Un falso jugador
Un nuevo hogar.
Había perdido la cuenta de las veces que se habían mudado de ciudad en cuidad por el trabajo de su madre, y sí, siempre lo decía sonriendo mientras alegaba que este si sería el definitivo y el esperado: Hogar.
Sebastián ya tenía la suficiente edad como para saber que los adultos mentían más veces de las que decían la verdad, así que sin interés asintió cuando su madre les dijo que se mudarían. Solo la pequeña Susi, quién todavía tenía siete años empezó a llorar porque no quería dejar a su amigos.
Amigos.
Tal vez en otra ocasión Sebastián habría abrazado a Susi y la hubiera calmado, sin embargo, estaba tan agotado mentalmente como para tomar un papel que no le correspondía. Así que se levantó y sorprendiendo a su madre le dejó el papel de consolar a su pequeña.
Cerró la puerta de su cuarto y se acostó en la cama cubriéndose el rostro con su brazo. En su mano el teléfono seguía sonando, una y otra vez por mensajes y llamadas perdidas. Solo se detuvo cuando lo apagó y lo arrojó a un lado.
Bueno, por primera vez no le importaba dejar un lugar.
No habría ese dolor de despedida, en realidad, si le dijeran que se iban ese mismo día ¡sería un gran favor! Y es que su salud mental estaba por quebrarse al igual que en su momento su corazón.
Infidelidad. Apostar. Juegos. Egoísta. Miedo. Amigos. Pareja.
Ah.
Se rió sin gracia mientras pasaba las manos por su cabello. Bueno, todo eso podía irse a la mierda desde ahora.
***
Entregar papeles, recibirlos, entrevistas aquí y allá, cajas que entraban, cajas que salían. Sin duda le dolía el cuello del estrés de todo lo que tuvo que hacer en menos de un fin de semana. Pero siempre fue así, el trabajo de su madre cambiaba de sede por los distintos contratos que se le asignaban y tenían que mudarse para cumplir con el contratante.
¿Ahora el periodo sería un año? ¿Meses? Sí, se había olvidado de preguntar aquello, pero ¿en verdad importaba? No es que fuera a hacer algo con aquello. Por primera vez, no tenía a quién decirle de su regreso.
Nada.
—Espero verte pronto, Sebastián, eres un gran chico, es una pena que tengas que terminar tus últimos meses en otro lugar, estoy seguro que sería lindo graduarte con tu generación.
Sebastián sonrió y asintió.
—Sí, habría sido lindo.
Sí, sí tal vez no hubiera encontrado a su novia desnuda con su mejor amigo en la misma cama.
Tomó los papeles y los guardó en la carpeta mientras se dirigía al estacionamiento. Ni se molestó en irse a despedirse de sus compañeros. No quería, ¿amigos? ¿ellos? ¿Quiénes sabían de aquella infidelidad y nunca le dijeron?
Sin embargo, mientras esperaba el bus, alguien llegaba tarde y pasó a su lado corriendo. Sus pies se detuvieron de inmediato y se volteó hacia él.
—¡¿Sebastián?! ¡¿Qué haces aquí?! ¡Es tarde! ¡La clase ya empezó!
—Camila…
—Oh, no tienes el uniforme. ¿No vas a asistir?
—No, me he retirado de la escuela.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Es por esa hija de puta?! —su rostro de inmediato se volvió rojo —¡Te digo de una vez que ya me aseguré de patearle los huevos a ese care verga puto chico, y a ella le saqué varias extensiones! ¡No puedes irte por ellos!
—¿Le golpeaste qué? —parecía sorprendido, más cuando aquella pequeña de menos de uno cincuenta le decía que se había enfrentado a un sujeto de casi un metro setenta —No, eso no importa, no me voy por ellos.
—¿Entonces? Oh, ¿por tu mamá? ¿Cuándo vas a volver ahora?
—No pienso volver.
—¿Qué? Pero…¿y cuándo te vas?
—Mañana.
—Y si no te veía hoy, ¿no pensabas decirme? —el silencio le respondió y no soportando su carácter ella le picó en el estómago —¡¿Eres imbécil?!
—¡Eso me dolió!
—¡Gil! ¡¿Te crees que estoy pintada?! ¡Soy tu mejor amiga, no esa puta! ¡Y si hubiera sabido que se abría ante ese puto te habría obligado a terminarla! Ah, respira, Camila, respira.
—Sí, deberías respirar.
—¡Shhh! ¡Tu shh! —tomó aire y lo soltó varias veces antes de mirarlo —¿A dónde vas?
—A un pueblo, o algo así entendí. Es en otro país.
—¿Vas a cambiar de teléfono?
—Probablemente.
—Anotas mi número y me agregas. Si no lo haces le diré a Susi.
—Es mi hermana, no tuya ¿sabes? —negó la cabeza y suspiró —Como sea, ve a clases, es tarde.
—No, ya que es tarde no entraré.
—¿Qué?
—Es tu último día aquí, gil, me voy contigo a empacar o lo que sea —un bus se detuvo y ella se volteó hacia él —¿Qué esperas? Sube de una vez.
Sebastián solo pudo negar la cabeza y dejar que aquella metro cincuenta hiciera lo que quisiera, después de todo, es verdad que habían crecido juntos y se conocían. Pensando en eso…
—¿De verdad no lo sabías? —le pregunto con dudas y ella rodó los ojos.
—¿Me vi con cara de saberlo? La cara de payaso que tú tenías, la tenía yo también. Que desagradable, pensar que tienes los fluidos de otro sujeto en tu boca cuando eres heterosexual debe ser asqueroso.
—Camila, no había pensado en eso, cállate.
—¿De verdad? ¡Fue lo primero que pensé! ¡Lo siento! —se rió y negó —¡Pero no puedes negar que es asqueroso!
—¡Cállate!
Se rió levemente y negó dejando que ella siguiera parloteando sobre lo que se le cruzara en el camino. Y cuando llegaron su madre ni siquiera se preguntó porque aquella chiquilla estaba por ahí. Así fue como el último día no fue tan malo como pensaba que sería y se despidió de alguien en el aeropuerto.
—¡Debes escribirme! No eres manco así que perfectamente puedes hacerlo.
—Dios, cállate.
—Que te vaya bien, conoce mucha gente nueva, que valga la pena y si puedes enamórate ¿va?
—Me acaban de romper el corazón.
—Una puta, me parece una ofensa que guardes luto por la basura pudiendo conocer al amor de tu vida.
—Lo pensaré.
—¡Piénsalo bien!