Te odio, Maldito Regresor

Un día en mi vida diaria (parte 2)

El comedor estaba lleno.
Demasiado lleno.

El aire no se movía. Se acumulaba en los pulmones como algo espeso, ajeno. Respirar requería esfuerzo… y aún así no bastaba.

Sario lo sintió antes de cruzar la puerta.
Las miradas.

No eran nuevas. Nunca lo eran. Pero hoy no resbalaban sobre él.
Se quedaban.

Se hundían.

—¿En serio está con él…? —voz desconocida.

—No puedo creer que se junte con ese tipo… —otra voz.

No necesitaba verlos. Las palabras encontraban su piel igual.

Sario bajó la cabeza. Inútil. Las sentía clavarse en la nuca, deslizarse por su espalda, instalarse bajo la piel.

Hoy dolía distinto.

No por él.

Era Por ella.

—Oye… Liria… no es buena idea que estemos aquí —murmuró Sario.

—Dices tonterías, Sario —respondió ella, sonriendo—. Además, hoy invitas tú —añadió Liria.

—¿Yo? Ni hablar, tú me trajiste ,así que tú pagas —replicó Sario.

—Eso no cuenta —insistió Liria.

—Claro que cuenta —cerró él.

El intercambio fue automático. Demasiado rápido. Demasiado ensayado. Como si ambos recordaran cómo sonaba la normalidad… pero no cómo se sentía.

Aun así, Sario se aferró a ese instante.

Un error.

Se dirigieron a una mesa —alegres charlando cálidamente— no se esperaban nada de lo que pasaría...

El impacto fue seco.

No fuerte… pero definitivo.

El plato desapareció de sus manos. El calor llegó primero. Luego el frío.

El estofado cayó sobre él, deslizándose lentamente. Espeso. Rojo.

Demasiado rojo.

Su cabello blanco lo absorbió como si siempre hubiera debido verse así.
Un segundo de silencio.

Exacto.

Luego, las risas.

Demasiadas.

Demasiado cómodos.
—Vaya… así que todavía tienes el valor de aparecer —dijo Jeremy.

No necesitaba verlo. Su voz tenía forma.

Tenía peso.

Se acercaba.

Siempre despacio.

—No esperaba verte en el comedor después de la paliza de esta mañana —continuó Jeremy.

Las palabras no le dolieron.
Porque ya las conocía.

Porque ya las había pensado antes.
Sario apretó los puños. No para defenderse. Solo para asegurarse de que seguían ahí.

—Recógelo —ordenó Jeremy.

La palabra cayó con naturalidad.
Como si siempre hubiera sido así.
Sario miró el suelo.

El estofado formaba figuras irregulares. Por un instante, creyó ver algo moverse dentro. Algo que lo observaba.

Parpadeó.

Nada.

Solo él.

Deformado.

—Déjalo —intervino Liria, dando un paso al frente.

Sario alzó la mirada de inmediato.

Otro Error.

—No… no quiero que te lastimen —murmuró Sario.

No era una advertencia.

Era una rendición.

El empujón fue rápido.

Liria retrocedió sin equilibrio. Sus ojos,
abiertos, lo buscaron al instante.

Miedo.

Preocupación.

Y algo peor.

Algo que Sario no quiso nombrar.

Algo dentro de él se hundió.

No falló en ese momento.

Ya había fallado antes.

Esto solo lo confirmaba.

Las risas volvieron.

Más cerca.

Más claras.

Más dentro.

Sario se arrodilló.

No recordó decidirlo.

Sus manos tocaron el estofado. Frío. Pegajoso.

Repulsivo.

Luego… ya no.

—Cómetelo —dijo Jeremy, casi en un susurro.

Sario cerró los ojos.
Por un instante, algo dentro de él intentó resistir.

Levantarse.

Negarse.

Pero esa parte… no existía aquí.

El primer bocado costó.

El segundo, menos.

El tercero… ya no importó.

Las risas se mezclaban con su respiración. Con su pulso. Con otra voz.

Más baja.

Más constante.

—Patético… —susurró algo dentro de él.
No era Jeremy.

Nunca lo fue.

Cuando el comedor empezó a vaciarse, el ruido se llevó a los espectadores… pero no el eco.

Ese se quedó.

Como siempre.

Liria se acercó despacio.

Como si temiera romper algo.
O despertarlo.

—Sario… —susurró Liria.
Extendió la mano.

Él la vio.

La reconoció.

Y la rechazó.

—No… no es necesario —respondió Sario—. Creo que desde ahora es mejor que no te juntes conmigo por un tiempo

Su voz no era fría.

Era hueca.

No la miró.

Porque sabía lo que encontraría.(Desepcion)
Y no estaba listo para confirmarlo.
Se dio la vuelta.

Un paso.

Luego otro.

Cada vez más fácil.

Como si alejarse fuera lo único que hacía sin fallar.

Liria no lo siguió.

No porque no quisiera.

Sino porque algo en él… ya no estaba.
Sario no lloró.

No gritó.

No se permitió pensar que aquello había sido un momento aislado.

Lo entendió como lo que era.
Una confirmación.

—Patético… —repitió la voz en su mente.
Esta vez no dolió.

Porque ya no sonaba como un insulto.
Sonaba como la verdad.

El pasillo estaba vacío.

O al menos eso parecía.

Los pasos de Sario no hacían ruido. O tal vez el mundo había dejado de escucharlos.
El baño estaba abierto.

Entró.

La luz blanca cayó sobre él sin piedad. No suavizaba nada. No ocultaba nada.
Se apoyó en el lavamanos.

Por un segundo, solo respiró.
O lo intentó.

Abrió la llave.

El agua comenzó a caer, constante, indiferente.

Metió las manos. Luego el cabello.
El rojo empezó a diluirse, deslizándose entre los mechones blancos en hilos irregulares. Como si algo dentro de él se estuviera deshaciendo… y escapando.
Se frotó.

Más fuerte de lo necesario.

Como si pudiera borrar algo más que la suciedad.

Como si pudiera arrancarse a sí mismo.
Levantó la mirada.

El espejo.

Siempre el espejo.
Ahí estaba.

Ese rostro.

Ese… fracaso.

—¿Por qué…? —susurró Sario.
Silencio.

—¿Por qué soy débil? —preguntó Sario.
El agua siguió cayendo.



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En el texto hay: fantasia, muerte, venganza

Editado: 08.04.2026

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