Te espere con el alma

NO ME QUERIAN VIVA

“Hay odios que no se dicen en voz alta, pero se sienten en la piel. Odios que no empujan… esperan.”

No cobocia bien a sus padres.

Nunca cruzamos más que saludos breves y miradas largas, de esas que dicen más de lo que deberían. Santiago, en cambio, sí me había hablado un poco de ellos. Al principio, cuando recién nos conocimos, me contaba cosas buenas: que pasaban tiempo juntos, que iban a la playa, que eran una familia normal.

pero toda historia tiene otra cara.

Y eso no sé revela de golpe.

Con el tiempo empecé a notar cómo le hablaban. El tono. Las palabras. El trato. No era amor, era control. Querían a Santiago solo para ellos, como si no tuviera derecho a elegir, a sentir, a amar.

y entonces me hice una pregunta que me heló la sangre: ¿Hasta donde estaban dispuestos llegar?

—Amor… tengo que decirte algo —dijo, buscando la manera correcta de hacerlo.

—Dime —respondí.

—Mis papás te invitaron a cenar el viernes —soltó rápido, como si temiera arrepentirse.

Guardé silencio. Durante el tiempo que llevaba con él había visto cómo lo trataban, como si fuera un sirviente y no un hijo.

—Voy a pedir permiso, a ver si mi mamá me deja ir —dije, aunque algo dentro de mí no estaba tranquila.

—Está bien —respondió.

Cuando colgamos, sentí que no quería que llegara el viernes. Su madrastra, sobre todo, nunca me dio buenas vibras.

El viernes llegó igual.

Me vestí, me maquillé, y Santiago pasó por mí. Iba con mi hermano pequeño. Estuvimos un rato en el Parque de los Susurros, hasta que sus padres lo llamaron para subir. Los saludé, nos sentamos a la mesa.

Los nervios me consumían. La ansiedad se apoderó de mí lentamente. Ellos se portaron amables, casi demasiado. Sonreían, reían, mostraban fotos de Santiago cuando era niño.

Pero algo no encajaba.

Si eran tan buenos...¿ Por qué lo trataban así?

Me despedí, agradecí la cena, y Santiago me acompañó a casa.

Días después, me pidió que lo acompañara a su foto de graduación.

—Amor, mañana es mi foto de graduación. ¿Me acompañas?

—Claro, mi vida. ¿A qué horas?

—A las 3:30.

Al día siguiente, salí de estudiar, me arreglé y lo llamé para confirmar. Todo estaba bien… hasta que, justo antes de salir, me llegó un mensaje.

—Ya no vengas, Santiago irá con mi mamá.

No era él.

Era su hermana.

Lo dejé en visto, confundida. ¿Por qué de repente su madrastra quería ir con él?

Pasaron tres días sin saber nada de Santiago. Como si la tierra se lo hubiera tragado. Le pregunté a su madrastra y me dijo que estaba castigado. Luego me lo pasó.

—Amor, me castigaron por unos días porque querías acompañarme a la foto. A mi mamá no le gustó la idea.

¿Castigarlo por querer que yo estuviera ahí?

Después de varios días sin verlo, fui al Parque de los Susurros. Le pedí a Álex, su amigo, que me ayudara a sacarlo de su casa. Lo logró. Estábamos hablando cuando aparecieron sus padres.

Su madrastra me llamó aparte.

—¿Usted cree que es justo que él la invite a usted y no me diga nada a mí? —dijo indignada.

—Él me invitó y no vi nada de malo —respondí con calma—. Tal vez estuvo mal no decirle primero, pero fue decisión de él.

Entonces empezó.

Críticas. Mentiras. Palabras sucias disfrazadas de preocupación.

—Santiago no hace nada en la casa. Si yo no lo mando, no hace nada.

—Le compro ropa barata y él solo quiere ropa de marca.

Todo era mentira. Yo sabía cuánto ayudaba, cuánto se esforzaba. Me quedé en silencio mientras ella hablaba mal de su propio hijastro durante horas.

—Yo sabía que lo iban a castigar por invitarte a ti —dijo—. Cuando su papá le reclamó, yo le dije: “Dile a tu novia que estás castigado para que no se preocupe”, pero prefirió no decirte.

Dos horas escuchando cómo destrozaban a la persona que yo amaba.

Cuando por fin me quedé sola con Santiago, exploté.

—Es increíble que tu mamá te dijera que me avisaras —le reclamé—. Preferiste que yo me preocupara.

Intenté irme. Me siguió. Frente a mi casa me tomó de las manos.

—Déjame explicarte, por favor —dijo.

—Dime —respondí, más calmada.

—Es mentira. Eso pasó en otro castigo, no en este.

Lo miré

—¿De verdad?

—Te lo juro.

Lo abracé. Le creí.

Pero esa noche entendí algo terrible:

Ella quería separnos.

Quería que peleáramos.

Quería destruirnos.

Pasó un mes. Seguía castigado. Apenas podíamos hablarnos. Se creó una cuenta falsa de Instagram porque ni celular tenía. Yo odiaba cada día más a su madrastra.

Hasta que un día, cuando él no respondía, llegó un mensaje desde esa cuenta falsa:

—Hola, Isabella. Aléjate de Santiago. Va a terminar su curso sin amigos y sin novia. Déjalo tranquilo.

Ahí lo entendí todo.

No me querían lejos.

No me querían callada.

No me querían viva.

CARTAS QUE NUNCA LEÍSTE

Nunca te conté cuánto miedo tuve.

Nunca te dije que cada silencio tuyo me dolía más que cualquier palabra.

Ellos querían romperte, y en el intento, también quisieron borrarme a mí.

Me hicieron sentir que amar era un delito.

Que elegirnos era una falta imperdonable.

Que mi presencia era una amenaza.

Yo solo quería estar contigo.

Acompañarte, cuidarte, sostenerte.

Pero ellos vieron en mí algo que no podían controlar.

Si algún día lees esto, quiero que sepas que nunca me fui por falta de amor.

Me fui porque el odio aprendió a hablar más fuerte que nosotros.

y aún así...

Te esperé.

Te esperé con el alma.




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