Hasta ese momento, nuestra historia solo existía detrás de una pantalla.
Conocía el tono de su voz, su forma de reír, las bromas que hacía cuando alguien perdía una partida y esa costumbre que tenía de responder siempre con algún comentario que lograba sacar una sonrisa.
Pero nunca lo había visto realmente.
Sabía cómo sonaba.
No cómo miraba.
Se acercaba mi cumpleaños y, como cada año, mis amigos habían organizado una pequeña reunión en el parque. No era nada extravagante; solo queríamos pasar un buen rato juntos.
Sin pensarlo demasiado, lo invité.
No como alguien especial.
Solo como un amigo más del grupo.
Cuando respondió que no podría ir, sentí una pequeña decepción que intenté ocultar incluso de mí misma.
"No pasa nada", me repetí.
"Es solo un amigo."
Sin embargo, ese mismo día me sorprendió con un regalo dentro del juego.
Puede sonar extraño para quien nunca ha vivido algo parecido, pero en aquel momento ese detalle significó muchísimo para mí. No era el valor del regalo. Era el hecho de que se hubiera tomado el tiempo de pensar en mí.
Esa noche sonreí más de lo normal.
Y fue entonces cuando empecé a sospechar que mi corazón ya no reaccionaba igual cuando hablábamos.
Cada mensaje suyo lograba acelerar mis latidos.
Cada vez que veía su nombre aparecer en la pantalla, una sonrisa se dibujaba en mi rostro sin que pudiera evitarlo.
Aun así, seguía negándolo.
Todavía insistía en convencerme de que todo era una simple amistad.
Días después ocurrió algo que jamás esperé.
Mi curso había organizado una reunión para planificar las fotografías y algunos detalles de la fiesta de promoción. Casi todos asistieron y, como era de costumbre, terminé conversando con mi grupo de amigos.
Todo transcurría con normalidad.
Hasta que levanté la vista.
Había un chico acercándose.
Por un instante el tiempo pareció detenerse.
No estaba completamente segura de que fuera él.
En realidad, nunca había visto una fotografía donde apareciera claramente. Solo había encontrado algunas imágenes en redes sociales después de buscar su perfil por pura curiosidad.
Así que solo podía imaginar.
Pero, en cuanto nuestras miradas se cruzaron, lo supe.
Era él.
Sentí un nudo en el estómago.
Las manos comenzaron a sudarme.
El corazón golpeaba tan fuerte que estaba convencida de que cualquiera podía escucharlo.
Le apreté el brazo a mi mejor amiga, la única persona que conocía aquel secreto que ni yo misma quería aceptar.
—Creo que es él... ¿qué hago? —le susurré casi sin voz.
Ella me miró con una sonrisa divertida.
Yo, en cambio, solo quería salir corriendo.
Respiré profundo.
Intenté parecer tranquila.
Y, contradiciendo toda lógica, caminé directamente hacia él.
Lo más gracioso es que, técnicamente, ni siquiera estaba segura de quién era.
Aun así, lo saludé como si no existiera la menor duda.
—Hola...
Él sonrió.
Y de repente todos los nervios desaparecieron por unos segundos.
Conversamos un rato junto con mis amigos. La charla fue sencilla, llena de esas preguntas típicas cuando dos personas se conocen fuera del lugar donde siempre hablan.
Recuerdo que había llegado en una motocicleta.
No sé por qué ese detalle quedó grabado en mi memoria.
Quizá porque estaba intentando memorizar absolutamente todo sobre aquel momento.
Después de un rato, algunos amigos propusieron ir a caminar.
—Ven con nosotros.
Solo eran unas palabras.
Una invitación cualquiera.
Pero para mí significaban enfrentar algo para lo que todavía no estaba preparada.
La timidez pudo más.
—Perdón... ya tengo que irme.
Ni siquiera esperé demasiado.
Me despedí rápidamente y comencé a alejarme.
Mientras caminaba escuché que uno de mis amigos gritó:
—¡Luz, despídete bien!
No entendí a qué se refería.
Me giré riendo, levanté la mano y respondí con un fuerte:
—¡Byeee!
Sin pensarlo, lancé un beso al aire.
Todos comenzaron a reír.
Yo solo seguí caminando, completamente avergonzada.
Durante el camino de regreso, mientras iba sentada en el trufi mirando por la ventana, no podía dejar de pensar en lo torpe que había sido.
Había imaginado tantas veces cómo sería conocerlo...
Y cuando finalmente ocurrió, apenas pude hablar.
Saqué el celular.
Lo pensé varias veces antes de escribir.
Al final respiré hondo y envié el mensaje.
"Perdón si me fui tan rápido. La verdad es que soy muy tímida y me puse nerviosa. Ojalá la próxima vez podamos conversar un poco más."
Presioné "Enviar".
Apoyé la cabeza en la ventana mientras el vehículo seguía avanzando.
Sin darme cuenta, acababa de descubrir algo que llevaba semanas intentando negar.
No me ponía nerviosa porque fuera un amigo.
Me ponía nerviosa porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien tenía el poder de acelerar mi corazón con solo aparecer