Después de aquel encuentro, seguíamos hablando como si nada hubiera pasado.
Le pedí disculpas por haberme ido tan rápido y él respondió casi al instante:
"No te preocupes, seguro hablamos más en otra ;)."
Era un mensaje sencillo.
Pero, por alguna razón, me hizo sonreír más de la cuenta.
Los días siguieron transcurriendo entre partidas, bromas y conversaciones interminables. Hablar con él era tan fácil que, sin darme cuenta, terminé contándole cosas que jamás imaginé compartir con alguien que había conocido gracias a un videojuego.
Con él no tenía que pensar demasiado qué decir.
Las palabras simplemente salían.
Me hacía sentir tranquila.
Escuchada.
Segura.
Y aunque todavía me empeñaba en repetir que solo era un amigo, mi corazón comenzaba a llevarme la contraria.
Entonces llegó uno de los días más importantes de mi vida.
La gala de graduación.
Después de tantos años de colegio, por fin había llegado el momento de celebrar el final de una etapa.
Aquella tarde me preparé con una ilusión que nunca antes había sentido.
Durante meses había practicado cómo maquillarme. Al principio mis intentos habían sido un desastre, pero esta vez, cuando me miré al espejo, sonreí.
Por fin me gustaba lo que veía.
Llevaba un vestido de dos piezas en tonos vino y rosado, unos tacones plateados que apenas sabía usar, el cabello suelto con ondas y unos aretes que combinaban con un delicado collar.
Días antes también me habían retirado los brackets.
Era la primera vez en muchos años que sonreía sin pensar en esconder mis dientes.
Y me sentía bonita.
Muy bonita.
Mientras esperaba para salir, vi un estado suyo.
Era la imagen de un gatito babeando con una frase que decía:
"Así me traes."
Me reí para mis adentros.
"¿A quién se lo habrá puesto?", pensé.
Jamás imaginé que aquella publicación tendría algo que ver conmigo.
Pocos minutos después recibí un mensaje suyo.
"¿Me pasas la ubicación? Un amigo tuyo no sabe llegar."
Dudé unos segundos.
Algo dentro de mí sospechaba que él también quería ir.
Pero terminé enviándole la ubicación sin darle demasiadas vueltas.
Mi mamá me llevó hasta el salón.
Nunca le gustó que pasara tantas horas jugando en el celular. Siempre decía que esos juegos no traían nada bueno y que algún día terminarían metiéndome en problemas.
Yo solo me reía.
Ni siquiera yo sabía lo equivocada que estaba.
La fiesta comenzó.
Fotos.
Risas.
Abrazos.
Música.
Bailes.
Era una de esas noches que uno sueña durante todo el colegio.
Hasta que ocurrió.
Lo vi entrar.
Mi corazón olvidó cómo latir durante unos segundos.
No esperaba que realmente apareciera.
El salón estaba completamente lleno, así que él y los chicos decidieron quedarse en el patio junto con algunos amigos.
Minutos después recibí un mensaje.
"Ven a saludar al patio."
Miré la pantalla y negué con la cabeza.
No pensaba salir.
Había demasiados chicos afuera y, además, conocía perfectamente a mis amigos. Sabía que no dejarían pasar la oportunidad de molestarme.
Así que respondí:
"Ven tú a saludarme aquí."
Lo envié convencida de que jamás aceptaría.
Menos de un minuto después apareció frente a mí.
Sonriendo.
Nos pusimos a conversar como si el ruido de la fiesta no existiera.
Me contó que, como no habían encontrado lugar dentro del salón, probablemente irían a otro sitio con sus amigos.
Sentí una pequeña decepción.
Pero antes de irse me preguntó:
—Si regreso... ¿me concederías un baile?
Sonreí.
—Solo si vuelves.
Él asintió.
Y se fue.
La noche continuó.
Bailé con mis amigos, reí, me tomé fotografías y traté de disfrutar la fiesta.
Pero había algo que no podía controlar.
Cada cierto tiempo levantaba la vista para mirar la puerta.
Esperándolo.
Sin darme cuenta, ya no estaba disfrutando la fiesta.
Estaba esperando a alguien.
Fue entonces cuando me acerqué a mi mejor amiga y, casi en un susurro, le confesé algo que llevaba semanas intentando negar.
—Amiga... creo que sí me gusta.
Ella abrió los ojos de inmediato.
—¿En serio?
Asentí lentamente.
—Pero todavía hay una prueba.
Me miró confundida.
—¿Cuál?
Sonreí.
—Si sabe bailar... ya caí.
Ella soltó una carcajada.
—No creo.
Las dos seguimos riendo.
Los minutos pasaban y él no regresaba.
Poco a poco acepté que probablemente no volvería.
Así que dejé de mirar la puerta y fui a sentarme con mis amigos.
Entonces sentí una mano apoyarse suavemente sobre mi hombro.
Levanté la mirada.
Era él.
Con esa sonrisa que ya empezaba a reconocer.
—Volví.
Hizo una pequeña pausa.
—¿Ahora sí bailamos?
No recuerdo haber pensado la respuesta.
Simplemente me levanté.
Mientras caminábamos hacia la pista de baile, un olor llamó inmediatamente mi atención.
Cigarrillo.
Y alcohol.
Mi sonrisa desapareció por un instante.
Durante tantas conversaciones le había contado cuánto detestaba ambas cosas.
Él siempre decía que tampoco le gustaban.
Y, sin embargo, ahí estaba.
Con ese olor impregnado en su ropa.
Quise preguntarle.
Quise reclamarle.
Pero decidí guardar silencio.
No quería arruinar aquella noche.
Entonces comenzó la música.
Y pasó exactamente lo que más temía.
Sabía bailar.
Muy bien.
Nos movíamos como si lleváramos años haciéndolo.
Reíamos.
Girábamos.
Cantábamos las canciones sin importar quién nos estuviera mirando.
Y en algún momento entendí que había perdido la famosa prueba que yo misma había inventado.