Te reconocería en cualquier lugar

Capítulo 3

El día había pasado demasiado rápido.

Evangeline lo supo desde el momento en que escuchó el sonido de un carruaje detenerse frente a la residencia Crawford.

Lord Percival Pembroke había llegado.

Se encontraba de pie frente a la ventana del salón, observando cómo uno de los criados abría la puerta del carruaje, cuando escuchó la voz de su madre detrás de ella.

—Enderézate.

Evangeline cerró los ojos por un instante.

—Estoy perfectamente derecha.

—Entonces compórtate como corresponde.

Se volvió.

Lady Elena Crawford la observaba con aquella expresión que Evangeline conocía demasiado bien. No era enojo. Era algo peor.

Determinación.

—Madre…

—No quiero discutir contigo hoy.

—Yo tampoco.

—Entonces será sencillo.

Elena se acercó y acomodó con firmeza un mechón del cabello de su hija.

—Lord Pembroke es un hombre de buena familia, respetado y con una posición que muy pocas mujeres de tu edad podrían esperar alcanzar.

—No he dicho que no tenga una buena posición.

—Entonces deja de comportarte como si estuvieras siendo castigada.

Evangeline apretó los labios.

—No quiero casarme con él.

La expresión de Elena no cambió.

—Eso no es algo que tengas que decidir todavía.

—¿Cómo que no?

—Porque no tienes edad para creer que sabes lo que quieres para el resto de tu vida.

—Tengo veinte años.

—Precisamente.

Evangeline soltó una risa breve, incrédula.

—¿Y a qué edad se supone que tendré derecho a decidir?

—Cuando comprendas que un matrimonio no se construye únicamente sobre sentimientos.

—Entonces ¿sobre qué?

—Sobre seguridad. Familia. Posición. Respeto.

—¿Y amor?

Elena guardó silencio.

Aquello fue respuesta suficiente.

—No voy a casarme con un hombre al que no amo —dijo Evangeline.

—El amor puede llegar después.

—¿Y si no llega?

Su madre la miró directamente a los ojos.

—Entonces aprenderás a vivir sin él.

Evangeline sintió un nudo en el estómago.

—No quiero esa vida.

—No importa lo que quieras.

Las palabras cayeron entre ambas con una frialdad absoluta.

Evangeline se quedó inmóvil.

Elena acomodó una última vez el cuello del vestido de su hija.

—Lord Pembroke será un excelente esposo para ti.

—¿Y si digo que no?

—No lo harás.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque eres mi hija y sé lo que es mejor para ti.

Evangeline quiso responder.

No pudo.

Unos pasos se escucharon en el vestíbulo.

La puerta principal acababa de abrirse.

Elena tomó suavemente el brazo de su hija.

—Sonríe.

Y ambas entraron al salón.

⸻

Lord Percival Pembroke era exactamente el tipo de hombre que Evangeline esperaba encontrar.

Elegante.

Seguro de sí mismo.

Perfectamente consciente de su apellido y de todo lo que este podía comprarle.

Era un hombre de treinta y un años, alto, de cabello oscuro y ojos grises. Vestía un impecable abrigo negro y llevaba consigo aquella tranquilidad arrogante de quien jamás había tenido que preguntarse si sería bien recibido en algún lugar.

—Lord Crawford. Lady Crawford.

Hizo una reverencia.

—Es un placer.

—Nos alegra recibirlo, Pembroke —respondió Edmund.

Percival sonrió antes de dirigir la mirada hacia Evangeline.

No pareció sorprendido al verla.

La observó de arriba abajo durante apenas un segundo.

Fue suficiente para hacerla sentir incómoda.

—Lady Evangeline.

—Lord Pembroke.

—Finalmente tengo el placer de conocerla.

—¿Finalmente?

Percival sonrió.

—He escuchado mucho sobre usted.

—Espero que no demasiado.

—Lo suficiente.

Evangeline no respondió.

Percival tomó asiento.

La conversación comenzó.

O, mejor dicho, los adultos conversaron.

Evangeline apenas intervino.

Percival hablaba con facilidad sobre política, propiedades, viajes y personas que ella conocía únicamente de nombre.

Su padre parecía complacido.

Su madre también.

Y cuanto más hablaba él, más claro quedaba que Percival estaba acostumbrado a ocupar el centro de cualquier habitación.

Después de unos minutos, Edmund se levantó para acompañar a uno de los criados que había traído unos documentos.

Elena recibió la señal de una doncella y abandonó el salón brevemente.

Evangeline quedó sola con Percival.

El silencio duró apenas unos segundos.

—Parece usted incómoda.

—No lo estoy.

—Sí lo está.

Ella levantó una ceja.

—Entonces, ¿para qué preguntó?

Percival sonrió.

—Quería comprobarlo.

Evangeline apartó la mirada.

—¿Y ya lo comprobó?

—Sí.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—También sé por qué.

Evangeline volvió a mirarlo.

—¿Ah, sí?

—No desea casarse conmigo.

No era una pregunta.

—Es cierto.

Percival no pareció ofendido.

Tampoco sorprendido.

—Se le pasará.

Evangeline parpadeó.

—¿Perdón?

—Su resistencia.

—No creo que me conozca lo suficiente para decir eso.

—No necesito conocerla demasiado.

Aquello hizo que Evangeline se enderezara.

—¿Y eso por qué?

Percival la observó con una calma irritante.

—Porque usted es joven.

—Eso no significa que sea incapaz de decidir.

—No he dicho que sea incapaz.

—Lo está insinuando.

—Estoy diciendo que todavía no comprende cómo funciona el mundo.

Evangeline sintió que el enojo comenzaba a subirle por el pecho.

—¿Y usted sí?

—Mucho mejor que usted.

Él se levantó y caminó lentamente hacia una de las ventanas.

—Su padre y el mío han hablado durante meses. Nuestras familias están de acuerdo. Su madre también.

Evangeline se quedó mirándolo.

—Yo no.

Percival giró la cabeza.




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