XXVI
Haru no lloró el día que todo terminó, ni el siguiente, ni el que vino después. Simplemente dejó de escribir primero, dejó de esperar notificaciones y borró de su mente el hábito de mirar el chat. Esa fue su forma de empezar a sanar. Evitaba los lugares que compartía con Yuta, cambió su rutina y empezó a quedarse más tiempo en la biblioteca. Volvió a dibujar y a escuchar música que no le recordara nada. No estaba bien, pero estaba intentando estarlo, y eso ya era distinto.
Raiko notó el cambio antes que nadie; no era algo escandaloso, sino silencioso, demasiado silencioso. Una tarde lo encontró solo en las gradas del gimnasio, mirando la cancha vacía.
—Oye —dijo acercándose—, ¿Desde cuándo te gusta el deporte?
Haru soltó una pequeña risa.
—Desde que necesito distraerme.
Raiko se sentó a su lado; no preguntó de inmediato ni invadió, solo estuvo ahí. Pasaron unos minutos en silencio hasta que habló con cuidado:
—Me enteré de lo que pasó.
Haru no fingió sorpresa.
—Todos se enteran tarde o temprano.
—No vine a preguntar detalles —aclaró Raiko—, vine porque no me gusta verte así.
Eso quebró un poco la coraza de Haru.
—¿Sabes qué es lo que más duele? —dijo después de un rato—. Que él no me mintió... pero tampoco me eligió.
Raiko asintió.
—Eso pesa.
Haru respiró hondo.
—No puedo odiarlo. Y eso lo hace peor.
Raiko lo miró con suavidad.
—No tienes que odiarlo para soltarlo.
El eco del gimnasio hacía que todo sonara más profundo.
—Yo lo amaba —dijo Haru en voz baja.
—Lo sé.
—Y todavía me importa.
Raiko no apartó la mirada.
—Eso no te hace débil.
—Me hace sentir reemplazable. Esa fue la herida real.
Raiko negó con firmeza.
—No eres reemplazable. Él estaba confundido. Eso no te reduce.
Haru bajó la cabeza y las lágrimas llegaron esta vez; no violentas ni dramáticas, solo honestas. Raiko se acercó un poco más; no lo abrazó de inmediato, esperó. Haru fue quien apoyó la frente en su hombro, y ahí sí lo abrazó, firme, sin palabras innecesarias.
—No quiero que regreses con él por lástima —dijo Raiko suavemente.
Haru se separó un poco.
—No lo haría.
—Entonces sana primero. Y si algún día vuelve... que te encuentre fuerte.
Haru asintió; por primera vez en días, sintió algo distinto al dolor: dignidad. Esa noche, Haru eliminó la conversación con Yuta, no por rencor, sino para dejar de releerla. Al dejar el teléfono sobre la mesa, respiró más ligero. Raiko le mandó un mensaje antes de dormir: "No estás solo".
Haru respondió: "Gracias por quedarte". Raiko miró el mensaje unos segundos y sonrió levemente, porque a veces consolar a alguien también te conecta más de lo que esperabas. Mientras Yuta seguía perdido entre decisiones, Haru comenzaba a reconstruirse, no para volver ni para demostrar nada, sino para recordarse que él también merece ser elegido sin dudas.
Editado: 02.06.2026