Te encontré bajo la lluvia

Capitulo 20

El Mundo Entre los Espejos brillaba con cinco luces.
Cinco corazones.
Cinco esperanzas.
La oscuridad retrocedió unos pasos.
El Devorador de Corazones jamás había visto algo igual.
Durante siglos había vencido porque siempre atacaba a personas solas.
Pero ahora...
ninguno estaba solo.
Cristina sintió una cálida energía recorrer todo su cuerpo.
La pequeña luz que flotaba frente a ella comenzó a transformarse.
No era una espada.
No era un escudo.
Era un espejo.
Un espejo redondo, de cristal puro.
Valeria recibió otro.
Adrián.
Gabriel.
Y la joven reflejo también.
Cinco espejos.
Cinco guardianes.
El Devorador soltó una carcajada.
—¿Creen que unos simples espejos podrán detenerme?
La joven reflejo dio un paso al frente.
—No reflejan rostros.
Reflejan la verdad.
La oscuridad vaciló.
Por primera vez parecía incómoda.
Cristina levantó su espejo.
En él no apareció su reflejo.
Apareció una niña pequeña riendo bajo la lluvia.
Ella misma.
Cuando aún no conocía el miedo.
Valeria vio el momento en que encontró el valor para buscar a su hermana.
Adrián vio el instante en que decidió correr bajo la tormenta para ayudar a una desconocida.
Gabriel recordó el día en que salvó a las dos gemelas siendo apenas un joven enfermero.
Y la joven reflejo vio el sueño que nunca pudo vivir.
Todos comprendieron lo mismo.
Sus mejores recuerdos seguían vivos.
El Devorador rugió.
—¡Dejen de mirar!
Pero ya era tarde.
Los cinco espejos comenzaron a unirse.
Sus luces formaron un inmenso círculo sobre el vacío.
Entonces el Vigilante levantó lentamente la cabeza.
Su corazón volvió a brillar.
—Ahora lo entiendo...
Cristina sonrió.
—Nunca fue el poder.
—No.
El Vigilante observó las luces.
—Siempre fueron los recuerdos que nos hacen seguir adelante.
El Devorador lanzó un grito de furia y se abalanzó sobre ellos.
Una ola de oscuridad cubrió el cielo.
Pero los cinco guardianes levantaron sus espejos al mismo tiempo.
La luz atravesó las sombras.
Y por primera vez...
la oscuridad se vio a sí misma.
En el inmenso espejo no apareció un monstruo.
Apareció una figura pequeña.
Sola.
Asustada.
Olvidada.
El Devorador dejó de avanzar.
—No...
Su voz tembló.
—Eso... no soy yo.
Cristina dio un paso adelante.
—Eso eras antes de convertirte en el miedo de otros.
La oscuridad comenzó a resquebrajarse.
Pequeñas grietas de luz aparecieron en todo su cuerpo.
El Devorador cayó de rodillas.
Había pasado tanto tiempo alimentándose del dolor ajeno que había olvidado su propio nombre.
Entonces preguntó con una voz casi humana:
—¿Todavía... puedo cambiar?
El silencio llenó el Mundo Entre los Espejos.
Cristina extendió lentamente la mano.
Y respondió con una sonrisa.
—Mientras exista una luz en tu corazón... siempre habrá una oportunidad.
En ese instante, una diminuta chispa dorada apareció en el pecho del Devorador.
Era débil.
Casi imperceptible.
Pero estaba allí.
Y el universo entero contuvo la respiración.
Porque el destino del ser más oscuro de todos los mundos estaba a punto de cambiar para siempre.




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