Alana
Por primera vez en mi vida, nunca me había sentido tan sola al no poder conversar con nadie mientras estaba leyendo un libro. Me gusta leer en silencio, pero ahora con este capítulo que acaba de pasar, lo único que quería hacer era iniciar una conversación con el amargado y verlo tener una cita con la protagonista… Me dejó pensando en muchas cosas.
Primero, aunque lo intento negar, me pongo celosa por la relación entre Omar y Olive. Ahora que lo pienso, sus nombres empiezan con la misma vocal y lo mismo va para Óscar, el hermano de Omar. ¿Acaso a la autora le gusta la letra “o”?
Solo lo menciono por si acaso.
Volviendo al tema, no solo me pongo celosa porque quiera tener una relación como la de ellos. Claro que alguna vez lo he hecho, con otras historias. Sí, quiero, pero en este caso no me siento bien cada que leo alguna escena romántica entre ellos. Yo quiero, literalmente quiero, ser Olive.
Quiero verlo, abrazarlo, sentirlo cerca. Me imagino sus ojos de un tono verde esmeralda, su cabello negro y su sonrisa… esa sonrisa que se describe como si fueran todas las estrellas del cielo, y aunque no siempre puedas verlas, te hace sonreír.
Me estoy obsesionando demasiado con este personaje, ya lo sé, pero no puedo evitarlo.
Mis pensamientos se interrumpen cuando recibo una videollamada de Joana. Contesto al segundo tono y en la pantalla aparece la cara de mi amiga echada en el mueble con su pijama puesta, y aunque esté desarreglada, se ve genial.
—Hola, chica. —me saluda haciendo una mueca sacando la lengua —Espérame un rato, voy a agregar al último integrante de nuestro grupo.
—Hola, Joana, vamos, te espero.
Joana se toma su tiempo para agregar a la última persona hasta que debajo de su cámara aparece una tercera que dice “Conectando…”.
Cuando termina de cargar, sale el rostro de un chico de cabello castaño, nariz respingada y cara alargada. Tiene dos esferas de color marrón oscuro que siguen reflejando el carisma de siempre que te relaja con solo verlo una vez.
—¿Cómo están, chicas? —saluda con una gran sonrisa —Son las 3 de la mañana. ¿Qué hacen despiertas a esta hora?
—Am… Esto y aquello, tomándome un descanso de la sala de parto.
—Wow, ¿cierto que tu sueño de ser doctora ya es una realidad? ¿Y cómo vas con eso?
—No me puedo quejar; me encanta ver a las mamás con su pancita y ayudarlas a parir. —cuenta con emoción en su voz y sonríe al terminar la oración.
Joana siempre ha querido ser doctora obstetra; siempre ponía a ver series en Discovery H&H sobre partos. Ya sea sola o conmigo. Se emocionó tanto cuando se dio cuenta de que pasó el examen de la universidad; digamos que fue un regalo adelantado por su cumpleaños o eso me dice ella cada que recordamos el pasado.
—¿Y tú, Lana? ¿Algo que contar de alguna nueva novela? —me pregunta ahora a mí.
—Pues… —yo observo la pantalla de mi laptop fijada en la página de Word, solo con el número del capítulo escrito —Estoy avanzando con una nueva novela, pero, si debo ser sincera, me quedé bloqueada en el capítulo 7.
—Increíble, yo sé que a ti siempre te ha gustado mucho leer y escribir. Sabía que llegarías lejos con la literatura; siempre le ponías tu corazón a cada historia.
—Gracias, Javier.
Sentí cómo una sonrisa se asomaba por mis labios, pero también me sorprendieron sus palabras. Aunque Javier siempre fue un amigo con el que podía contar para todo y tal vez fue mi primer amor en secundaria, nosotros nos conocemos desde los tres años. Solo éramos nosotros y Joana jugando en el parque viendo televisión en la casa cualquiera de los tres, porque vivíamos cerca.
Joana y Javier siempre fueron los más sociables; yo solo me apegaba a ellos cuando salíamos a alguna fiesta de algún alumno del colegio y no era que yo salía porque quisiera, sino porque ellos me sacaban para que no estuviera encerrada en mi casa. Mayormente, las fiestas eran en la casa de chicos mayores que nosotros.
Nunca tomé en esas fiestas; aún era menor de edad, pero sé que Joana sí. Es más, estoy al cien por ciento segura de que ella probó la cerveza en esas fiestas. Varias veces, se tuvo que quedar en mi casa para que sus padres no se dieran cuenta de que había tomado.
Javier no tomaba porque tenía que llevarnos a casa a nosotras, además de que su padre lo podía castigar si le pasaba algo a su carro. Así que nunca tomo nada.
—Chicas, ¿Qué les parece si salimos como antes? —preguntó de repente Javier —Por los viejos tiempos.
—No sé, Javier… Debo terminar de escribir al menos hasta el capítulo 10… —me rasqué un poco la nuca con mueca nerviosa —Manuel me está respirando en la nuca.
—Yo sí acepto; necesito soltar todo el estrés.
—Ay, vamos, por favor, Lana. —dijo Javier casi suplicando.
—Sí, Alana. Esto también te ayudará a despejar tu mente, ¿no dijiste que salir también te ayudaba a salir? —mi amiga hizo una breve pausa cuando me llegó la notificación de un mensaje.
Cuando abrí el mensaje, casi me atragantó con mi propia saliva al ver lo que decía.