Capítulo I
La vida que otros eligieron
La casa de los Crawford llevaba más de una hora preparándose para el baile cuando Evangeline pasó la página de su libro.
No parecía haber ninguna prisa en el mundo.
Afuera, Londres comenzaba a cubrirse con la oscuridad de la noche, y las luces de las ventanas vecinas empezaban a encenderse una tras otra. Dentro de la casa, en cambio, todo era movimiento: criadas entrando y saliendo de las habitaciones, pasos apresurados por los corredores y voces que se mezclaban con el sonido de las puertas al abrirse y cerrarse.
Evangeline apenas prestaba atención.
Estaba sentada junto a la ventana de la biblioteca, con un libro abierto sobre las piernas y un pie descansando sobre el borde de un pequeño banco. Llevaba todavía el vestido sencillo de la tarde y el cabello apenas recogido, como si aquella noche no tuviera nada de particular.
Para ella, no lo tenía.
—Señorita Evangeline.
No respondió.
Pasó otra página.
—Señorita Evangeline.
Esta vez levantó ligeramente la mirada.
—¿Sí?
La doncella permanecía de pie junto a la puerta, tratando de ocultar su impaciencia.
—Su madre la ha estado buscando
Evangeline miró el reloj de la pared.
—¿Hace cuánto?
—Hace diez minutos.
—Entonces todavía tengo tiempo
La muchacha abrió la boca, pero antes de que pudiera contestar, una voz mucho más familiar llegó desde el corredor.
—Para su madre, diez minutos son suficientes para declarar una guerra.
Evangeline cerró los ojos por un instante.
—Ya viene.
Elena Crawford apareció en la puerta de la biblioteca.
Su mirada pasó primero por el libro, después por el vestido de su hija y finalmente por su cabello.
No necesitó decir nada.
Evangeline bajó lentamente el libro.
—Antes de que digas algo, todavía tengo tiempo.
—No tienes tiempo para leer. Tendrías que estar arreglada para el baile ya
—Siempre tengo tiempo para leer.
—Evangeline.
—Madre.
Elena soltó un suspiro.
—Esta noche hay un baile.
—Lo sé.
—Y deberías estar arreglándote.
—También lo sé.
—Entonces explícame por qué estás aquí.
Evangeline levantó el libro.
—Porque esto es considerablemente más interesante.
Elena la observó durante unos segundos.
—Algún día vas a comprender que no todo puede hacerse como tú quieres.
Evangeline sonrió apenas.
—Ese día parece estar tardando bastante en llegar.
Elena negó con la cabeza.
—Ve a cambiarte.
Evangeline dejó el libro sobre la mesa.
—¿Tengo que ir?
La pregunta hizo que Elena perdiera la poca paciencia que le quedaba.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eres una Crawford y este baile es importante
—Eso no responde mi pregunta.
—En realidad, responde perfectamente.
Evangeline tomó el libro y se levantó.
—No entiendo por qué tenemos que pasar una noche entera fingiendo que nos interesa conversar con personas que no conocemos.
—No tienes que fingir que te interesan.
—¿Entonces qué tengo que hacer?
Elena la miró con seriedad.
—Ser amable. Sonreír. Conversar. Bailar cuando corresponda. Hacer lo que hace cualquier joven de tu posición.
Evangeline tomó el camino hacia la puerta.
—Parece agotador.
—Evangeline.
—Ya voy.
Salió de la biblioteca antes de que su madre pudiera responder.
Apenas había llegado al corredor cuando escuchó voces provenientes del estudio de su padre.
La puerta estaba entreabierta.
No tenía intención de detenerse, pero reconoció la voz de Alexander y, por simple curiosidad, se asomó.
Su hermano mayor estaba inclinado sobre el escritorio de Edmund, con varios documentos extendidos frente a él. Una pequeña pila de cartas descansaba a un lado, algunas abiertas y otras todavía selladas.
—Si seguimos pagando por las reparaciones de esa propiedad cada temporada, terminaremos gastando más de lo que produce —decía Alexander.
Edmund permanecía sentado detrás del escritorio, examinando uno de los documentos.
—Lo sé.
—Entonces deberíamos considerar venderla.
—No.
La respuesta de su padre fue inmediata.
Alexander suspiró.
—Padre, no podemos conservar cada propiedad únicamente porque haya pertenecido a la familia durante generaciones.
—Mientras yo esté al frente de esta casa, no venderemos una propiedad de los Crawford por una dificultad pasajera.
—No es una dificultad pasajera.
Evangeline decidió que quizá era mejor continuar su camino.
Antes de hacerlo, escuchó una voz detrás de ella.
—¿Espiando conversaciones ajenas?
Se volvió.
Frederick estaba apoyado contra la pared, perfectamente vestido para el baile y con una expresión divertida.
—No estaba espiando.
—Por supuesto que no.
—Estaba pasando.
—Y casualmente te detuviste justo frente a la puerta.
—Quizá la puerta estaba en mi camino.
Frederick sonrió.
—Qué conveniente.
Evangeline le lanzó una mirada.
—¿Ya estás listo?
—Hace una hora.
—Qué injusticia.
—¿Por qué?
—A ti nadie te persigue para que te arregles.
Frederick se encogió de hombros.
—Soy hombre.
—Exactamente.
—No es culpa mía.
—No he dicho que lo sea.
—Pero lo has pensado.
Evangeline no respondió.
Frederick sonrió con satisfacción antes de dirigirse hacia las escaleras.
—Nos vemos abajo, señorita Crawford.
—Qué formal.
—Estoy practicando para el baile.
Evangeline negó con la cabeza mientras lo veía alejarse.
Desde el salón contiguo llegó entonces el sonido de un pincel golpeando suavemente el borde de un recipiente.
Arthur estaba sentado frente a un pequeño caballete.
Tenía las mangas de la camisa remangadas y una mancha de pintura en uno de los dedos. Sobre el lienzo comenzaba a distinguirse el jardín de la propiedad, todavía incompleto.
Editado: 07.10.2026