Te vendo a mi hermana

Capítulo 2

Capítulo 2

El subordinado que sudaba frío se quedó paralizado con un tenedor en la mano, mirando a Morgan como si a la mujer le hubiera salido una segunda cabeza. Por su parte, el supuesto mafioso más poderoso de México parpadeó dos veces, desorbitado, procesando el descaro de la intrusa que acababa de interrumpir su crisis existencial.

El tipo era impresionante: alto, de hombros anchos, con una barba perfectamente recortada y un traje que costaba probablemente más que la casa de Itzel.

Pero en ese preciso instante, la magnificencia del capo se vio completamente opacada por la absoluta perplejidad en sus ojos.

—¿De qué demonios hablas? —gruñó el mafioso, bajando la voz a un tono peligrosamente grave que habría hecho temblar a cualquiera.

A cualquiera que no llevara 25 años aguantando los dramas matutinos de Itzel.

—A ver, hagamos cuentas rápidas, señor... —Morgan hizo una pausa dramática, evaluando al sujeto de arriba a abajo.

—Don Maximiliano —interrumpió el subordinado tembloroso, tratando de mantener un mínimo de protocolo.

—Eso, Don Maximiliano —continuó Morgan sin inmutarse, dando un paso al frente como si estuviera presentando un proyecto ejecutivo de marketing—. Mire la oportunidad de negocio aquí. Usted necesita una esposa desesperadamente porque, aparentemente, su dinero no le sirve para enamorar a nadie. Ella necesita plata para pagar préstamos y necesita urgentemente a alguien que controle a sus dos «angelitos azules» antes de que destruyan la propiedad. Es un ganar-ganar.

Maximiliano arqueó una ceja.

—¿Me estás ofreciendo a tu hermana como si fuera una franquicia? —preguntó Maximiliano, cruzándose de brazos—. ¿Y quién te dijo a ti que yo quiero una mujer con dos niños?

—No son niños normales, son fuerzas de la naturaleza —corrigió Morgan con total seriedad—. Si usted puede dominar el crimen organizado de este país, estoy segura de que puede sobrevivir a un niño de nueve años embarrado de lodo que cree que el patio es una excavación arqueológica. Además, dijo que quería una esposa hoy mismo. Yo le estoy dando la solución en mano.

Lucciano la miró durante diez largos segundos en absoluto silencio. El aire en el reservado era puro vapor de tensión. Finalmente, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en los labios del capo.

—Digamos que me interesa la propuesta —dijo Maximiliano, apoyándose en el respaldo de la única silla que quedaba en pie—. ¿Qué quieres a cambio?

—Plata. Mucha plata —respondió Morgan sin pestañear—. Vamos a estructurar esto como una adquisición corporativa. Yo estoy financiando a mi hermana como en un negocio. Usted me paga una tarifa de intermediación digna de un milagro, cubre sus deudas, y yo le entrego a una mujer hermosa, dramática y completamente desesperada por estabilidad financiera.

Maximiliano soltó una carcajada profunda que retumbó en las paredes del reservado.

—Tienes agallas, mujer. Pásale tus datos a mi asistente. Si la chica es tan buena como dices, hablaremos de números. Pero si esto es una broma, no te va a gustar cómo termina.

—Trato hecho. Ya verá que no se va a arrepentir —sentenció Morgan, entregándole su tarjeta de presentación al subordinado antes de dar media vuelta.

Saló del restaurante, subió a su auto y tomó la carretera de regreso a casa. Tenía las manos sudando en el volante mientras la adrenalina comenzaba a bajar.

«¿Qué acabo de hacer?», se preguntó a sí misma. Le había vendido la idea de una boda a un capo de la mafia.

Iba tan abstraída en sus pensamientos, planeando cómo le iba a explicar a su vecina que acababa de subastar su soltería, que casi no ve a la figura que se atravesó a mitad del camino.

¡ZAS!

Morgan tuvo que pisar el freno a fondo. Las llantas chillaron sobre el asfalto y el cinturón de seguridad le dejó una marca en el pecho. A menos de un metro de su parachoques, paró la marcha.

Morgan abrió los ojos de golpe y se encontró con una estampa surrealista: en plena carretera, desenfrenada, despeinada y con cara de no haber tomado su medicamento en tres días, le acaba de salir una loca corriendo a media calle.

Era Itzel.

Itzel venía fuera de sí, con unas chancletas desparejadas, una blusa al revés y los ojos desencajados. Al reconocer el auto de Morgan, corrió hacia la ventanilla del conductor y comenzó a golpearla con desesperación.

Morgan bajó el cristal unos centímetros, aterrada.

—¡Abre, abre, abre! —gritó Itzel fuera de aire—. ¡Morgan, necesito 500 dólares ya mismo!

—¿Qué te pasa? ¡Casi te atropello, enferma! —le gritó Morgan saliendo del auto, agarrándose el pecho.

—¡Necesito comprar mi medicina! —dijo Itzel dramatizando como si estuviera al borde del colapso físico—. Sabes que tomo mi tratamiento para la depresión y el trastorno bipolar, y si no me tomo las pastillas hoy, voy a terminar prendiéndole fuego a la cocina o adoptando cinco perros callejeros. ¡Préstame 500 dólares!

Morgan se llevó la mano a la sien, sintiendo que le iba a dar un derrame cerebral.

—¡Itzel, siempre me pides prestado! ¡Estoy harta de ser tu cajero automático! —protestó Morgan, cruzándose de brazos—. Además, ¿por qué estás en la carretera así vestida?

—¡Porque el mundo se derrumba a mi alrededor! —exclamó Itzel, caminando en círculos sobre el asfalto—. Y para colmo de males, ¡Mar ya no me habla! La colombiana me bloqueó o me dejó en visto, no lo sé, ¡ya no me quiere!

—¿Por qué no te va a querer Mar? —preguntó Morgan, frotándose los ojos.

—¡Porque la dejé en visto ayer! Pero tenía una razón válida: ¡Samy se creía el Hombre Araña! —gritó Itzel agitando las manos—. Se subió arriba del mueble de la televisión, ¡arriba del televisor, Morgan! Se colgó del cortinero y tuve que lanzarme en plancha para que no se rompiera la cabeza. Cuando regresé al teléfono, Mar ya me había puesto la carita enojada y no me volvió a responder. ¡Nadie me entiende en esta vida!




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