Te odio o... eso intento 2

capitulo 14

XIV: El origen del dolor

A los 18 años, Kaczi había dejado de ser el chico impulsivo de la academia; ahora se envolvía en el silencio, cargando ojeras por las madrugadas sin dormir y guardando canciones en notas de voz que nadie más escuchaba. Intentaba odiarlo, se repetía una y otra vez que se había ido, pero la distancia no había sido una explosión, sino una herida lenta que no sangraba pero que nunca terminaba de cerrar.

Frustrado en una de esas noches, tomó la guitarra buscando escribir algo lleno de desprecio para convencerse de que lo odiaba. Así nació el borrador de “Te odio… o eso intento”. Grabó un demo casero, simple, a guitarra y voz, y lo subió a internet a las 3:17 a. m. sin pensarlo dos veces. Al día siguiente, las reproducciones se contaban por miles, y a la semana, por cientos de miles. El público notaba que la canción no era de odio, sino de un amor profundo y devastador.

El teléfono de Kaczi comenzó a sonar insistentemente. Ignoró los primeros intentos pensando que era spam, hasta que un mensaje de la productora independiente NovaSound Studio llamó su atención. Tras semanas de insistencia, cansado del ruido, contestó con desinterés. Sin embargo, la promesa de una reunión corta en un café pequeño y la necesidad de que esa canción creciera —no por fama, sino por ser lo único honesto que poseía— lo hicieron aceptar.

En la cita, tres productores con laptops y audífonos lo esperaban para hablar del potencial del tema. Tras semanas de trabajo profundo en la letra, agregaron cuerdas suaves, un piano melancólico y coros casi susurrados. Cuando le preguntaron si la canción era para alguien a quien odiaba, Kaczi bajó la mirada guardando un silencio largo antes de responder: «—eso intento». El puente final de la canción cerraba de manera cruda:

“Te odio… porque si te tuviera enfrente no podría evitar amarte”.

La versión oficial explotó de manera emocional en las redes; la gente la lloraba, la compartía y la cantaba en videos. Kaczi se convirtió en una promesa musical, pero, a solas en su habitación escuchando el resultado final, solo vio el cabello naranja de Yuta moviéndose con el viento en su memoria y susurró: «No te odio... nunca pude».




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