Tejidos de gritos de silencio

capitulo2 nadie nos enseñan a sobrevivir

Ares

Aún recuerdo que estaba pensando en una frase que decía así:

El silencio también sabe pegar.
No deja moratones visibles, pero te va rompiendo por dentro hasta que aprendes a caminar con las grietas.

Vivo en una casa okupa al final del barrio industrial, donde el olor a humedad se mezcla con el del óxido y la basura acumulada. El edificio está medio en ruinas, pero es nuestro refugio. No hay padres, no hay adultos que se hagan cargo de nada. Solo estoy yo... y mi hermano.

A Leo le amputaron las piernas después del accidente. Tenía doce años. Yo quince. Nuestros padres ya no estaban antes de eso; se fueron de la forma en la que se van los cobardes: dejando huecos imposibles de llenar. Desde entonces aprendí a ser muchas cosas a la vez: hermano, cuidador, adulto antes de tiempo.

Cada mañana empieza igual. Me levanto antes de que salga el sol, reviso que Leo esté bien, que la silla de ruedas no tenga las ruedas flojas, que no le falten las pastillas. A veces no hay leche, a veces no hay pan. A veces no hay nada.
Pero siempre hay que seguir.

Trabajo donde puedo. Repartidor por horas, pedaleando con una mochila más pesada que mis fuerzas, escuchando cómo algunos ni siquiera dan las gracias cuando les entrego la comida. O limpiando un gimnasio por las noches, frotando suelos que otros ensucian sin pensar, respirando sudor ajeno y música demasiado alta. Me pagan una miseria, pero con eso comemos. O sobrevivimos, que no es lo mismo.

En el instituto me llaman rebelde. Problemático. Caso perdido.
No saben que llego cansado, con las manos llenas de productos de limpieza y la cabeza llena de cuentas imposibles. No saben que estudio con hambre. Que a veces me duermo en clase porque la noche fue demasiado larga.

Ese día, entre empujones y ruido de taquillas, veo a Maeve.

No hace falta que nadie dijera nada para entenderlo. Las miradas están clavadas en su piel oscura, las risas ahogadas, los susurros venenosos.

Caminan con los hombros tensos, como si cada paso fuera una batalla. Tres chicas la siguen de cerca, burlándose sin pudor. Un par de chicos se suman al juego.

-Vuelve a tu país -escucho .

Maeve no responde .
El silencio otra vez. Ese silencio que conozco demasiado bien. El que te enseña a tragar cuando sabes que nadie va a defenderte.

Siento algo parecido a la lástima, pero más profunda. No era una pena. Era rabia. Porque veo en ella lo mismo que veo en Leo cuando alguien lo mira con condescendencia, como si su vida valiera menos. Veo a alguien solo, rodeado de gente.

Me acerco sin pensarlo.

-Déjala en paz.

Se giran . Uno de ellos se ríe.

-¿Y tú quién eres?

-Nadie importante -respondo

-. Pero suficiente para que la dejéis tranquila.

Hay un momento tenso, de esos en los que sabes que todo puede acabar mal.

Yo no retrocedo que nunca lo hago.

Al final aparece un profesor y todos se desaparecen, como ratas cuando se enciende la luz.

Maeve se queda quieta y tiene los ojos brillantes, no de lágrimas, sino de orgullo herido.

-Gracias Ares -Me dice

Asiento, incómodo.

-No es justo -Añade ella

-. Yo no les he hecho nada.

-Nunca lo es -Les dig

-. Se meten con lo diferente porque les da miedo.

Mientras me alejo mientras pienso que el mundo es experto en machacar a quien ya viene golpeado de casa. A los pobres. A los distintos. A los que no encajan.
Pienso en Leo, en mí, en Maeve

Este día entiendo que no podía salvar a todo el mundo, pero sí negarme a mirar hacia otro lado.
Porque cuando nadie alza la voz, el silencio se convierte en cómplice.

Y yo ya he callado demasiado.

El timbre suena pero yo no entro a clase porque estoy demasiado cansado .

Mis hombros pesan más que nunca y cada paso se me hace difícil.

Salgo del instituto , sintiendo el aire fresco golpear mi rostro como un recordatorio de que aún estoy en pie.

La mochila me presiona la espalda , pero no me preocupa.

Solo deseo que este día acabe

En la puerta del instituto Maeve me observa desde la distancia.

Sus ojos brillan mostrando una mezcla de curiosidad y respeto.

No dice nada,no es necesario, solo con verme salir de esa manera,entiende que cada día es una batalla para mí.

Cuando salgo del instituto camino por las calles del barrio, siento que el cansancio comienza a apoderarse de mis huesos .

Cada respiración me recuerda lo que debo hacer , llegar a casa y asegurarme de que Leo esté bien, preparar algo de dormida .

Nadie lo hará por mí.

Llego a casa arrastrando los pies, la mochila me quita fuerzas, pero no puedo dejarla en cualquier lado. El olor a humedad y a basura me golpea al abrir la puerta del edificio okupa. Subo las escaleras con cuidado; algunas tablas crujen bajo mi peso.
Entro al pequeño apartamento que compartimos con Leo. Él está en su silla de ruedas, esperando, con esa mirada que me recuerda por qué no puedo rendirme. Las piernas le fueron amputadas, pero su sonrisa sigue siendo lo que más pesa en mi corazón cada día.
Primero reviso que todo esté en orden: ruedas de la silla, pastillas, la poca comida que tenemos. A veces me falta algo; a veces no hay nada, pero siempre hay que seguir. Leo me observa mientras limpio un poco el piso, mientras preparo algo de comer. No dice nada, pero sé que entiende que cada acción mía es por él.
No me quedo mucho tiempo. El trabajo no espera y el dinero tampoco. Me cuelgo la mochila otra vez y salgo, cerrando la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera romper el poco equilibrio que tenemos.
El gimnasio me recibe con su olor habitual: sudor, goma y productos de limpieza. Me pongo a trabajar en silencio. Frego el suelo, limpio las máquinas, recojo botellas vacías. Al fondo, varios chicos entrenan boxeo. Golpean el saco con fuerza, se corrigen, se animan entre ellos. Sus puños suenan secos, constantes. Yo los observo de reojo mientras sigo limpiando. Ellos descargan la rabia. Yo la guardo.
Cuando terminan y se marchan, el gimnasio queda casi a oscuras. Apago algunas luces y el silencio se hace más grande. Me quedo quieto unos segundos, escuchando mi respiración. Entonces me acerco al saco. No debería, pero lo hago igual.
Empiezo a golpear.
No sé boxear. Mis golpes son torpes, desordenados, pero van cargados de todo lo que no digo. El cansancio, el miedo, la presión constante de no poder fallar. Golpeo más fuerte. Más rápido. Durante unos segundos me siento ligero, como si pudiera soltarlo todo ahí.
De pronto escucho unas pisadas.




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