Te Quiero y me Duele

34

La noche había llegado, y estábamos listas para salir. Me puse un vestido negro de tirantes finos que me quedaba tres dedos arriba de la rodilla. Mi maquillaje era sencillo: base a tono de piel, rímel y un labial rojo matte. Mi pelo caía suelto sobre los hombros, y al mirarme en el espejo de cuerpo entero, no pude evitar sonreír un poco al ver que, por una noche, me sentía segura.

Con las llaves del auto en la mano, saludé a mi tía rápidamente, sin siquiera cruzar una mirada con mi tío.

—No vuelvan tarde.—Me dijo Jenna, cruzándose de brazos mientras abría la puerta.

Asentí sin decir nada, y salimos. En la casa vecina, Romeo estaba apoyado contra la pared, absorto en su teléfono. Cuando levantó la vista y me vio, me acerqué.

—¿Van a salir?—Preguntó sin dejar del todo la actitud despreocupada.

Estaba por responder cuando vi a Ryan aparecer tras él. Lo hizo sin decir palabra, con esa mezcla de indiferencia y frialdad que parecía ser parte de su esencia. Al verlo, Romeo rodó los ojos y se dio vuelta como si quisiera entrar nuevamente a su casa, pero fui más rápida y lo tomé de la mano.

—Vení con nosotros.—Le pedí, intentando que mi sonrisa no dejara entrever el nerviosismo que sentía.

Rom me miró, titubeando por un instante, pero después negó con la cabeza.
—No, no quiero ir.—Su tono era cortante, casi como si cerrara una puerta en mi cara.

Solté su mano, y mi mirada cayó al suelo. No quería rogarle, pero la decepción era evidente.

—Perdón, amiga, pero yo también me quedo.—Las palabras escaparon de mis labios como un susurro, pero fueron suficientes para que Mili reaccionara de inmediato.

—Ah, no.—Su tono firme me hizo levantar la vista. Cruzó los brazos como si estuviera lidiando con una nena caprichosa—. No me vas a dejar sola.

Antes de que pudiera decir algo más, me tomó del brazo y, casi a la fuerza, me arrastró hasta el auto. Ryan ya estaba en el asiento trasero, con la mirada perdida en el celular. Mili subió al asiento del copiloto, y yo me acomodé en el lugar del conductor. Cuando miré por el espejo retrovisor, solo vi a Ryan.

—¿Y mi hermano?—Pregunté con el ceño fruncido.

—Dijo que va más tarde.—Respondió Ryan sin despegar los ojos de la pantalla.

Asentí, y un momento después lo sentí inclinarse hacia mí, su aliento rozando la piel de mi nuca.

—¿Podemos hacer una parada?

—¿Dónde?—Pregunté, girándome para mirarlo con el ceño fruncido.

—Yo te guío.

Sin muchas ganas, decidí seguir sus indicaciones. Mi confusión aumentó al ver que me pidió estacionar frente a una casa desconocida. Lo vi bajar del auto y tocar el timbre. Lo que pasó después hizo que mi mandíbula se tensara y mi pecho se llenara de indignación: una chica rubia, de curvas perfectas y una sonrisa deslumbrante, salió a recibirlo. Sin pudor alguno, le dio un beso largo y sensual, como si disfrutara el espectáculo.

Mili soltó una risa baja desde el asiento del copiloto.

—Que yo quiera que Nacho lo lamente, estoy en todo mi derecho. Pero... ¿y vos?

Me giré hacia ella, evitando mirar la escena.

—¿Yo qué?

—Entre vos y Ryan, ¿cuál de los dos lo lamenta más?

Por un momento, dejé que mi vista se posara en ellos. Ryan se reía con esa chica como si no hubiera nadie más en el mundo. Mis ojos se entrecerraron, y mi expresión delató todo lo que sentía.

—Te querés matar, ¿no?—Preguntó Mili, burlándose un poco, pero con un dejo de comprensión.

—Qué persuasiva.—Dije con sarcasmo, y cerré los ojos, deseando que la escena terminara.

Cuando finalmente ambos subieron al auto, mi humor ya estaba por el piso. Arranqué el motor y manejé en silencio hasta el bar. La noche transcurrió como siempre: Mili y yo sentadas en una mesa, bebiendo gin tonic y charlando, mientras Ryan y Nacho jugaban al billar, completamente ajenos a nosotras. Pero esta vez era diferente. Ryan no estaba solo; su brazo rodeaba los hombros de Mía, una chica que parecía salida de una revista de moda. Mi hermano Nacho, por su parte, no se quedaba atrás; estaba riendo con Nina, su novia, como si nosotras no existiéramos. Los detesto.

—¿Seguís creyendo que era buena idea traerlos para que se pongan como locos al vernos lindas?—Pregunté, desanimada, tomando otro poco de mi vaso para después, servir un poco más. Nos habíamos pedido una botella para no levantarnos cada cinco minutos, aparte, ambas intuimos que la íbamos a necesitar.

Mili suspiró y dio un sorbo a su trago.

—No está muerto quien pelea.

—Nosotras estamos muertas y enterradas.—Apoyé la frente en la mesa, sin un ápice de esperanza.

—¿Te digo algo?—Se removió en su asiento—. Ellos se lo pierden.

Negué con un suspiro.

—No, Mili. Nacho se lo pierde. Pero yo... yo ya lo perdí.—Mi voz se quebró un poco al decirlo. Miré a mi mejor amiga, que ahora me observaba como si analizara cada palabra—. Siento tantas cosas por Ryan que hasta me daban miedo sentirlas. Pero también está Romeo...

Ella arqueó una ceja, claramente intrigada.

—¿Te gustan los dos?




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