La luz del corazón plateado iluminaba todo el Mundo Entre los Espejos.
Por primera vez en una eternidad, el Vigilante parecía libre de su dolor.
Pero la sombra que acababa de aparecer hizo que esa esperanza se desvaneciera.
Era una figura envuelta en oscuridad absoluta.
No tenía rostro.
No tenía ojos.
No tenía forma definida.
Parecía una grieta viviente en la realidad.
Y su sola presencia hacía que los espejos se agrietaran.
La joven reflejo cayó de rodillas.
—No...
Gabriel palideció.
—Pensé que era solo una leyenda.
—¿Quién es? —preguntó Cristina.
La sombra soltó una risa fría.
—He tenido muchos nombres.
El vacío tembló.
—Pero los mundos que mueren me llaman...
El Devorador de Corazones.
El Vigilante retrocedió.
Algo que parecía imposible.
—Tú...
—Sí.
La oscuridad se extendió como humo.
—Yo estuve allí cuando tu mundo cayó.
Los ojos dorados del Vigilante se llenaron de horror.
Y Cristina comprendió algo.
Aquella criatura no había destruido su realidad.
Alguien la había empujado a hacerlo.
Alguien había alimentado su dolor.
Su rabia.
Su desesperación.
El Devorador sonrió.
—Las tragedias son tan fáciles de crear.
Millones de espejos mostraron escenas del pasado.
Mundos enteros cayendo.
Civilizaciones desapareciendo.
Personas perdiéndolo todo.
Y siempre...
siempre...
la sombra observando desde lejos.
Esperando.
Alimentándose.
—¿Por qué? —preguntó Valeria.
La figura inclinó la cabeza.
—Porque el dolor tiene sabor.
Un escalofrío recorrió a todos.
—Cada lágrima.
Cada pérdida.
Cada corazón roto.
Todo me hace más fuerte.
Cristina sintió rabia.
—¡Eres un monstruo!
La sombra volvió a reír.
—No.
Yo soy el resultado de lo que ustedes crean.
Entonces señaló el corazón brillante del Vigilante.
—Y ahora lo quiero.
La luz comenzó a apagarse.
Lentamente.
Como una vela bajo la lluvia.
El Vigilante cayó de rodillas.
Su esperanza desaparecía.
Su fuerza desaparecía.
Todo desaparecía.
—No puedo... resistir...
Cristina corrió hacia él.
—¡No lo escuches!
—Es demasiado tarde.
La sombra avanzó.
Cada paso consumía parte del Mundo Entre los Espejos.
—La esperanza siempre muere.
—No —dijo Cristina.
El Devorador se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Cristina miró a Valeria.
A Adrián.
A Gabriel.
A la joven reflejo.
Y luego al propio Vigilante.
—La esperanza solo muere cuando dejamos de luchar.
El corazón plateado brilló un poco más.
La sombra retrocedió.
Sorprendida.
Por primera vez.
Sorprendida.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
El corazón del Vigilante se dividió.
No se rompió.
Se dividió.
Cinco pequeñas luces surgieron de él.
Una para Cristina.
Una para Valeria.
Una para Adrián.
Una para Gabriel.
Y una para la joven reflejo.
La oscuridad comenzó a rugir.
Porque acababa de comprender algo terrible.
La esperanza compartida era mucho más poderosa que la esperanza de una sola persona.
Y por primera vez en incontables siglos...
el Devorador de Corazones sintió miedo.
Editado: 03.07.2026