XXI (Bis): Fantasas en la banca del parque
Los días siguientes fueron distintos: Yuta ya no mandaba mensajes de buenos días, ya no llegaba sin avisar, ya no se quedaba a dormir. Respondía, pero corto, frío, educado, y eso dolía más que un grito. Una tarde, Yuta intentó detenerlo cuando salían del departamento.
—Haru… ¿estás enojado conmigo?
Haru lo miró fijo, no había lágrimas esta vez, solo orgullo herido.
—No estoy enojado —dijo—. Estoy aprendiendo a no competir con fantasmas.
Y se fue, Yuta se quedó inmóvil, porque entendió exactamente a qué se refería.
Esa noche, Yuta no soportó quedarse en su departamento, necesitaba aire. Caminó sin rumbo hasta el parque donde solía sentarse cuando necesitaba pensar. Las luces eran tenues, el viento movía las hojas, el mundo parecía demasiado tranquilo para el caos que sentía por dentro. Se sentó en una banca, respiró profundo, una vez, dos, pero el aire no llenaba el vacío. Se sentía culpable: culpable con Haru, culpable con Kaczi, culpable consigo mismo. «—¿Por qué no puedo tener claridad?», murmuró para sí. «—Tal vez porque nunca la tuvimos», la voz vino desde atrás.
Yuta se quedó helado, conocía esa voz. Aunque no la hubiera escuchado en persona en años, se giró lentamente: Kaczi estaba ahí. Sudadera oscura, cabello un poco más largo, mirada menos impulsiva… pero igual de intensa. No era un estadio lleno, no había luces, solo ellos, silencio.
—No sabía que venías aquí —dijo Yuta finalmente.
Kaczi dio un pequeño gesto con los shoulders.
—Yo tampoco sabía que tú vendrías, no sonaba acusador, sonaba… vulnerable. Yuta se levantó de la banca.
—¿Me seguiste?
—No. Vengo cuando no puedo respirar en mi casa. Esa respuesta fue demasiado honesta. Se quedaron de pie, frente a frente, a metros, pero sintiéndose demasiado cerca.
—Fui al concierto —dijo Yuta.
Kaczi lo miró directo.
—Lo sé. Yuta sintió el golpe en el pecho. —...¿Lo sabías?
—Te reconocería en cualquier lugar. Silencio. El viento se llevó lo que ninguno se atrevía a decir.
—Tus canciones… —empezó Yuta, pero se detuvo.
—¿Duelen? —preguntó Kaczi suavemente. Yuta tragó saliva. —Sí. Kaczi bajó la mirada por primera vez. —A mí también me dolió escribirlas, esa confesión fue como una grieta abriéndose.
—No sabía que significaba tanto para ti —dijo Yuta. Kaczi soltó una risa corta, sin alegría.
—Ese fue el problema, Yo… pensé que éramos algo pasajero, Para mí no lo fue, directo, sin drama, sin reproche, solo verdad. Y eso fue peor.
—Ahora estás con Haru —dijo Kaczi después de unos segundos. Yuta bajó la mirada. —Sí. —¿Lo amas? La pregunta cayó pesada, Yuta cerró los ojos, pensó en la paz que sentía con Haru, en la estabilidad. —En lo correcto, luego pensó en la música, en el concierto, en las lágrimas. Abrió los ojos. —No lo sé. Kaczi respiró hondo, dolió, se notó, pero no gritó, no explotó.
—Yo no quiero ser la tormenta que destruye lo que estás construyendo —dijo con voz baja—, pero tampoco quiero seguir fingiendo que no significaste todo para mí. El aire se volvió más frío, más denso. Se miraron, años de historia comprimidos en segundos. Yuta dio un paso más cerca sin darse cuenta. Kaczi no se movió.
—¿Por qué apareces justo ahora? —susurró Yuta. Kaczi lo miró con algo que parecía tristeza… y esperanza al mismo tiempo.
—Porque tú nunca te fuiste de mí. Silencio. El mundo alrededor dejó de importar, Yuta sintió su corazón latir como aquella primera vez. Pero esta vez no era inmadurez, era conciencia, era entender exactamente lo que estaba en juego.
Desde lejos, alguien observaba. Haru había seguido a Yuta esa noche, no para espiar, sino porque algo en su pecho le decía que algo iba a pasar, y lo vio. No un beso, no un abrazo, pero vio la distancia que no existía entre ellos y entendió: no estaba compitiendo con un recuerdo, estaba compitiendo con algo que nunca terminó. Haru dio media vuelta, sin hacer ruido, con el corazón hecho pedazos, mientras en la banca del parque Yuta aún no sabía que acababa de perder algo mientras intentaba entender lo que nunca cerró.
Editado: 02.06.2026