La gigantesca mano plateada atravesó la Puerta del Espejo.
El suelo tembló.
Las paredes se agrietaron.
Y una onda de energía recorrió toda la sala subterránea.
Cristina cayó de rodillas.
Valeria apenas logró mantenerse en pie.
Lucien, sin embargo, sonreía.
Como si hubiera esperado ese instante toda su vida.
—Por fin...
La joven del espejo retrocedió horrorizada.
—¡No! ¡Aún no está completo!
Pero era demasiado tarde.
La mano siguió avanzando.
Era enorme.
Hermosa.
Y aterradora al mismo tiempo.
Parecía hecha de cristal líquido y luz de luna.
Sin embargo, algo en ella resultaba profundamente inquietante.
Porque donde debía haber una mano normal...
tenía demasiados dedos.
Demasiados.
Como si hubiera sido creada imitando una forma humana sin comprenderla del todo.
Gabriel levantó la llave azul.
La luz de la llave brilló intensamente.
—¡Cristina! ¡Valeria! ¡Las cerraduras!
Las dos hermanas corrieron hacia la puerta.
Pero una voz resonó desde el otro lado.
Suave.
Dulce.
Hipnótica.
—No tengan miedo.
La voz parecía acariciar sus pensamientos.
—Solo quiero volver a casa.
Cristina sintió que una parte de ella quería creerle.
Quería acercarse.
Quería escuchar más.
Entonces Valeria la sacudió.
—¡Resiste!
La ilusión se rompió.
Y Cristina comprendió que aquella voz estaba manipulándolas.
Lucien caminó hacia la mano plateada.
—He esperado siglos por ustedes.
La gigantesca criatura pareció reconocerlo.
Y una segunda mano comenzó a surgir del espejo.
La joven reflejo comenzó a llorar.
—No entiendes...
—Claro que sí.
—No.
Ella levantó la vista.
Y por primera vez habló con auténtico terror.
—Eso no quiere entrar.
Lucien frunció el ceño.
—¿Qué?
—Quiere que nosotros salgamos.
El silencio cayó sobre la sala.
Incluso Gabriel quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso? —preguntó Adrián.
La joven señaló el interior del espejo.
Y todos vieron algo imposible.
Del otro lado existía otro mundo.
Pero no estaba vacío.
Ciudades enteras.
Montañas.
Océanos.
Millones de personas.
Todos observándolos.
Todos atrapados.
Todos intentando escapar.
Cristina sintió un escalofrío.
Aquello no era una invasión.
Era una huida.
Entonces una figura apareció detrás de la criatura plateada.
Una sombra inmensa.
Mucho más grande.
Mucho más aterradora.
La verdadera amenaza.
La razón por la que aquel mundo quería cruzar.
La razón por la que la puerta había sido sellada.
La joven reflejo cayó de rodillas.
—Viene...
La sombra abrió lentamente dos ojos dorados.
Y una voz antigua resonó en ambos mundos.
—He encontrado la puerta.
Las luces explotaron.
La llave azul comenzó a agrietarse.
Y Cristina comprendió una terrible verdad.
La mano plateada no era el monstruo.
Era una refugiada.
Algo mucho peor venía detrás de ella.
Y ahora sabía exactamente dónde encontrarlos.
Editado: 25.06.2026