La cafetería quedó sumida en la oscuridad.
Solo los relámpagos iluminaban el lugar durante breves segundos.
FLASH.
Cristina vio a Adrián.
FLASH.
Vio a Elena aferrándose a una mesa.
FLASH.
Vio a Gabriel mirando fijamente la puerta.
Como si estuviera esperando algo.
O a alguien.
Entonces escucharon pasos.
Lentos.
Pesados.
Acercándose desde el fondo del local.
Valeria volvió a hablar.
Su voz parecía provenir de todas partes.
—¡No lo miren!
Cristina sintió un escalofrío.
—¿Qué está pasando?
Gabriel avanzó un paso.
Por primera vez parecía realmente asustado.
—Llegó demasiado pronto.
—¿Quién?
Nadie respondió.
Porque otro relámpago iluminó la cafetería.
Y durante un segundo todos lo vieron.
Una figura inmóvil junto a la barra.
Mucho más alta que Gabriel.
Vestida completamente de negro.
Con el rostro oculto.
Y unos ojos plateados que brillaban en la oscuridad.
Luego volvió la oscuridad.
Elena soltó un grito.
—¡Es él!
La figura habló.
Su voz era suave.
Elegante.
Y aterradora.
—Después de tantos años...
Otro relámpago.
Los ojos plateados se clavaron en Cristina.
—Por fin encontré a la última gemela.
El corazón de Cristina casi se detuvo.
—¿Qué quiere de mí?
La figura sonrió.
—Lo mismo que quise desde el principio.
Gabriel dio un paso adelante.
—No te la llevarás.
La figura soltó una pequeña risa.
—Tú nunca entendiste nada.
Entonces levantó una mano.
Y todas las ventanas explotaron al mismo tiempo.
CRASH.
El viento y la lluvia invadieron la cafetería.
Los clientes comenzaron a gritar.
Las luces parpadearon.
Y algo cayó del bolsillo de Gabriel.
Una llave.
Antigua.
De plata.
La figura de ojos plateados se quedó inmóvil al verla.
Por primera vez parecía sorprendida.
—Aún la conservas.
Gabriel recogió la llave rápidamente.
—Porque sabía que regresarías.
Cristina observó el objeto.
Había un símbolo grabado en él.
Dos círculos unidos.
Como un espejo reflejando otro espejo.
Entonces recordó algo.
Un dibujo.
Lo había visto antes.
En la libreta de Valeria.
En varias páginas.
Una y otra vez.
Como una obsesión.
—La llave... —susurró Cristina.
Gabriel la miró.
—Es la razón por la que siguen vivas.
El hombre de ojos plateados comenzó a avanzar.
Lentamente.
—Y la razón por la que morirán.
La lluvia golpeó con más fuerza.
Y de pronto una nueva voz resonó en la cafetería.
No provenía de un teléfono.
No provenía de las sombras.
Venía de la puerta principal.
Todos giraron.
Y allí estaba ella.
Empapada por la tormenta.
Temblando.
Pero viva.
Muy viva.
Valeria.
Después de cinco años.
Las dos hermanas se quedaron mirándose.
Sin poder hablar.
Sin poder respirar.
Y la primera lágrima cayó por la mejilla de Cristina.
Porque al fin había encontrado a la persona que pasó toda su vida buscando.
Su hermana.
Editado: 25.06.2026