La fotografía temblaba en las manos de Adrián.
La lluvia caía detrás de Valeria.
Sus ojos parecían asustados.
Como si supiera que alguien la observaba.
Y detrás de ella...
estaba aquel hombre.
Inmóvil.
Vestido completamente de negro.
Su rostro era imposible de distinguir.
—¿Quién es? —preguntó Cristina.
Nadie respondió.
Porque nadie lo sabía.
Elena observó la fotografía durante varios segundos.
Y entonces su expresión cambió.
—No...
—¿Qué ocurre? —preguntó Adrián.
La mujer se llevó una mano a la boca.
—Lo he visto antes.
El corazón de Cristina comenzó a acelerarse.
—¿Dónde?
—En el hospital.
El silencio llenó la cafetería.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Adrián.
—La noche en que nacieron Valeria y su hermana.
Cristina sintió un escalofrío.
—¿Lo vio allí?
Elena asintió lentamente.
—Pensé que era un familiar. Permaneció horas observando la sala de recién nacidos.
—¿Y nadie preguntó quién era?
—Desapareció antes de que pudiéramos hacerlo.
Una sensación extraña recorrió a Cristina.
Como si una pieza olvidada de un rompecabezas acabara de encajar.
Entonces abrió nuevamente la libreta de Valeria.
Entre las últimas páginas encontró algo doblado.
Era un mapa.
Un mapa de la ciudad.
Y había un círculo rojo marcado alrededor de un lugar.
El viejo puente.
Pero no era lo único.
Desde el puente salía una línea dibujada a mano.
Una línea que terminaba en un edificio abandonado a las afueras de la ciudad.
Adrián observó el nombre escrito junto al lugar.
Y palideció.
—No puede ser...
—¿Qué pasa? —preguntó Cristina.
—Ese edificio fue un orfanato.
—¿Un orfanato?
—Sí. Cerró hace años.
Elena pareció ponerse nerviosa.
Muy nerviosa.
—No deberíamos ir allí.
—¿Por qué?
La mujer bajó la mirada.
—Porque hubo desapariciones.
La lluvia golpeó con fuerza los cristales.
Cristina sintió un nudo en el estómago.
—¿Niños?
Elena asintió.
—Nunca encontraron a los responsables.
Un trueno iluminó la cafetería.
Y durante un segundo...
Cristina creyó ver algo reflejado en la ventana.
Una silueta.
Alta.
Vestida de negro.
Observándolos desde la calle.
Giró rápidamente.
Pero no había nadie.
Solo lluvia.
Y sombras.
Entonces sonó su teléfono.
Un número desconocido.
Cristina dudó antes de contestar.
—¿Hola?
Durante unos segundos solo escuchó estática.
Luego una voz femenina susurró:
—Cristina...
Su sangre se heló.
Porque conocía aquella voz.
Aunque jamás la había escuchado.
Era la voz de Valeria.
Y la siguiente frase hizo que el mundo pareciera detenerse.
—No vayan al orfanato.
Él quiere que lo encuentren.
Editado: 25.06.2026