Te guardé un café|

Cap.1

Leah Montes

Me causa escalofríos pensar en lo egoístas que solemos ser con nuestra felicidad. No me refiero al echo de no compartir con los demás las buenas noticias o ese tipo de cosas.

Me refiero al echo de que llevo más de 10 años fuera de este pueblo y aún así, nunca me permití extrañarlo de verdad.

Podría decir que ni siquiera hoy.

El autobús se detuvo con un sonido seco frente a la plaza principal. Baje con la mochila al hombro y el cabello aún revuelto por el viaje. Aquí el aire olía a tierra húmeda y a pan recién horneado; estoy segura que nada ha cambiado. Y sin embargo todo se siente tan distinto, incluyéndome a mí.

Camine las cuatro cuadras que me separaban de la casa de mi abuelo con el corazón prácticamente latiendo en mi garganta.

Fue hasta que abrí la puerta que el olor a medicamento y a viejo que me golpeó dándome esa ancla de realidad. Mi abuelo estaba en su sillón de siempre, más delgado, más frágil, pero con esa misma sonrisa que me había acompañado toda mi infancia.

—Mi pajarita -murmuró extendiendo una mano temblorosa —Por fin volviste.

Me arrodillé frente a él y dejé que me abrazara. Permitiéndome sentir su olor a lavanda y a enfermedad. Entendí que no había vuelta atrás, había regresado para quedarme el tiempo que hiciera falta; no podía seguir corriendo para evitar verlo enfermo solo por que me ponía muy triste pensar que pronto ya no estaría conmigo.

Y eso forma parte a lo que me refiero al decir que los humanos somos egoístas con nuestra felicidad; pues la primera razón de haberme negado a regresar fue justamente que no quería reemplazar los recuerdos de mi abuelo feliz y fuerte. Por esta imagen tan débil y enferma de él.

Los primeros días fueron un torbellino de visitas al médico, recetas apiladas en la mesita de noche y noches en vela junto a mi abuelo. Ahora se veía tan frágil bajo la cobija de lana que mi mamá le había tejido en sus ratos libres. Me sentaba a su lado mientras él dormía y contaba cada segundo, minuto y hora en el vaivén de su respiración. Sintiendo en el pecho la culpa total de no haber estado aquí antes.

Mi madre trabajaba doble turno en la ciudad para mantener a mi abuelo y poder mandarme un poco de dinero a la ciudad. Pero en cuanto cayó en cama solo pudo permitirse su horario normal, nada de tiempo extra y yo no quería ser una carga más para ella.

Había venido a ayudarla a cuidar a mi abuelo, no a ser un gasto extra. Por eso cuando vi el letrero escrito a mano en la ventana de la cafetería de la calle Hidalgo supe que era mi oportunidad.

No tenía ningún recuerdo del lugar, era imposible y es que antes de marcharme este solo era un local de ferretería, con estanterías metálicas y un olor bastante fuerte a plástico quemado. Pero de alguna manera algo en la fachada me resultaba familiar. El letrero de madera con letras doradas: La cafetería recuerdos. Las cortinas de lino color crema que dejaban ver el interior cálido, y las macetas con hierbas colgando a ambos lados de la entrada. Empuje la puerta de madera con una mano que temblaba un poco, más por las noches sin dormir que por los nervios.

El lugar era pequeño y cálido. Paredes de un verde suave que recordaban a los campos después de la lluvia. Mesas de madera clara, cada una con un pequeño jarrón individual. Sobre la barra, un jarrón más grande con hojas secas de otoño, de esas que parecen guardar la luz entre sus venas. Lámparas de luz tenue colgaban del techo a distintas alturas, creando un paisaje de sombras que se mecían despacio. Y en la pared del fondo, justo detrás del mostrador, una pizarra con el menú escrito a mano con tiza blanca. El trazo era firme, cuidado, casi con cariño.

Me quedé un segundo más mirando todo.

—Buenos días,¿En que te puedo servir?

La voz era tranquila, un poco grave, como quien está acostumbrado a hablar poco pero a elegir bien las palabras.

Levanté la mirada y el mundo se detuvo.

Cabello castaño claro, un poco más oscuro que en mi memoria, peinado con esa despreocupación de alguien que ni siquiera sé a molestado en verse al espejo; ojos serenos de un color miel. Hombros anchos bajo una camisa de color negro sencilla, las mangas remangadas hasta los codos dejando ver unos antebrazos con las venas marcadas. Una mandíbula que antes era redonda y ahora se había vuelto angular.

Y esa misma mirada del niño que me enseñó a hacerme los nudos de los zapatos. La misma mirada del niño que cuando le dije que me mudaría se quedó en silencio y luego de un rato me dió una piedra blanca que había encontrado en el río diciéndome “Para que nunca me olvides”

Como si pudiera hacerlo.

—¿Alexis?-cuestioné con la voz más baja de lo que había pretendido.

Él sonrió despacio, no fue una sonrisa grande ni efusiva, fue una sonrisa que empezó en la comisura de sus ojos, con una pequeña arruga que antes no estaba y luego terminó por llegar hasta sus labios. Esa sonrisa seca y tranquila que yo recordaba perfectamente.

—Leah -mi nombre en sus labios sonó como una canción que llevaba años sin escuchar.

—No puedo creer que seas tú -murmuré, y sentí los ojos arder con algo que no era solo cansancio —Han pasado…




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