Te quiero. Dilo de regreso.

Capítulo 1: camino hacia las estrellas

Dicen que cuando fallecemos el último sentido en irse es el auditivo. La música del mundo es quien nos acompaña hasta el último suspiro.
Así que suponiendo que una fuerza misteriosa y piadosa se acercará a mi para darme carta libre de escoger aquello que escuchara en mis últimos segundos, señalaría sin dudas la canción que estuvo en la radio hace unos momentos. Una melodía que se reproducía en un tono bajo para no molestar a quienes tecleaban en la oficina como si nos pagaran mas por mover mas rápido los dedos.
Aunque ni si quiera sabía como se llamaba aquella canción, si muriera, quisiera escuchar esas notas hasta que el silencio me extinga.

Era el tipo de canción que cualquiera desearía bailar de manera lenta, quizá solo, quizá con alguien, pero aún así, saboreando la melancolía.
Era el tipo de tonada que se colocaría en una noche lluviosa.
Era un tipo de canción que escucharía.

¿Cual sería el nombre de esa canción? Quisiera saberla, quisiera que alguien de mi entorno hubiera movido sus labios, agitara el bolígrafo al ritmo de los sonidos, cualquier detalle que revelara que conocía lo que salía de la radio, para así yo para preguntarle.
Pero la realidad había sido la que a nadie le había importado.

La canción rebotaba en mi cabeza a pesar de ya haberse acabado, quizá, la había escuchado de fondo en algún comercial sobre perritos abandonados, en alguna película que me había hecho acumular los pañuelos en el piso, o tal vez una de esas que mi madre ponía para ahuyentar nuestra hambre y por eso pensaba que era triste.
Ahora solo recordaba una frase, una que pegue en forma de post-it a mi cerebro, con la esperanza de encontrarla; ❝It seems to me that there are more hearts broken in the world.

Aquí tienes —el estridente sonido de carpetas siendo azotadas en mi escritorio me despertó—, el trabajo del día.

Detestaba el sonido de su voz, más que cualquier otra cosa.

—Buenos días, Nick.

—Buenos días, Ashton.

Su sonrisa macabra, la que anunciaba en las mañanas que me haría sufrir hasta la última hora de la jornada estaba ahí.
Mostrando sus dientes, donde el que estaba cercano a su colmillo se hallaba ligeramente —aunque lo suficiente para ser percibido— torcido.

—Siempre tan cordial —exclamé con ironía que no fue detectada.

—Oh, y eso que aun no te lo he dicho —colocó una de sus manos sobre las carpetas, haciendo que algunas cayeran sobre mi teclado—, tienes junta con el jefe, dentro de una hora.

—¿Me estas jodiendo?

Su risa minúscula fue apagada por el repentino ataque de la lluvia sobre los ventanales. El viento había cambiado su curso.

—Me encanta hacerlo, y lo sabes, pero esta vez es verdad, aunque claro —sonrió divertido— puede que me lo haya dicho ayer en la tarde y apenas hoy decidí decírtelo.

Lo observé con rabia.
Aquello era lo que más me pasaba con mayor frecuencia de lo que me gustaría, y lo peor es que no sabía cuando acabaría.
Las personas solían pensar que era frágil.

—Pedazo de mierda.

Sus cejas se levantaron con confusión pero a los segundos salió de nuevo su risa que denotaba burla.

—El pequeño ratón está molesto hoy, venga —golpeó mi espalda con su mano, ocasionando que mis lentes resbalaran—, prepárate para esa junta.

No dijo más y se marchó.
Con la ira burbujeando en mis adentros coloqué mis anteojos en su lugar.

—Claro, a prepararme.

Un golpe desde detrás hizo que mis lentes volvieran a resbalarse. Con enojo contenido los coloqué de nuevo en su sitio.

—Tranqui, escuché noticias agradables.

—Annie, buenos días.

Annie estiró una taza hacia mi mientras con destreza mantenía la suya en su otra mano.

—Chocolate caliente —ofreció la taza hacia mi. La tome—, iba a colocarle bombones pequeños, de esos que te gustan, pero se acabaron.

—Gracias An —llevé la taza a mis labios y bebí— ¿cuales fueron esas buenas noticias?

—Bueno, los rumores del departamento dicen que quizá por fin te aumenten de rango, es decir, llevas aquí tres años.

—Cuatro.

—¡Cuatro años! —reposó su espalda en la silla de tal manera que casi se le caía el café— Eso es mucho tiempo, así que, todos creemos que subirás de puesto.

—¿Que puesto podría obtener?

Pareció pensarlo pues cerraba los ojos mientras bebía despacio.

—¡Asistente de gerencia!

Arrugue la nariz, sería el peor puesto que podría tener.

—Entonces renunciaré.

—¿Por qué harías eso? —parecía escandalizada, como si hubiera rechazado algún premio, lo cual, sería eso para ellos. Pero no para mi—. Todos anhelan ese puesto, ¿sabes cuantos se postulan? ¡Cientos! Hasta los que no pertenecen al departamento.

—Sí, pues son estúpidos, es decir, podría serlo de cualquier gerente pero el señor Campell... ya sabes, es...

—Piénsalo —observo de manera nerviosa hacia la puerta, después de eso se deslizó lentamente hacia su puesto, detrás del mío—, solo piénsalo.

—Señor Keller.

Giré mi silla hacia aquella voz jovial.

—¿Sucede algo, jefe?

—Nuestra junta, debo prepararte, ¿acaso no te dieron los detalles? No importa, ven.

Solo asentí, sabía que el jamás daba tiempo de que ir le respondieran, así que no debía tomarme tiempo de pensar en alguna respuesta.
Era mejor que pensara en cómo solucionar algo de lo que ni sabía.

Deslice mi silla hacia atrás, ocasionando que el ruido de las llantas llamara la atención de todos en la oficina.
Cada persona desde su cubículo levantó la cabeza y con una sonrisa y ojos radiantes parecían decirme «¡suerte!» y, ha decir verdad, la necesitaba a montones.

La oficina del señor Campell estaba hasta el fondo, así que me topé con más miradas alegres y pulgares alzados de los que me gustaría haberlo hecho.
Con los pasos dados y los leves asentamientos que le di a mis compañeros, llegamos a su oficina, donde con las manos me indicó que cerrara la puerta. Al parecer era un tema delicado.




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