La lluvia volvió a caer sobre la ciudad.
Era una lluvia suave.
De esas que invitan a caminar sin prisa.
Cristina y Adrián paseaban de la mano por el mismo lugar donde se conocieron.
La vieja cafetería seguía allí.
Las ventanas azules brillaban bajo la lluvia.
—¿Recuerdas este lugar? —preguntó Adrián.
Cristina sonrió.
—Aquí cambió mi vida.
Entraron y se sentaron junto a la ventana.
El dueño de la cafetería les sirvió dos chocolates calientes.
Mientras conversaban, una niña de unos diez años se acercó a su mesa.
Llevaba un pequeño paraguas amarillo.
—Perdón... ¿ustedes son Cristina y Adrián?
Los dos se miraron sorprendidos.
—Sí.
La niña les entregó un sobre blanco.
—Una señora me pidió que se los diera.
Antes de que pudieran hacer otra pregunta, la niña salió corriendo bajo la lluvia.
Cristina abrió el sobre.
Dentro había una sola fotografía.
En ella aparecían tres jóvenes sonriendo bajo un arcoíris.
Cristina.
Valeria.
Y la tercera hermana.
Las tres juntas.
Como nunca había ocurrido.
En el reverso había una frase escrita con una letra conocida.
"Los espejos muestran lo que fue... pero el corazón siempre recuerda lo que pudo ser."
No había firma.
No hacía falta.
Cristina levantó la vista.
En el cristal de la cafetería, por un instante, vio reflejada a la tercera hermana.
Sonrió.
Le guiñó un ojo.
Y desapareció con la lluvia.
Cristina no sintió tristeza.
Solo gratitud.
Porque entendió que algunas personas nunca dejan de caminar a nuestro lado.
Solo aprenden a hacerlo desde otro lugar.
Y mientras Adrián tomaba su mano una vez más, la lluvia siguió cayendo sobre la ciudad...
La misma lluvia que, un año atrás, había unido dos destinos para siempre.
Editado: 03.07.2026