Te Quiero y me Duele

32

Llegamos a mi casa y bajé de la moto. Apenas crucé la puerta de la mano con Rom, sentí dos pares de ojos fijos en mí. Nacho y Ryan estaban ahí, sus expresiones cargadas de algo entre preocupación y reproche.

—Me parece que tendrías que haber llegado anoche. Y no avisaste.—Me atacó Nacho de inmediato, con los brazos cruzados y la mirada fulminante.

Suspiré, ya anticipando esta escena.

—Me parece que a vos no tengo que decirte nada. A Jenna es a quien tengo que rendirle cuentas, no a vos, y para tu información, ella me dio permiso.—Respondí, imitando su tono autoritario con una pizca de burla en mi voz.

Por un momento, ambos parecieron descolocados. Se miraron como si esperaran que el otro tuviera algo que decir para defenderse. Lo vi claro: esto había sido idea de Ryan. No había duda.

Los hombres son tan predecibles. Especialmente cuando los celos los dominan.

—Necesito que hablemos, ¿puede ser?—Le dije a Rom, ignorando la tensión en el ambiente.

Él asintió con una sonrisa, siempre tan calmado, y juntos subimos las escaleras hacia mi habitación.

—¿Es idea mía, o estaba enojado por vernos juntos? Ayer no parecía que estuviese así.—Preguntó con una sonrisa ladeada, como si intentara quitarle importancia al asunto.

—Nacho es así. Aunque yo sea la mayor, es él quien se cree que me tiene que cuidar de todo.—Le contesté, apretando los labios para no dejar salir una risa nerviosa.

Pero la verdad era que ni yo sabía cuál era su problema. Aunque para mí no había dudas de que Ryan le había llenado la cabeza.

Cuando entramos a mi cuarto, una ola de nerviosismo y culpabilidad me invadió. Lo miré, sentado al borde de mi cama, tan tranquilo y confiado, como si nada pudiera salir mal en ese momento. Y ahí estaba yo, destrozada por dentro.

No puedo hacerle esto. No puedo dejarlo como si nada después de un día tan perfecto.

—Perdón, dame un minuto.—Dije de pronto, escapando hacia el baño antes de que pudiera decir algo.

Cerré la puerta tras de mí y me apoyé en ella, dejando escapar un largo suspiro. El nudo en mi estómago crecía. Necesitaba ayuda. Mili. Ella era la única que siempre tenía las palabras correctas.

Agarré el teléfono con tanto nerviosismo que casi se muere al caer por el inodoro. Marqué su número y me senté en este para poder hablar más tranquila, y sobre todo para que no ocurra un accidente entre mi celular y el váter. Nunca fui de amar las cosas materiales, pero en este momento si se me rompe el teléfono me muero.

—¡Ay no, no te mueras ahora!—Murmuré al aparato como si pudiera escucharme.

Cuando atendió al tercer tono, su voz adormilada me recibió:

—¿Vida o muerte?—Preguntó, claramente molesta.

—¿Qué hacés durmiendo a esta hora? Son las dos de la tarde.—Respondí, intentando distraerme del nudo en mi garganta.

—¿Vida o muerte?—Repitió, más impaciente.

—Es de vida o muerte.—Aseguré. Tomé aire y solté todo de golpe—. Llegamos a casa hace diez minutos. Tengo que hablar con Romeo para decirle lo que vos y yo sabemos que tengo que decirle pero no me animo a decírselo porque no quiero herirlo si le digo lo que tengo que decirle.

—Okey.—Respondió ella con calma. Era lo que más me gustaba de Mili, siempre parecía entenderme incluso cuando hablaba sin puntos ni comas.

—Tenés que ser honesta, So. Eso es fundamental.

—Lo sé, pero me angustia cortarle después de todo lo que vivimos ayer. Fue mágico, Mili. Mágico.—Murmuré, sintiendo mis ojos llenarse de lágrimas.

—Hacé lo que consideres mejor. Si vos querés estar con él, que nada te lo impida.

—¿Y el psicópata?

—El psicópata que se joda.

—Tengo miedo a que lo lastime.—Vuelve a suspirar.

—No es solamente ese el problema. Porque siento que acá hay otro "problema", y tiene nombre y apellido. O mejor dicho, problemas. Plural.—Su tono fue burlón, pero había verdad en sus palabras.

Me mordí el labio, sonriendo sin querer.

—Puede ser. Gracias, amiga, te dejo.

Colgué antes de pensarlo demasiado. Ahora tenía que enfrentarme a la realidad. Salí del baño y ahí estaba Rom, esperándome con una paciencia infinita en el borde de la cama. Me miró con esa sonrisa que tanto me gustaba, y yo tragué hondo.

Había llegado el momento. Tenía que empezar a hablar.

—Rom, tenemos que hablar de algo importante.—Dije, tratando de mantener mi voz firme mientras las palabras luchaban por salir de mi garganta.

Él asintió, se levantó y se puso frente a mí, con una expresión que alternaba entre preocupación y curiosidad.

—¿Pasó algo?—Preguntó, sus ojos buscando respuestas en los míos.

—No…—Solté un suspiro, incapaz de sostener su mirada por mucho tiempo. Bajé la vista al suelo, jugando nerviosamente con mis dedos—. Fuimos y vinimos muchas veces, Rom.

Él frunció el ceño, evidentemente confundido, tratando de descifrar qué quería decir.

—Yo te quiero mucho, pero creo que...

—¿Querés terminar conmigo?—Me interrumpió.




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