Te odio o... eso intento 2

capitulo 17

XVII: El encuentro grupal y la aparición de Miru

La ciudad no había cambiado tanto; las luces seguían encendiéndose al atardecer, el viento seguía moviendo los árboles frente a la academia… pero para Yuta todo se sentía distinto. Habían pasado años, ahora tenía 19, había estudiado en el extranjero, trabajado desde joven y se había convertido en alguien exitoso, seguro, elegante, más frío pero no más fuerte, porque había cosas que uno puede enterrar… pero no olvidar. Raiko fue el primero en proponerlo:

—Deberíamos salir todos juntos, como antes.

Kenzo respondió con un simple: “Va”. Elian aceptó de inmediato, Ania también. Haru tardó un poco más en contestar, y Yuta solo escribió: “Está bien”. Nadie mencionó el nombre que todos pensaron.

Se reunieron en el centro comercial de siempre: risas, bromas, recuerdos. Por un momento parecía que nada había cambiado. Haru caminaba al lado de Yuta, no tomados de la mano pero cerca, muy cerca. Kenzo iba detrás, distraído, hasta que la vio: Miru. Estaba parada frente a una cafetería riendo con una amiga, su cabello castaño brillaba bajo la luz, seguía siendo divertida, sociable, tranquila. El corazón de Kenzo dio un golpe seco. Raiko lo notó:

—¿La viste, verdad? —murmuró.

Kenzo no respondió, pero no apartó la mirada. Miru también los vio, y su mirada se detuvo en Yuta.

No fue un momento dramático, no hubo música triste, no hubo lágrimas, solo silencio. Un silencio lleno de pasado. Haru sintió cómo Yuta se tensaba.

—¿Quieres ir a saludar? —preguntó con voz suave.

Yuta negó con la cabeza. Pero Miru fue quien caminó hacia ellos.

—Hola —dijo, con esa sonrisa que antes desarmaba todo.

Elian saludó primero, Ania también. Kenzo apenas pudo decir su nombre sin que la voz le temblara. Yuta la miró a los ojos.

—Hola, Miru.

Nada más, y eso fue lo que más dolió.

Mientras los demás hablaban, Kenzo se quedó unos pasos atrás con Miru.

—Hace tiempo que no te veía.

—Lo sé —respondió ella—. He estado ocupada.

Kenzo quiso decirle que la extrañaba, que nunca dejó de mirarla en secreto, que incluso cuando intentó olvidarla no pudo. Pero solo dijo: «Te ves bien». Miru sonrió: «Tú también». Raiko observaba todo, sabía que esa historia nunca terminó de empezar. Más tarde, cuando el grupo se separó un poco, Haru y Yuta caminaron solos por el estacionamiento.

—¿Te afectó verla? —preguntó Haru.

Yuta tardó en responder.

—No… creo que no. Mentía, pero no por Miru, sino porque entendió algo en ese momento: ya no sentía lo mismo, el pasado había dejado de doler, y eso, de alguna forma… también dolía. Haru lo miró.

—No tienes que fingir conmigo.

Yuta se detuvo.

—No estoy fingiendo. La miró con una sinceridad distinta, más madura. —Estoy aprendiendo a sentir diferente.

Haru no entendió del todo, pero sonrió. Esa noche, al volver a casa, Yuta revisó su teléfono y vio un mensaje nuevo de Raiko: “Hoy faltó alguien”. Yuta supo exactamente quién era, pero no respondió; se quedó mirando el techo durante horas mientras, en otra parte de la ciudad, Kaczi cantaba en un pequeño escenario cerrando con la frase que todos conocían: “Te odio… o eso intento”. Y aunque el público no lo sabía, cada palabra seguía teniendo un nombre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.