Tejidos de gritos de silencio

capitulo 3 las cicatrices que no se ven

Ares

Salgo de mi casa y comienzo a caminar hacia la parada del bus. Cuando subo, está lleno; apenas puedo agarrar aire y tengo que oler el sobaco de personas junto a su fuerte olor a tabaco.
El ruido del motor y las voces mezcladas me golpean la cabeza. Me agarro como puedo a una barra y dejo que el traqueteo me balancee.
En ese momento escucho risas suaves, demasiado insistentes, y una voz que no responde.
No hace falta mirar mucho para saber de qué tipo de risas se trata.
Giro un poco la cabeza y enseguida capto la escena sin necesidad de observarla por completo.
Unos chicos ocupan demasiado espacio alrededor de una niña.
Le hablan por encima, le tiran de la mochila, juegan a asustarla.
Se turnan, como si fuera un juego.
Ella se encoge en el asiento y mira al suelo, igual que Maeve.
Algo me quema por dentro, así que me levanto antes de pensarlo.
—Basta ya —digo, interponiéndome entre ellos y la niña.
—Dejadla tranquila.
—¿Ya os habéis divertido lo suficiente? —les pregunto, mirándolos uno por uno
—.Porque da bastante pena meterse con alguien que no puede defenderse.
El silencio se extiende por el bus.
Uno de ellos intenta reír, pero no le devuelvo la sonrisa.
—Relájate.
—No —respondo.
—Buscad a alguien de vuestro tamaño.
Se miran entre sí y, al final, se apartan, molestos.
La niña aprieta la mochila contra su pecho.
—Gracias —dice.
Asiento y regreso a sentarme.
No espero nada más. No lo hago por reconocimiento.
El bus sigue avanzando; al mismo tiempo, yo miro por la ventana con la misma idea de siempre: no puedo arreglar el mundo, pero sí evitar que alguien se rompa un poco más hoy.
Llego al fin a mi parada y me levanto agarrando la mochila mientras me bajo del bus.
Camino un poco más hasta llegar allí, donde veo a Maeve caminando abrazada a sí misma, mirando al suelo, mientras entra al instituto.
Aprieto los puños pensando en la injusticia. Siempre el blanco fácil es el más débil. Camino sintiendo dentro de mí la llama de la ira; la rebeldía toca la puerta de mi corazón y, al cruzar la puerta del instituto, veo a los mismos niñatos y niñatas con sus teléfonos, riendo y haciéndose selfies, como si sus problemas fueran ganar popularidad mientras otros vivimos en el anonimato, luchando por salir adelante.
Ellos nunca han tenido que elegir entre comer o callar.
Mientras voy a mi aula, me doy cuenta de que tres chicos se acercan con esas risas que intentan intimidar.
Las conozco bien. Siempre empiezan igual.
Esta vez no permito que se acerquen demasiado porque mi presencia actúa como un muro invisible.
Maeve me mira de reojo y, por un pequeño momento, nuestras miradas se cruzan.
En sus ojos hay cansancio… y algo parecido a alivio.
No es necesario hablar; sabe que no está sola. Me acerco y le susurro:
—Hoy no estás sola.
Ella me responde con un pequeño asentimiento, casi leve, pero suficiente para que el día cobre sentido.
Entro en la clase y me siento en mi sitio de siempre, al fondo, cerca de la ventana.
Pongo los codos sobre la mesa y dejo que el cansancio se vaya.
O eso intento.
Durante unos momentos, todo permanece en silencio.
Entonces entra Maeve. No es necesario que diga nada; en cuanto cruza la puerta, las risas comienzan a aparecer como algo desagradable que va en aumento.
—Mira su pelo.
—Parece una escoba —dice uno sin preocuparse por bajar la voz.
Las risas resuenan en el aula. Maeve se queda inmóvil un instante, apenas un parpadeo, como si su cuerpo necesitara recordar cómo continuar, y luego camina hacia su asiento con la cabeza en alto, aunque sé que cada paso le supone un esfuerzo.
Aprieto la mandíbula, siento el calor que sube por mi pecho, esa rabia familiar que me arde por dentro.
—Ya basta.
No grito, no es necesario. Mi voz suena firme, seca.
Sin pensarlo dos veces, golpeo la mesa con la mano, pero de repente entra el profesor y todos vuelven a sus sitios, haciendo que las risas se vayan apagando poco a poco.
En ese momento Maeve sale huyendo del aula con la cabeza baja y los labios apretados, como si el aire se le hubiera hecho demasiado asfixiante para respirar.
La puerta se cierra tras ella y algo dentro de mí se quiebra.
Miro a mi alrededor y nadie dice nada; algunos bajan la cabeza, mientras otros sonríen cómodos en la crueldad.
Uno de los chicos que se burlaba de Maeve me mira y sonríe con desprecio; suelta un comentario por lo bajo solo para provocarme. No me callo. Nunca lo hago. Y no tengo por qué hacerlo ahora. No me lo pienso y doy dos pasos con seguridad, quemándome la rabia por dentro, parándome frente a él. Nos quedamos cara a cara, demasiado cerca, con la tensión clavada en el aire. Me empuja primero, como si supiera que puede hacerlo. Le devuelvo el empujón, y él pierde el equilibrio, se da contra una mesa y, justo cuando su ego ya ha comenzado a pisarlo, todo el aula se queda en silencio al entrar el director. No pregunta, no escucha. Me señala y me saca del aula delante de todos.
Camino por el pasillo con el pulso acelerado, sabiendo que otra vez seré yo el problema.
Camino con firmeza y seguridad en cada paso; miro con rabia a los imbéciles que callan por no admitir que son unos auténticos payasos.
En el despacho del director el ambiente no es mejor. Su voz es dura, fría, como si ya tuviera la sentencia escrita. Intento defenderme; le digo que siempre es lo mismo, que los hijos de papá pueden hacer lo que quieran mientras a mí me tratan como una mierda, que nadie ve lo que le hacen a aquellos alumnos que se sienten inferiores por culpa de esos alumnos privilegiados, porque sus padres pagan bien para que así sea. No le importa ninguna de mis palabras. Llego a determinar que de nada sirve hablar cuando la otra persona está más que comprada en sus valores y no sabe implantar la justicia cuando se debe hacer.
Salgo de allí con un nudo en la garganta y los puños cerrados.
Salgo de allí con rabia en el pecho y una sola idea clara: encontrarla, asegurarme de que esté bien.
Cuando la encuentro, está apoyada contra la pared, hecha un ovillo.
Los sollozos apenas se reprimen. Sin perder tiempo me pongo a su lado y, sin decir nada, paso la manga de mi camisa por sus lágrimas.
Ella me mira y me dice:
—¿Por qué lo haces?
No respondo, solo encojo los hombros, dejando que el silencio hable por mí.
Por ahora no es necesario explicar nada.
A veces las palabras son innecesarias; hay gestos que expresan más que cualquier explicación y, en ese momento, comprendí que estar presente para alguien puede ser suficiente para que el mundo sea un poco menos pesado.




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