Alana
Últimamente, me he sentido algo confundida y un poco perdida en mi vida. Este nuevo capítulo de la nueva historia que estoy escribiendo se me está complicando un poco, es decir, tengo muchas ideas para plasmar en esta historia, pero todavía no tengo un orden específico para hacerlo.
Creí que leer me ayudaría un poco a despejarme, pero la situación con Omar también lo complica. Estoy sintiendo muchas cosas que no he logrado entender todavía.
Por ejemplo, he leído el famoso capítulo de la gala que parece ser el más importante en la relación de los protagonistas, Omar y Olive, pero sinceramente, no me sentí tan emocionada por eso y es ilógico. ¿Por qué siento como si mi estómago fuera aplastado cada que leo una de sus escenas?
Ahora, me encuentro sentada frente al escritorio de Manuel, mi supervisor. Me está dando una charla sobre qué nota un gran cambio en el desempeño de mi escritura; yo trazo un círculo invisible en la mesa mientras lo escucho.
Sé que tiene razón, pero no le puedo decir el porqué.
—Bueno, está bien. Pronto escribiré algo…
—Sé que no te sientes bien últimamente; ¿algo te pasa? —me dice, y yo le lanzo una mirada neutral.
—No pasa nada, Manuel. Solo… solo es un bloqueo —digo soltando un suspiro mientras me enderezo en el asiento —. Se me va a pasar...
—Tal vez debas tomarte un descanso y...
—No, ya descansé suficiente. Necesito escribir.
Digo esto porque de verdad necesito hacer algo para no pensar en la necesidad de leer y… hablar con Omar. Escribir seguía siendo la mejor opción.
—Pero si te encuentras distraída, tampoco podrás escribir —siguió Manuel mientras me penetraba con esos ojos verdes con centro marrón —. Vamos, Lana, cambia un poco de aire.
Suspiro y hago una mueca.
—Está bien, veré qué puedo hacer.
Manuel se despide dándome unas palabras de apoyo y yo salgo de la habitación. Cuando salgo del edificio, siento el aire chocar contra mi cara; debo admitir que se siente bien y, esbozando una sonrisa, comienzo a caminar hacia cualquier lugar.
De algún modo u otro terminó en el parque, comenzando a observar cada árbol posicionado al costado de las pequeñas bancas blancas. Tomo asiento en una de ellas; veo a personas pasear con sus mascotas y a otras con amigos o su pareja. Pienso en Omar y me preguntó qué pasaría si nos conociéramos en la realidad. Sacudo esos pensamientos y cierro los ojos mientras inhalo un poco de aire.
Estos sentimientos se están haciendo muy confusos, al igual que la situación.
Me doy unos cuantos golpes en la frente mientras me repito que eso no será posible jamás. Entonces, siento cómo a lo lejos me observan, alzo la mirada y me doy cuenta de que es Javier quien me saluda agitando la mano. Lo saludo de vuelta con una sonrisa.
—Hola, Alana Lana —me dice con una sonrisa nerviosa cuando lo tengo de frente —¿Te acuerdas de que te decía así?
Me río al recordarlo.
—Sí, me acuerdo. También recuerdo que te decía Rosita Fresita por la vez que te tuviste que pintar el pelo de color rosa.
Encogí mi nariz mientras me reía a carcajadas y Javier giraba los ojos.
—No soportas una broma, Alana Lana.
—Tú tampoco, Rosita Fresita.
—Basta. —me dijo señalándome con un dedo y yo apreté los labios suprimiendo mi risa —Eres insoportable, Lana.
Le sonreí mientras lo apuntaba con mis dedos en forma de pistola y le guiñaba un ojo. Él solo sonrió achinando los ojos.
—Bueno, ¿y qué te trae al parque? —me preguntó de repente.
—Quería salir a tomar un poco de aire… Últimamente, el trabajo me mantiene ocupado.
Le digo sin dar muchos detalles, a lo que él solo se limitó a sonreír mientras se sentaba a mi lado.
Eso es algo que siempre nos ha caracterizado a nosotros dos; podemos pasar todo el tiempo del mundo en silencio sin sentirnos incómodos y, cuando nos bromeábamos, era lo más natural.
Creo que por eso muchas personas, en algún momento, me preguntaron si él y yo teníamos una relación. Respondía que no, pero en lo más profundo de mí quería que la tuviéramos.
Hasta que él tuvo que irse de España sin decir adiós.
—Sí, yo igual. Además, el día está muy lindo —dijo mirando al cielo con los ojos cerrados.
—Oye, ¿te puedo decir algo?
Lo vi volverse hacia mí.
—Claro, puedes decirme lo que sea.
—Pues… —empecé a decir con algo de nerviosismo—. No, olvídalo. Nos es algo importante...
—Sabes que puedes contarme lo que sea.
Me dijo agarrando mi hombro; le sonreí de forma amable.
—Si. Como tú me contaste esa vez que te irías, ¿verdad? —mencioné en un susurro.
Y desde que había regresado de Estados Unidos, lo vi ponerse rígido. De alguna manera, sentí que había tocado un nervio, pero no me importó.