XVI: El regreso de Yuta
El avión aterrizó a las 6:40 p.m.. Yuta miró la ciudad desde la ventanilla mientras descendían; las luces comenzaban a encenderse una por una, como si el pasado estuviera esperando su regreso. No sintió nostalgia, sintió calma. Habían pasado casi tres años, tres años en los que aprendió a vivir sin mirar atrás, tres años en los que el nombre de Kaczi dejó de doler... y luego dejó de importar. Regresaba por trabajo, nada más, o eso se repetía.
Yuta estaba de espaldas revisando algo en su Tablet, con un traje oscuro impecable. Cuando levantó la mirada y lo vio, sonrió. Esa sonrisa seguía siendo la misma, pero más tranquila, más madura. Se abrazaron. No fue exagerado, no fue dramático.
Fue largo.
—Estás… diferente —murmuró Haru.
—Crecí —respondió Yuta suavemente.
Y Haru entendió que no solo hablaba de edad. Al principio eran reuniones grupales; Kenzo llegaba tarde como siempre y Raiko mantenía la conversación fluida, llena de risas, recuerdos y anécdotas. Pero había algo distinto: Yuta ya no necesitaba aprobación, ya no reaccionaba con inseguridad. Escuchaba más de lo que hablaba, y cuando hablaba, lo hacía con intención. Haru empezó a notarlo y empezó a admirarlo de una forma diferente, no como amigo, sino como hombre.
Una noche, después de que los demás se fueron, Haru y Yuta caminaron por el parque.
—¿Fuiste feliz allá? —preguntó Haru.
Yuta pensó antes de responder.
—Sí. Porque dejé de esperar cosas de otros.
Haru lo miró.
—¿Te dolió irte?
Yuta sostuvo su mirada.
—Sí. Pero quedarme me habría dolido más.
Silencio. El viento movía suavemente las hojas. Haru respiró hondo.
—Yo… siempre quise decirte algo.
Yuta no apartó la vista.
—Lo sé —dijo Yuta.
Haru sonrió nervioso.
—¿Lo sabías?
—Siempre lo supe. No era arrogancia, era claridad.
Las salidas comenzaron a ser más frecuentes: cenas, museos, noches tranquilas viendo la ciudad desde miradores. Haru no era intenso, no era impulsivo, era constante. Y después de años de caos emocional, Yuta valoraba eso. Una noche, sentados en el mismo mirador donde años atrás había sentido confusión, Yuta tomó la iniciativa.
—Haru.
—¿Sí?
—Quiero intentar algo diferente esta vez.
Haru entendió. No hubo discurso largo, solo una pregunta directa:
—¿Quieres salir conmigo?
El corazón de Haru se aceleró.
—Sí.
Yuta entrelazó sus dedos con naturalidad, sin miedo, sin dudar, sin mirar atrás. Mientras tanto, Kaczi estaba en medio de una gira nacional. Su nombre ya no era pequeño, sus canciones llenaban auditorios y "Te odio" se había convertido en el himno de quienes no sabían soltar. En una entrevista, el entrevistador preguntó: «Si esa persona volviera a tu vida… ¿qué harías?». Kaczi respondió sin pensar: «Le diría lo que nunca dije».
Esa noche, Kaczi recibió un mensaje de Raiko: “Yuta volvió”. Sintió un vacío en el estómago. Tardó minutos en responder: “¿Está bien?”. “Sí”, hubo una pausa, “Está saliendo con Haru”. Ahí sí el aire se le fue. No gritó, no rompió nada, solo se quedó mirando el mensaje. Esta vez no fue inmadurez, fue consecuencia. Una noche, después de una cita, Yuta y Haru caminaban tomados de la mano, conversaban sobre planes, sobre trabajo, sobre viajes. Desde el otro lado de la calle, alguien los vio: capucha negra, mirada fija. Kaczi.
No era el adolescente impulsivo, no cruzó, no interrumpió. Solo observó cómo Yuta sonreía de una manera que nunca había visto antes; no era una sonrisa nerviosa, era una sonrisa en paz. Y ahí entendió algo devastador: Yuta ya no necesitaba que lo eligieran, él ya se había elegido a sí mismo.
Esa noche, Yuta recibió un mensaje de un número desconocido, un número local, que solo decía: “Me alegra que estés bien”. Yuta miró la pantalla unos segundos y reconoció el número. Después de años, aún lo recordaba. No respondió. Apagó el teléfono y volvió a entrelazar sus dedos con los de Haru. Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, Kaczi miraba el mensaje sin contestar. Por primera vez no sabía si quería luchar o aceptar que algunas historias solo enseñan.
Editado: 02.06.2026