Alana
Después de unos largos meses de conocerme la cultura africana al derecho y al revés por la gran investigación del libro de Omar. Además de tener al intenso de Manuel respirándome en la nuca diciéndome:
—Alana, necesito que me envíes lo que tienes del proyecto para este fin de semana por mi correo.
Okey, acepto que me pude haber descuidado un poco de mis responsabilidades desde que me había sugerido despejarme la mente. Lo cual también se convierte en su culpa, ¿verdad?
¿Verdad?
Am… No.
Muchas gracias.
Bueno, definitivamente, no podía contar con la ayuda de mi conciencia. Siempre estaba en mi contra, pero ya he terminado de ponerme al día en todo y, por fin, puedo tener un momento para desligarme un rato del mundo entero.
Así que me encuentro aquí desparramada en el sofá de mi sala con mi cómoda pijama felpuda de Minnie Mouse mientras tengo una taza caliente de café con un bol de rosquillas.
Me he decidido a relajarme tanto después de tantas investigaciones y del estrés acumulado; realmente estoy agotada. Voy a darme una maratón de películas en Netflix y Disney+. Me lo merezco.
Así que, por eso mismo, he llamado a Joana. Para que me haga compañía, además de ponernos al día en muchas cosas.
Será como tener la pijamada real. ¿Suena muy infantil?
Mi amiga llega en menos de lo que canta un gallo, pero se le ve un poco desarreglada. Tiene la respiración entrecortada, el cabello recogido un poco despeinado, además de tener algunos mechones pegados a la frente y a la sien por el sudor. Parece como si hubiera estado corriendo. Incluyendo el detalle de que aún tenía el uniforme de su trabajo.
—Wow… —es lo primero que sale de mi boca al verla entrar—. Parece que vienes de una maratón. ¿Qué te pasó?
—Casi casi… —mi amiga toma una bocanada de aire al decir estas palabras.
—Hoy, el restaurante estuvo repleto y, literalmente, luché con una enorme estampida de clientes y colegas para llegar acá.
La vi hacer un movimiento dramático mientras colocaba su mano en su frente, lo cual me hizo reír. Cómo la había extrañado.
Nos sentamos en el cómodo mueble mientras agarro el control remoto y me preparo para colocar una película que siempre gusta hacerle maratón por estas fechas. Las películas de Solo en casa, un clásico para ver en familia y amigos, ya después veríamos las comedias románticas navideñas que le gusta ver a Joana.
Pero antes de que pudiera poner cualquier cosa, sentí cómo mi amiga me tomaba del brazo, girándose hacia mí.
—Amiga, amiga, amiga. —comenzó diciendo, quitándome el control de las manos —Ahora no quiero ver ninguna película.
Hizo una pausa antes de continuar con su discurso.
—Yo lo que quiero saber es cómo ha seguido tu relación… a distancia —dice mientras mueve las cejas de arriba hacia abajo.
Lo único que puedo hacer en este momento es mostrar una expresión de confusión mientras finjo demencia, pero mi amiga me conoce tan bien. Así que cedo y empiezo a ponerla al día.
—Ya, Lana, habla.
—Okey, de acuerdo. Y no es una relación, así como tal; seguimos siendo amigos…
—Ajá, repítelo hasta que te lo creas —le eché una mirada casi asesina—. Desembucha.
—Todo anda extremadamente bien, de verdad, estamos en medio de una investigación sobre el misterio que rodea a ese libro….
Soplo mientras miro al techo contándole cada detalle.
—¡Ah! Otra cosa que sucedió es que, al parecer, Omar no es el único. —le dije remarcando la última parte.
¿En serio?
El rostro de mi amiga parecía reflejar sorpresa real; ella era la única que sabía sobre esta situación con Omar y el libro. Yo sabía que lo que me dijera ella podría ayudarme.
—Si, resulta que… Su hermano, Óscar, recientemente, ha cobrado conciencia también. —dije algo pensativa al decir en voz alta estos sucesos —Ahora somos como… Misterio a la Orden, versión descabellada.
Joana me mira por un momento formando un largo silencio, mientras en su rostro se forma una leve sonrisa. Podía ver que se querría reír por lo que acababa de decir; la vi girar a los lados, buscando un lugar donde pudiera disimular su risa.
Cuando ya no pudo aguantar la risa, empezó a reírse súper alto sin tratar de frenarse mientras se agarraba el estómago. Yo la miré cruzada de brazos.
—Bueno, yo espero a que termines —giré mi cabeza a otra dirección.
—Okey, okey… —dijo mientras estiraba una mano en mi dirección, diciendo que me esperara un rato —Ya me calmé, ¿y descubriste algo?
—No algo que me ayude realmente… Solo este libro que encontré en la biblioteca.
Comencé a decirle mientras sacaba dicho libro del bolso que había dejado en el mueble y se lo extendí. Mi amiga lo tomó en sus manos, comenzando a ojearlo un poco con una ceja alzada.
Luego vi cómo sus ojos se iluminaban al pasar cada página y ahora la de la ceja enarcada era yo.