Otra vez la misma hora.

Aquello sí comenzaba a inquietarla.

Todos sus sueños relacionados con aquel hombre terminaban exactamente a las 3:17.

Se levantó de la cama y caminó descalza hasta la ventana.

Afuera, la ciudad dormía.

Las luces de los edificios brillaban a lo lejos y algunos automóviles circulaban por las calles casi vacías.

Aquello era su mundo.

Su época.

Su realidad.

Sin embargo, por alguna razón, sentía que una parte de ella pertenecía a otro lugar.

A otro tiempo.

Valentina apoyó la frente contra el cristal.

—¿Quién eres?

No esperaba una respuesta.

Nunca la había esperado.

Pero esa vez ocurrió algo diferente.

Un sonido.

Un pequeño golpe.

Toc.

Valentina levantó la cabeza.

Miró hacia la puerta.

Nada.

Toc.

Esta vez lo escuchó claramente.

Venía del pasillo.

Frunció el ceño.

—¿Mamá?

No hubo respuesta.

Abrió la puerta lentamente.

El pasillo estaba oscuro.

Encendió la luz y miró hacia ambos lados.

Nada.

Entonces escuchó el sonido nuevamente.

Toc.

Pero esta vez comprendió que no venía del pasillo.

Venía de su habitación.

Valentina regresó.

Su mirada recorrió lentamente el lugar.

Hasta detenerse en el escritorio.

Allí había una caja.

Una caja que no estaba allí antes de acostarse.

Se acercó con cautela.

Era de madera oscura, antigua y cubierta de pequeños dibujos tallados.

Valentina la observó durante varios segundos.

No recordaba haberla visto jamás.

—¿De dónde saliste?

La tomó entre las manos.

Estaba fría.

Demasiado fría.

En la tapa había un símbolo extraño.

Un círculo atravesado por dos líneas, rodeado de pequeñas figuras que parecían números romanos.

Valentina pasó los dedos sobre el grabado.

Entonces la caja se abrió sola.

Ella dio un pequeño salto hacia atrás.

Dentro había un reloj de bolsillo.

Era hermoso.

La carcasa era de oro envejecido y tenía grabadas unas flores diminutas alrededor de la tapa.

Valentina lo tomó.

En cuanto sus dedos tocaron el metal, sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

Y entonces escuchó la voz.

—Valentina.

Soltó el reloj.

Cayó sobre la alfombra.

Valentina retrocedió hasta chocar contra el escritorio.

Su respiración se volvió irregular.

Miró alrededor.

—¿Quién está ahí?

Silencio.

Se agachó y recogió el reloj.

La tapa se había abierto.

Las agujas estaban detenidas.

3:17.

Valentina sintió que la sangre se le helaba.

No podía ser una coincidencia.

Miró el reloj de su teléfono.

3:17 a. m.

Volvió a mirar el reloj de bolsillo.

3:17.

Las agujas comenzaron a moverse.

Una.

Dos.

Tres.

Hasta que el segundero empezó a avanzar rápidamente.

El corazón de Valentina comenzó a golpearle el pecho.

—No...

El reloj emitió un sonido.

Tic.

Tic.

Tic.

Cada vez más fuerte.

Valentina intentó soltarlo, pero sus dedos parecían haberse quedado pegados al metal.

—¡Suéltame!

La habitación comenzó a cambiar.

Primero desaparecieron los sonidos de la ciudad.

Después las luces.

Las paredes parecieron alejarse.

El aire se volvió pesado.

Valentina cerró los ojos.

Y escuchó un caballo.

Abrió los ojos.

Ya no estaba en su habitación.

Estaba en una calle.

Una calle antigua.

La lluvia caía sobre ella.

Valentina miró su ropa.

Llevaba los mismos pantalones y la misma camiseta con los que se había acostado.

Pero nadie alrededor parecía vestir como ella.

Una mujer pasó corriendo con un vestido largo.

Un hombre llevaba un sombrero de copa.




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