Te odio, Maldito Regresor

Un día en mi vida diaria (parte 1)

Un Día Normal (parte 1)

Tal vez los sueños no sean más que residuos de la mente…

fragmentos de pensamientos que el cerebro reorganiza mientras el cuerpo descansa.

Eso es lo que todos dicen.

Pero… ¿y si no fuera así?
¿Y si los sueños no fueran invenciones… sino recuerdos?

¿Ecos de algo que ya ocurrió… en algún lugar… en algún momento?

Entonces… soñar no sería un refugio.
Sería una advertencia.
Y yo… ya no puedo distinguir la diferencia.

Todo comenzó hace un tiempo.
No sé exactamente cuándo.
Al principio eran sueños aislados…
confusos… fáciles de olvidar.
Pero con los días… comenzaron a repetirse.
Y luego… a empeorar.
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“Espero que algún día entiendan por qué tomé esta decisión…”

La voz de un hombre… temblorosa… rota.
“…pero un padre no puede ver morir a sus hijos antes que él.”

Silencio.

“…perdónenme.”

Entonces ocurrió.
Una raíz… enorme… antinatural… emergió del suelo.

No creció… no avanzó…

irrumpió.

Atravesó su cuerpo de lado a lado.
No hubo tiempo para gritar.

La raíz siguió expandiéndose dentro de él…
ramificándose… desgarrando carne, huesos… órganos…

Como si lo estuviera devorando desde adentro.
Yo… no podía apartar la mirada.
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Siempre era igual.
No importaba el escenario… ni las personas…
El resultado no cambiaba.
Alguien de mi familia… moría.
Y yo… lo veía todo.
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Un cuerpo cubierto de vendas… sucias… empapadas en sangre seca.
Le faltaba una pierna.
Sus ojos… vacíos… inútiles.

—Mamá… —su voz era apenas un hilo—
no me dejes… por favor… no quiero estar solo…
Cada palabra… más débil que la anterior.

Frente a él… una mujer inmóvil.

No podía hablar.

No podía llorar.

Pero aun así… levantó la mano… lentamente…
y la apoyó sobre su mejilla.

Un último gesto.

Una despedida… sin palabras.
Luego… su brazo cayó.

Y todo terminó.
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El miedo llegó después.
No durante los sueños…
sino al despertar.
El pensamiento… inevitable… insoportable:
¿Y si esto no es solo un sueño?
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—¿Por qué…?

Su voz estaba rota.

—¿Por qué tú también…?

El cuerpo de su hermano yacía contra la pared.
Una espada atravesaba su pecho… fijándolo como si fuera parte de ella.

Sangre.
Demasiada sangre.
Las paredes… el suelo… todo marcado por una lucha desesperada.

—Tú juraste protegerme… —sus manos temblaban—

…¿por qué me dejaste?

Silencio.

—Si yo hubiera sido más fuerte…
Apretó los dientes.

—Tú seguirías aquí.
Se acercó lentamente.
Tomó la empuñadura de la espada… y la retiró.
El cuerpo cayó sin resistencia.

—Lo siento…
Esa fue la única despedida.
Lo enterró como pudo.
Como alguien que aún se aferra a la idea de que… eso importa.

Pero había algo peor.

Mucho peor.
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Los sueños en los que… yo era el que moría.
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—Al final… solo era otra marioneta del imperio.
Risas.

—Intentó matar a la heroína… ¿y para qué?

En el centro de la ciudad…
una exhibición grotesca.

Mi cabeza… clavada en una estaca.
Mi cuerpo… repartido… como si no valiera nada.

—Dijo algo como… “me quitó todo”… o alguna estupidez así.

Más risas.
—Patético.

—¿Otra cerveza?
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—Mírame…

Una voz suave.

Demasiado suave.

—Olvídate de todo… solo existes para mí…

Oscuridad.

Una habitación cerrada.

No podía moverme.

Atado.

Vacío.

Frente a mí… ella.

Sonriendo.

Hermosa… y completamente rota.

—Todo esto… es nuestro… —susurró—
este reino… este mundo… tú…

Su abrazo era cálido.

Pero no había nada en él.
Nada… humano.

Detrás de ella…
un cuerpo colgaba boca abajo.

Inerte. Destruido.

—¿Por qué… la mataste…?

Silencio.

Luego…

—¿SIGUES PENSANDO EN EN ESA PERRA?
Su voz se quebró… pero no por tristeza.

—¡NO LO SOPORTO!
¡TÚ ERES MÍO!

Sus manos apretaron mi rostro.

—Cada parte de ti… me pertenece…
¿lo entiendes?

No sentía nada.

Ni miedo.

Ni dolor.

Solo vacío.

—Sí… princesa…
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Siempre terminaba igual.
Sin importar cuánto cambiará el camino…
El final… era inmutable.

Muerte.

Pérdida.

Soledad.

Una y otra vez.

Como si alguien… o algo… se asegurara de que nunca pudiera escapar.

Desperté de golpe.

El aire se sentía pesado.

Mi cuerpo… agotado… como si no hubiera descansado en días.

Las pesadillas… ya no eran ocasionales.
Ahora… eran diarias.

—¿Desde cuándo…?

No lo recordaba.

Y eso… me asustaba más que los sueños.
Miré el reloj.
8:30 a.m.

—Genial…

Me dejé caer hacia atrás.

—Si morir es tan fácil en mis sueños…
quizá en la realidad no sea tan diferente…
Intenté reír.

No salió nada.

—Mejor me—

La puerta se abrió de golpe.

—Oye, Cenicienta.
La voz de mi hermano… seca… molesta.

—Mamá dijo que bajes.
Y si no lo haces… vendrá ella misma.
Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Ya sabes cómo se pone.
Sonrió.

—No quiero ver sangre en mi comida.

Tragué saliva.
—Sí… ya voy.

—Más te vale.
La puerta se cerró.

Silencio.

Me alisté lo más rápido que pude.
Conocía lo suficiente a mi madre como para no dudarlo: cuando decía algo… se cumplía. Sin excusas.



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En el texto hay: fantasia, muerte, venganza

Editado: 08.04.2026

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