Leah Montes
Apenas eran las tres y media, pero yo ya estaba acomodando la cobija de mi abuelo sobre sus piernas alistándome para salir. Era mi primer día y después de que Alexis me hubiera dicho que metería las manos al fuego para que me contrataran no podía hacerle quedar mal.
—Saldré un rato -le dije en voz suave —Solo serán unas horas.
Mi abuelo asintió, con la misma tranquilidad de siempre; no me costó mucho darme cuenta de que tras esa fachada estaba escondiendo el dolor de su enfermedad para no preocuparnos.
—¿Al trabajo que dijo tu madre?
—Sipi, empiezo hoy.
—Está bien, cuídate mucho.
Apenas le sonreí antes de darme la vuelta y tomar su vaso de agua de la mesa.
—Mama llega en media hora -comente dejando ahora el vaso a su lado —Si necesitas algo…
—Lo sé, lo sé -me interrumpió con esa voz irritada que denotaba diversión —Aun no soy tan inutil, tranquila.
—No dije eso.
—Pero lo pensaste -me recrimino.
Negué con la cabeza, sonriendo disfrutando de estos pequeños momentos que me daba, me incliné ligeramente antes de dejar un beso sobre su frente.
—Regreso pronto.
—Ve -dejó un ligero silencio —Y deja de preocuparte tanto.
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Cuando empuje la puerta del local, el olor a café recién molido y canela me recibió como un abrazo que no sabía que necesitaba. Alexis estaba detrás de la barra, secando algo con ese trapo blanco que parecía ser su compañero más fiel. Levantó la mirada al escuchar la campanilla de la entrada sonar.
—Puntual -hablo mientras dejaba aquel trapo con un movimiento lento —Eso siempre suma puntos.
—¿Y con quien? -comencé a atarme el cabello en una coleta alta.
—Pues con el jefe -respondió.
Pude ver como se encogía de hombros con una naturalidad sospechosamente ensayada, para seguido de eso hacerme una señal con la cabeza de que me acercara rodeando la barra.
—Bueno -escuche de nuevo su voz —Primera lección del día.
—¿Hay examen? .Cuestione levantando una ceja.
—Si y si repruebas te haré preparar y tomar todo el café que sea necesario hasta que aprendas.
—¿Premio o premio?
—Te aburras después del tercero -contestó y el brillo travieso en sus ojos me recordó al niño que una vez me convención de que las hormigas sabian a limón si las lamias.
Me señaló la maquina de espresso como si estuviera presentándome a una persona importante.
—Ella es lo más importante de aquí. Si la haces enojar, te ignorará por el resto del turno.
—¿La máquina? -reí suavemente.
—Justo. Tiene personalidad; depende el día, a veces gruñe, a veces coopera bien y otras solo te pide a gritos que la dejes en paz.
Lo mire con una sonrisa que no podía contener.
—¿Y ya es tu amiga?
—Nos toleramos -dijo encogiéndose de hombros —Es una relación sana.
Tomó una taza blanca y me mostró cómo colocarla en la rejilla. Sus manos se movían con una seguridad tranquila que estoy casi segura no tenía cuando chicos.
—Esto primero. Luego presionas aquí, y no te asustes si suena como Chevy que no puede arrancar.
Presioné el boton que me habia señalado. La máquina rugió con fuerza, un sonido grave y vibrante que me hizo dar un pequeño salto hacia atrás. El corazón se me aceleró por un segundo. Pero lo peor fue ver la cara de burla que tenía Alexis, una risa bastante mal disimulada si me preguntas.
—Te lo dije.
—Pero no me preparaste emocionalmente -proteste aun con la adrenalina en mi cuerpo.
—Es que esa lección viene hasta la segunda semana -respondió con un tono tan serio que me fue imposible no reirme.
Después de unos minutos de instrucciones que se mezclaban entre pasos reales y comentarios absurdos que solo él podía hacer sonar naturales, Alexis se apoyó contra la barra, cruzando los brazos. Me fue imposible no notar lo ridículamente bien que le quedaba el delantal verde militar que llevaba puesto.
—Oye, dame tu numero.
Parpadeé, sorprendida por la neutralidad en que lo soltó, por un momento me sentí avergonzada de pensar que mi mirada había sido demasiado obvia.
—¿Nomas asi? -desvié la mirada por el local y señala la vieja cafetera —Mínimo invítame un café primero.
—Para pasarte los horarios, tonta -aclaró rápidamente, pero logre ver como se sonrojaba aunque fuera por un instante —Y por si se cambian los turnos… cosas del trabajo.
—Ah, por eso digo.
Le dicte mi número y lo vi guardarlo en su celular con una concentración casi infantil. Cuando terminó, levantó la mirada.
—Listo. Ahora tengo el poder de molestarte fuera de tu horario laboral.