Desperté con los ojos pesados, casi incapaz de abrirlos. Sentía el cuerpo entumecido, como si toda la energía se hubiera drenado durante la noche. Con lentitud, arrastré el brazo por la cama buscando mi teléfono, y hasta ese simple gesto parecía un esfuerzo monumental, como si hubiese levantado pesas de diez kilos. Ojalá estuviera exagerando.
—Mili...—Logré llamar a mi mejor amiga con la voz débil—. Vení, por favor. Pero no le digas nada a Jenna ni a Nacho, ¿sí?
Colgué antes de que pudiera responder, confiando en que entendería la urgencia.
No pasó mucho tiempo antes de que llegara abriendo la puerta con una mano, mientras equilibraba una bolsa con desayuno en la otra. Cerró de un portazo usando el pie, con esa mezcla de torpeza y encanto que siempre la caracteriza.
—No hacía falta que me contaras lo que pasó, ya me lo imaginaba.—Su tono era una mezcla de enojo y preocupación mientras dejaba el desayuno sobre mi mesa de noche. Me miró fijamente antes de añadir, con un toque de sarcasmo—: A pesar de eso, soy tan buena amiga que te traje un desayuno. No vas a encontrar otra mejor que yo en todo el mundo.
A pesar de mi agotamiento, una pequeña sonrisa se coló en mi expresión. Me senté con dificultad, apoyando la espalda en la pared, y murmuré:
—Sos la mejor del mundo mundial.
—Ya lo sé.—Se encogió de hombros, orgullosa.
Mientras comíamos juntas, sentí como poco a poco el ambiente se aligeraba. Los croissants y el café que había traído sabían a algo más que comida: sabían a un gesto de amor, a alguien dispuesto a estar ahí incluso cuando todo parece derrumbarse. Sin embargo, la calma duró poco.
—Te lo dije hace semanas, Sofi. Tenías que denunciarlo.—El tono de Mili cambió, serio, su mirada directa perforándome como una flecha.
Sabía que tenía razón, pero me costaba enfrentarlo.
—Sí, lo sé.—Bajé la mirada, jugueteando con la taza de café—. Pero justo cuando iba a hacerlo... bueno, pasó lo de Ryan. Si yo hablaba, no habríamos sabido qué antibiótico necesitaba para contrarrestar el veneno.
—Entiendo, pero no podemos seguir así. Sofi, ese tipo no puede salirse con la suya. Hay que mandarlo a la cárcel antes de que lastime a alguien más.—Mili apretó los labios, visiblemente enojada.
Negué con la cabeza, sintiendo el peso de la situación.
—¿Creés que es tan fácil? ¿Que él está solo en esto?—Hice una pausa, mirando fijamente mi taza. Mi voz se volvió un susurro—. No es solo él. Hay más gente detrás, Mili. Podría ser mucho peor.
—¿Peor que el que te mate?—Su tono era cortante, pero reflejaba más miedo que enojo.
Tragué saliva, buscando la manera de tranquilizarla.
—Todo va a estar bien, Mili. Lo prometo.
—¡No, no lo va a estar!—Exclamó, levantando la voz—. Hoy te venís a mi casa. Hablamos con Jenna, y te quedás una semana conmigo.
Sonreí, agradecida por su preocupación, aunque intenté suavizar la situación.
—Gracias, amiga, pero con un día alcanza. Anoche solo fue un error mío por olvidarme de cerrar la puerta con llave.
Mili resopló, pero no insistió más. Decidimos cambiar de tema, y la conversación se volvió más ligera mientras terminábamos el desayuno. Pasamos el resto del día encerradas en mi cuarto. Mili, siempre llena de energía, decidió enseñarme a jugar al truco con las cartas.
—A ver, esta vale más que esta, pero menos que esta otra...—Intentaba explicarme mientras hacía un dibujo en un cuaderno para que entendiera mejor el valor de las cartas.
—No tiene caso.—Solté las cartas sobre la cama, frustrada—. No entiendo nada.
—No importa. Lo intentamos después.—Dijo resignada, dejando sus propias cartas a un lado.
—¿Y ahora qué hacemos?—Pregunté, esperando cualquier plan alocado de su parte.
—¡Salgamos esta noche!—Su cara se iluminó con entusiasmo.
—¿A dónde?—Respondí con una sonrisa, aunque con algo de duda.
—Al Kraken, obvio. Al de siempre.
Antes de que pudiera negarme, ya estaba saltando de la cama y señalándome el baño.
—¡Duchate ya! Esta noche vamos a divertirnos.
Intenté argumentar algo, pero no me dejó. Me empujó al baño, colocando una toalla en mi hombro antes de cerrar la puerta detrás de mí.
El agua caliente empezó a caer por mi cuerpo, llevándose parte de mi cansancio, pero no mis pensamientos. Los recuerdos me atacaron de golpe.
«—Son mafiosos, bonita, ganan millones siendo ilegales, no te creas que les va a costar ir de un país a otro».
Suspiré profundamente, intentando apagar esas voces en mi cabeza.
«—El hecho de que me tengas a tus pies como un idiota no quiere decir que vaya a hacer lo que vos me digas. Porque soy idiota. Me enamoro como idiota. Y arriesgo mi vida como idiota. Así soy. Y no vas a cambiarlo».
Y sí que fuimos idiotas, bonitos.
Salí de la ducha envuelta en la toalla, y ahí estaba Mili, sonriendo con todos los dientes, señalando un vestido que había traído para mí.
—Mirá esto. Vas a ser la reina de la noche.