Te encontré bajo la lluvia

Capitulo 17

El sonido del espejo rompiéndose fue ensordecedor.
Miles de fragmentos plateados flotaron en el aire como estrellas congeladas.
Y entonces...
todo quedó en silencio.
Un silencio imposible.
Profundo.
Antiguo.
Cristina levantó lentamente la vista.
La sala subterránea había desaparecido.
El hospital había desaparecido.
La ciudad había desaparecido.
Todos estaban de pie en un lugar desconocido.
Un inmenso vacío iluminado por millones de espejos flotantes.
Cada espejo mostraba una vida diferente.
Un recuerdo diferente.
Una posibilidad diferente.
—¿Dónde estamos? —susurró Adrián.
La joven reflejo observó el horizonte infinito.
—Entre los mundos.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Existe un lugar así?
—Solo cuando la barrera se rompe.
Gabriel parecía horrorizado.
—Entonces ya es demasiado tarde.
A lo lejos se escuchó un rugido.
No provenía de una garganta.
Parecía el sonido de una realidad desgarrándose.
Y entonces apareció.
El Vigilante.
Era tan enorme que resultaba imposible observarlo completo.
Su cuerpo parecía estar formado por fragmentos de mundos destruidos.
Montañas.
Océanos.
Ciudades.
Todo giraba lentamente en su interior.
Y sus ojos dorados brillaban como dos soles moribundos.
Cristina sintió que las piernas le temblaban.
—¿Qué quiere?
La joven reflejo respondió con lágrimas en los ojos.
—Lo mismo que siempre quiso.
—¿Qué?
—No estar solo.
El Vigilante avanzó.
Cada paso hacía explotar cientos de espejos.
Millones de recuerdos desaparecían para siempre.
Entonces habló.
Y su voz resonó dentro de la mente de todos.
—Yo también fui humano.
El silencio cayó nuevamente.
Nadie esperaba aquella respuesta.
—¿Qué? —susurró Cristina.
Las imágenes comenzaron a aparecer alrededor de ellos.
Un hombre.
Un hombre común.
Sonriendo.
Viviendo.
Amando.
Llorando.
Luego envejeciendo.
Y finalmente quedándose solo.
Completamente solo.
La imagen se rompió.
Y dio paso a algo monstruoso.
Algo inmenso.
Algo eterno.
—Cuando mi mundo murió —continuó el Vigilante— fui el único que quedó.
Cristina sintió una profunda tristeza.
No miedo.
Tristeza.
Porque por primera vez comprendió algo.
El monstruo no había nacido monstruo.
Se había convertido en uno.
Después de una eternidad de soledad.
Pero entonces la joven reflejo gritó:
—¡No le creas!
El Vigilante la observó.
—No estoy mintiendo.
—No.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Solo estás ocultando la verdad.
Por primera vez los ojos dorados se estrecharon.
La joven señaló al gigante.
Y reveló el secreto que nadie conocía.
—No sobreviviste a tu mundo.
Fuiste quien lo destruyó.
El vacío entero comenzó a temblar.
Los espejos explotaron a su alrededor.
Y por primera vez...
el Vigilante mostró ira.
Una ira capaz de destruir universos.
La batalla final acababa de comenzar.




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