Te veo...

CAPÍTULO 17: Treinta y nueve pecas

Omar

Son las 6 a.m.

Coloco el saco por encima de mis hombros, paso mis manos por encima alisando la tela arrugada y salgo de mi habitación mientras me dirijo hacia la cocina para servirme mi café e ir a la oficina. Aunque creo que nunca se los he dicho, me gusta mucho este momento; me ayuda a pensar sobre las decisiones que pude haber tomado de forma un poco precipitada.

O hacia donde me estoy dirigiendo.

Claro, la conversación con mi madre también me ayudó, aunque aún no sé qué es exactamente lo que necesito. Mi padre me dijo ese día que debía salir más. Es extraño; normalmente, serían las madres las que digan eso. Aunque tal vez debería hacerle caso.

Con este último pensamiento me termino mi café dejando la taza sobre el fregadero.

—Bueno, ya debería ir saliendo para el trabajo.

Salgo de la cocina en un maletín de color negro. Guardo mi laptop junto con un cuaderno y mi almuerzo. Con todo puesto en su respectivo lugar, me designo a salir de mi apartamento, aunque debo admitir que el día de hoy me hubiera gustado quedarme en casa. Me siento cansado; no pegué el ojo en toda la noche.

Por primera vez, el café no me ayudó a despertarme.

Al caminar por las calles de Nueva Jersey, lo siento como una de esas escenas de película donde el protagonista solo camina sin prestar atención y solo el fondo cambia. Todo es deprimente hasta que logras llegar a tu destino.

Ingresó al pasillo. Mi campo de visión se llena de las secretarias en sus puestos de trabajo. Observo a Óscar y Olive conversando en una esquina. Sonrió ante ese pequeño paso de mi hermano para hacerse más cercano a la chica que le gusta; tal vez yo debería seguir un poco de su ejemplo.

No, Omar, no. Dijimos que la dejaríamos terminar y no intervendríamos…

Sacudo la cabeza y suspiro frunciendo el ceño.

—Señor, mire, nos llegaron estos papeles el día de hoy sobre los permisos. —la voz de Sarah me despertó de mis pensamientos.

—Ah, claro. Muchas gracias, Sarah… Démelos; los leeré en mi oficina.

Sarah hizo lo que le pedí y me los tendió para que los agarrara.

Con dichos papeles en mis manos, me propuse entrar en mi oficina y centrarme en el trabajo, pero no sin antes echarle una mirada a Alana. Había un cambio en ella. Su rostro se veía diferente; llevaba el cerquillo un poco más largo. ¿Desde hace cuánto no se lo cortaba? No importa; se ve hermosa.

La veía alzar de vez en cuando la cabeza mientras movía la boca regañando a quien tuviera enfrente y cuando terminaba con aquella persona desconocida para mí, ella regresaba su vista al libro.

Sus pecas la hacían ver más adorable y si mis cálculos no fallaban, tenía…

Uno…

Dos…

…

“—39… 39 pecas.”, susurré suavemente, pensando que ella no me escucharía, y esbocé una sonrisa.

De repente vi cómo sus mejillas y nariz se colocaban de un tono medio carmesí; no quería creer que se había puesto así por lo que había dicho. No pudo haberme escuchado, ¿o sí?

Alana

“—¿Qué-é…?” —dije un poco anonadada y confundida cuando escuché la voz de Omar.

Pude sentir cómo mi rostro se iba poniendo aún más caliente y supe que me estaba sonrojando, por lo que me llevé una mano a mi mejilla. No podía permitir que me viera así. Así que me alejé un rato del libro, sin cerrarlo, levantándome de mi asiento, caminando de un lado a otro del comedor de la editorial, intentando calmarme; tampoco quería que la editorial me viera en ese estado por leer un libro.

Cuando sentí que ya me había calmado, recordé el comentario de Omar: “39 pecas”. Me dirigí hacia el espejo largo de forma rectangular.

—Treinta y nueve… ¿Son treinta y nueve? —me dije mientras observaba mi rostro.

No pondría afirmarlo porque nunca nadie se había interesado por eso. Entonces, me acerqué de nuevo a mi escritorio y me senté mientras volvía a tomar el libro entre mis manos.

Dudé un rato si debía preguntarle a qué se refería; lo sabía, pero yo puse una enorme barrera entre nosotros y…

¡Ay, Dios mío! Háblale si quieres.

Ya, ya, está bien.

A veces, mi conciencia podía ser un poco intensa, pero vamos a hablarle de nuevo…

“—Omar… ¿Qué quisiste decir con eso?”

“—… No sé de qué me hablas…” —lo escuché decirme con un tono nervioso; tal vez era la primera vez que lo escuchaba así.

“—Acerca de… de mis…” —Dios, no podía ser tan difícil decir eso.” —¿Tengo treinta y nueve pecas?”

El silencio se mantuvo por un buen tiempo, ¿me habré dejado entender bien?

Me angustié tanto que empecé a juguetear con mis dedos; si él estaba nervioso, me ponía más nerviosa a mí. Tal vez no había sido una buena idea contestarle; hace tiempo que no hablamos y esto ya se hace más incómodo.

“—Lo siento, no debí haberte contestado…” —comencé diciendo mirando fijamente el libro, esperando a que me dé una señal o tal vez no, “—Creo que te he molestado; seguiré leyendo…”




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