Desperté por un golpe seco y frío que me hizo perder completamente el hilo de lo que estaba soñando.
Mi cabeza cayó hacia adelante por la fuerza, y cuando levanté la mirada, el profesor ya estaba frente a mí, con el ceño fruncido y esa expresión que ya conocía demasiado bien.
No hacía falta que dijera nada.
—Dormido en mi clase… —murmuró con desprecio—. De verdad que no tienes remedio.
No respondí.
No lo miré.
—Limpia tu lugar —continuó—. Y como castigo, te quedas a limpiar todo el salón cuando termine la jornada.
Asentí en silencio.
Las risas comenzaron casi de inmediato.
Bajas.
Molestas.
Constantes.
Algunos ni siquiera se molestaban en ocultarlas ya… y eso era lo peor.
Sentí esa pesadez otra vez.
Esa sensación de presión desde dentro, como si algo me aplastara lentamente.
Quería decir algo.
Defenderme.
Responder.
Pero no pude.
“¿Por qué soy así…?”
Apreté los puños apenas, lo suficiente para sentir algo.
A veces deseaba que todo desapareciera. Que el mundo simplemente dejara de existir por un momento.
Pero ni siquiera eso parecía una opción.
Lo único que me quedaba era resistir.
Un año más.
Solo uno más.
Y todo terminaría.
…
Cuando las clases acabaron, el salón se vació rápidamente. Las voces, las risas, los pasos… todo se fue apagando hasta dejarme completamente solo.
El silencio no era tranquilidad.
Era presión.
Tomé la escoba y empecé a limpiar.
Lento.
Pesado.
Cada movimiento se sentía innecesariamente difícil, como si mi propio cuerpo no quisiera cooperar.
“Tal vez debería disculparme con Liria…”
Me detuve un segundo.
Suspiré.
No.
Hay cosas que es mejor no tocar.
Retomé el movimiento, arrastrando la escoba con desgana.
El aula estaba hecha un desastre.
Papeles.
Suciedad.
Restos de algo que a nadie le importaba.
Como yo.
“Solo termina y ya…"
No pensé más.
No quise hacerlo.
Cuando acabé, dejé la escoba a un lado y salí del salón con pasos pesados.
Otro día más.
Uno igual a todos.
Un día normal…
O al menos eso intentaba creer.
…
A veces pensaba en contárselo a mis padres.
Decirles todo.
Pero cada vez que esa idea aparecía… venía acompañada de otra más fuerte.
El miedo.
Si mi padre me veía como débil…
todo cambiaría.
Y no para mejor.
Así que simplemente… me lo guardaba.
Como siempre.
“Solo un año más…”
Fue entonces cuando la vi.
De pie en la entrada.
Esperándome.
—¿Liria? —pregunté, sorprendido—. ¿Qué haces todavía aquí? Pensé que ya te habías ido.
Ella cruzó los brazos, claramente molesta.
—¿Y desde cuándo tú decides a qué hora me voy? —respondió—.
Deberías preocuparte más por no quedarte dormido en clase.
Solté una pequeña exhalación.
—Ya… entiendo —murmuré—. Sigues molesta por lo del almuerzo, ¿no?
—¿Molesta? —repitió, incrédula—. ¿Tú qué crees, Sario? ¿Que me iba a reír después de lo que dijiste?
Bajé la mirada.
—Supongo que debería disculparme… —dije con dificultad—. Pero también creo que es mejor si dejas de juntarte conmigo. No te conviene. La gente habla demasiado y no quiero que—
No terminé.
La bofetada fue rápida.
Seca.
Me quedé inmóvil.
—Eres insoportable —dijo con rabia contenida—. De verdad… eres un idiota o eres demasiado estúpido como para entender.
No respondí.
—¿Y qué si la gente habla mal de mí? —continuó—. ¿Crees que me importa en lo más mínimo?
Apreté ligeramente los dientes.
—Sario… —su voz cambió, más firme—. Eres mi amigo. Y no pienso abandonarte por comentarios estúpidos.
Levanté la mirada lentamente.
—Eres el único con el que puedo hablar sin que esperen algo de mí —añadió—. Así que deja de decidir por mí y deja de decir cosas que ni siquiera sientes.
Su mano se apoyó en mi cabeza,
despeinándome un poco.
Y en ese momento…
algo dentro de mí cedió.
Las lágrimas salieron sin que pudiera detenerlas.
—¿En serio estás llorando?… —dijo, aunque su tono ya no era duro.
—Gracias… —murmuré con la voz quebrada—. De verdad… gracias por quedarte…
Ella suspiró.
—Eres un caso perdido… —dijo, pero con una pequeña sonrisa—. vámonos antes de que te pongas peor.
Asentí.
…
—Entonces… ¿cinco chicos esta semana? —pregunté mientras caminábamos, intentando cambiar el ambiente.
—Sí. Y todos igual de idiotas —respondió sin dudar—. No sé de dónde salen tantos.
—Pero dijiste que te gusta alguien… —añadí—. Si quieres, puedo ayudarte.
Se detuvo.
Me miró.
—eres un diota , Sario…
Parpadeé, confundido.
—Bueno… olvídalo —añadió—. Ya estamos en tu casa.
Miré la puerta.
Tragué saliva.
—Mañana… tal vez no vaya…
—Inténtalo —respondió—. Pero si faltas, yo misma voy a buscarte. Y no te va a gustar.
Alzó la mano en señal de despedida.
—Cuídate.
La vi alejarse.
Y por un momento…
todo se sintió más ligero.
—Ahora viene lo peor…
Me acerqué a la puerta.
Entré.
Silencio.
Vacío.
No había nadie.
La casa estaba completamente sola.
—…qué alivio…
Solté el aire lentamente.
Tal vez hoy…
no sería tan malo.
Fui directo a bañarme.
Luego me dejé caer en la cama, mirando el techo sin pensar demasiado.
El cansancio me pesaba.
Más mental que físico.
—…hoy fue un día agotador…
Cerré los ojos. Y caí dormido
....
Un lugar oscuro se reflejaba en mis ojos
Intentando no pensar.
Intentando no recordar.
Pero en el fondo…
sabía que no iba a ser tan simple.
La oscuridad seguía ahí.
No como antes.
No aplastaba.
No gritaba.
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Editado: 10.04.2026