Omar
—¿De qué química me hablas, Óscar? —digo haciéndome el loco —no existe nada, solo somos amigos.
—Pues, te recomiendo que le contestes, porque… se ve molesta.
Miro a Alana otra vez. Está tan molesta que da miedo hasta que la veo darle un mordisco a un pan y seguir hablando enojada. Eso me da ternura y en mi rostro se forma una sonrisa. Me muero de ganas de que me cuente sobre lo que hizo el día de hoy y, sobre todo, sobre aquel chico llamado Javier.
Meneo la cabeza hasta que en el mismo sitio veo a mi hermano sonriéndome y yo borro la sonrisa.
—Solo… Solo contéstale.
—No, ahora quiero saber desde cuándo tú también la puedes ver —miento y digo la verdad al mismo tiempo.
—Eso puede esperar, Denisito.
Cuando termina de decir eso, se incorpora al sofá y le quita el silencio a Alana. La habitación se llena de su voz o, quiero decir, de sus gritos y no dice precisamente cosas bonitas.
“—¡Idiota degenerado, si me sigues ignorando, prometo que dejo de leer este libro! ¡Ni siquiera sé por qué estás molesto! —bufa inflando los cachetes.
Okey, no estaba molesto. ¿Ella creía eso?
Regresó la ruidosa.
¿Estamos bien con eso?
Estamos bien con eso.
Camino hacia mi habitación y antes de ingresar, Óscar me lanza una mirada cómplice. Ya en el dormitorio, tardo unos momentos antes de volver a hablar; estoy esperando a que guarde silencio por un rato.
“—Hola, ruidosa…” —la saludo con algo de nerviosismo.
Ella guarda silencio; no parece estarse calmando mucho. Su rostro está rojo y su ceño un poco fruncido. Entonces, vuelve a hablar con un gesto más relajado.
“—¡¿Dónde estabas?!” —preguntó claramente molesta, “— De la nada no contestabas a lo que te decía”
“—Bueno, estabas leyendo y no quería… distraerte.”
“—¿Distraerme? … Claro, lo que más hacemos cuando abro el libro es hablar, ¡tonto!” —me sorprendí al verla decir la última palabra.
“—Además, también te veías ocupada con ese chico.”
“—¿Qué chico?… ¿Javier?”
Yo la miré mientras ella arrugaba su cara.
“—Es solo un amigo que no veo desde hace mucho tiempo” —dijo como si no tuviera mucha importancia. “—Pero, ¿por qué de repente lo mencionas?”
Me quedo en silencio un momento; no sé qué decirle. Tal vez solo debí disculparme y no sacar ese tema, pero la cosa era que yo sí quiero saber todo sobre ese amigo. Aunque eso no lo diría nunca.
“—¿Estás celoso?” —oigo que pregunta.
“—No.”
Le digo sintiéndome algo nervioso, pero sin demostrarlo, y trato de mirar todo menos a ella. Mis ojos se detienen en la hora que siempre sale debajo del cuadro; son las 11:20 pm. Alana siempre se va a dormir tarde y normalmente eso no me molesta, tal vez un poco sí. Ella necesita dormir bien; entonces, aprovecho para decir lo siguiente.
“—Ya es muy tarde, ¿no?” —le digo sutilmente. “— Deberías irte a dormir.”
“—No tengo sueño, pero si quieres leeré un capítulo más y me iré a la cama.”
La veo sonreír como niña pequeña, pero sé que ella no se irá a dormir después de este capítulo.
“—Tú no te irás a dormir, ¿verdad?” —le digo, suspirando.
“—¡Correcto!” —me dice con emoción y estirando el brazo hacia arriba.
Vuelvo a suspirar, pero esta vez esbozo una sonrisa en mis labios. No se puede discutir con esta chica.
No le vuelvo a decir nada y ella lee un poco más; yo actué con cada capítulo. Pasando del apartamento, por la oficina, las citas con Olive, como es de costumbre, que pase. Ella suelta varios comentarios por minuto con cada escena hasta que decide irse a dormir. Se prepara para cerrar el libro, pero antes de que cierre por completo se despide de mí.
“—Hasta luego, Omar.”
“—Hasta luego, Alana.”
Con Alana, ya sin leer, yo me dispongo a hacer lo mismo y estoy a punto de irme a la habitación blanca, pero me acuerdo de que tengo otra cosa por la cual preocuparme.
Y esa es, mi hermano.
Necesito con urgencia saber desde cuándo está enterado de todo y por qué no me lo dijo… Bueno, él no estaba enterado de las cosas y de seguro no entendía nada de lo que estaba pasando, pero ahora puedo ayudarlo y explicarle lo poco que sé del tema.
Así que, sin pensármelo dos veces, vuelvo a salir de mi dormitorio y me dirijo a la sala para hablar con el niño.
Cuando llego, me encuentro medio dormido en el sofá.
—Óscar, despierta… —le digo moviéndolo un poco agarrándolo por los hombros.
—¿Quién desea? —pregunta adormilado.
—No desea. ¡Despierta!
Le di un empujón, provocando que se cayera al suelo.