Te veo...

CAPÍTULO 20: Tal vez, no nacimos para saberlo todo

Omar

No todos tienen el suficiente tiempo en silencio para pensar y tomar una decisión cuando se encuentran en una situación algo compleja. Creí que, tal vez, ya habría dejado atrás la necesidad de saber por qué soy así, pero la reciente noticia que Alana me contó hizo que varias preguntas retornaran a mi mente.

¿Por qué solo me pasó a mí? Y ¿Por qué, después de tanto tiempo, le pasó a mi hermano?

A fin de cuentas, ya había aceptado el hecho de que ese misterio no tendría respuestas jamás y, simplemente, quise creer que en algún momento lo sabría.

Aunque mientras se acerca más el final de esta historia, me pongo a pensar en todo lo que ha cambiado desde que Alana apareció con ese pequeño mensaje y en el que me dio el valor de cambiar mi vida. Ahora no puedo imaginarme mi vida sin su escandalosa risa, sin sus pensamientos saliendo por su boca…

Sin poder ver su rostro bañado en pecas y su rostro cubriéndose de rojo al enojarse o avergonzarse.

Suspiro mientras observo el techo blanco; en momentos en que me encuentro filosófico, me gustaría poder encontrarme bajo el cielo estrellado que se puede admirar desde la casa de mis padres. Hay que darle crédito a Liliana; sabe cómo describir lugares y sensaciones.

Solo puedo recordar las veces que me pasaba viendo el cielo mientras estaba acostado en el césped del patio trasero. Mi hermano se unía a mí y terminábamos hablando de todo.

Debo agradecerle a mi escritora que, al menos, me ha descrito una buena vida. No tengo traumas, bueno, excepto la vez que sufrí un accidente automovilístico cuando tenía quince años.

Hay muchas cosas en la novela con Olive que no se concretaron; pero parece que lo está llevando bien, y aunque aún me siento atado a seguir repitiendo la misma historia…

Me siento libre.

Volteo en dirección a Óscar. Se encuentra leyendo sus cómics y en su rostro se le dibuja una cálida sonrisa. Luego, voltea a mirarme a mí sin borrar el brillo en su cara y, extrañamente, puedo entender qué trata de decirme. Le devuelvo la sonrisa y él levanta el pulgar con entusiasmo.

Debo estar haciendo algo bien.

En ese momento, Alana llega saludando con mucho entusiasmo mientras abre el libro. Al mirarla por la enorme pantalla y, contagiándome de su alegría, activo mi micrófono para poder hablar con ella.

“—¡Omar! ¿Cómo estás?” —cómo dije, su voz está con mucha emoción, tanto que casi vuelve a golpearse con la cabecera de su cama, “—¡Tengo noticias!”

“—Hola, ruidosa. Me muero de ganas por poder escuchar lo que tienes para decirme.”

“—Qué tierno, pero bueno…” —hace una pausa para tomar agua, “—Por dónde empiezo…”

Se rasca la barbilla mientras pasa las páginas del libro buscando la parte donde se quedó; se ve tan linda y sé que si la tuviera frente a mí… Moriría de amor con tan solo besar esos labios que se ven tan tentadores en este momento. Si tan solo fuera posible atravesar esa pantalla o, en su caso, páginas para poder hacerlo.

Alargo mi mano en dirección a la pantalla como si pudiera acariciar y sentir la suavidad de su mejilla. Ojalá fuera tan fácil.

Sacudo la cabeza de un lado a otro.

Poco a poco, mi alrededor se va atenuando con la nueva locación en la que estaremos. Tarda un poco hasta que por fin se puede ver claramente cada aspecto del club.

Me doy cuenta de que estamos en medio de una cancha de tenis. Sí, me parece que se quedó en esta parte. Este es el lugar al que siempre vengo con Óscar cuando queremos pasar un buen rato. Trato de concentrarme en el partido de tenis que estoy jugando con Óscar, porque vamos 2 de 5 juegos y no a mi favor; me está ganando y esto nunca había pasado.

Con cada puntaje que obtiene, empieza a hacer el baile de Michael Jackson y a moverse como robot. Bajo la raqueta con frustración y comienzo a caminar hasta las bancas para tomar agua.

“—Parece que el niño no está acostumbrado a perder” —escucho la voz de Alana con un tono de burla en ella.

No le contesto, solo suelto un bufido.

“—¿Qué pasó? ¿Te comió la lengua el ratón?”

Afinco la mirada en el cuadro donde se encuentra su imagen; se le nota el brillo y cómo disfruta verme en esta situación. Me llevo la botella a los labios, dando un largo sorbo de agua.

“—Eres la menos indicada para hablarme, porque, primero, nunca has jugado tenis.”, enumero separando un poco la botella de mi boca para mirarla de reojo y me gusta lo que veo; la observo revolear los ojos.

“—Y segundo, es tu culpa que haya perdido.”

“—¿Disculpa?”

Dejo de tomar agua y se forma una curva cómplice sobre mis labios cuando la veo con la ceja enarcada.

“—Estas disculpada, tranquila.”

“—Eres un capullo, Omar O’her.”

De la nada, escucho aparecer una carcajada detrás de mí y sé a quién le pertenece. Como si lo hubieran llamado a la conversación, ahí se encuentra Óscar, también tomando agua y, lo más seguro, volviendo a echarme en cara que me ha ganado.




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