Tejidos de gritos de silencio

capitulo 5 el peso de lo invisible

Maeve

Los días pasan, pero algunas cosas parecen no moverse nunca. A veces pienso que el tiempo avanza solo para algunos, mientras otros seguimos atrapados en el mismo punto, repitiendo silencios y miradas que duelen.
Han pasado unos días y la situación sigue siendo la misma, no ha habido ningún cambio.

Camino por los pasillos con la sensación constante de estar observando desde fuera, como si ya supiera lo que va a ocurrir algo antes incluso de que suceda.
Porque hay una nueva alumna que está siendo un nuevo objeto de bullying por parte de algunos de mis compañeros.

La veo encogerse igual que yo lo hacía. Reconozco ese gesto, esa forma de bajar la cabeza, de intentar desaparecer sin éxito. Nadie debería aprender tan pronto a hacerse pequeña.
Tanto Ares como yo estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para que el director comprenda lo que está sucediendo.
Pero las palabras chocan contra paredes sordas. Promesas vacías, miradas cansadas, frases aprendidas que no cambian nada.
Sentí una combinación de impotencia y enojo, cada vez que observaba cómo la trataban, recordaba lo que había vivido y me dolía que otra persona tuviera atravesar lo mismo.
Es como revivir mi propia historia desde fuera, sin poder evitarlo del todo.
Me pregunté si alguna vez realmente escucharía, más allá de las palabras huecas del director.

Empiezo a pensar que escuchar y entender no siempre van de la mano.
El timbre suena distinto hoy, casi ajeno.

Hay un murmullo extraño en el ambiente, una sensación de pausa inesperada.
Justo ahora mismo estoy con Ares afuera del instituto, donde nos informaron que no hay clases, así que él me propone ir a un sitio.
Lo miro sin saber muy bien qué responder. No pregunta, no insiste. Solo espera.

Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de ir a algún lugar sin miedo, aunque sea por un rato, no me parece imposible.

No me dice a dónde vamos. Solo camina a mi lado, con las manos en los bolsillos y la mirada al frente, como si el camino fuera algo que ya conoce de memoria. Yo lo sigo sin preguntar. Hay silencios que no incomodan, y el suyo me hace sentir a salvo, como si por primera vez no tuviera que justificar mi presencia.

Llegamos a un edificio viejo, con la fachada gastada y una puerta que parece resistirse al tiempo. Subimos despacio. Las escaleras crujen bajo nuestros pasos y el aire huele a humedad. Antes de abrir, Ares se detiene un segundo. Lo noto. Respira hondo.

—Aquí vivo —dice al fin, casi en un susurro.

El piso es pequeño, sencillo, pero hay algo cálido en él. No es el lugar, es la forma en la que Ares se mueve dentro, como si cada rincón tuviera un propósito. Leo está en el salón, en su silla de ruedas, concentrado en un libro.

Cuando ve a Ares, levanta la vista y sonríe de una manera que me atraviesa. Es una sonrisa limpia, sincera, de esas que no se ensayan.

—Hola, campeón —le dice Ares, acercándose.
Leo se ríe y entonces Ares cambia.

Su cuerpo se relaja, su voz se vuelve más suave, más real.

Nunca lo había visto así. No parece el chico duro del instituto, ni el que se enfrenta a todo. Aquí es solo un hermano.

—Ella es Maeve —dice señalándome.
Leo me saluda sin mirarme raro, sin curiosidad incómoda.

Me hace sentir bienvenida sin necesidad de palabras. Pasamos tiempo los tres. Hablamos de cosas simples.

Leo cuenta algo del colegio, Ares lo escucha con atención, sin interrumpirlo nunca.

Yo los observo en silencio, intentando no romper ese momento.
Ares se levanta varias veces para acomodarle la manta, para acercarle un vaso de agua, para ajustar las ruedas de la silla. Cada gesto es pequeño, pero lleno de cuidado. Entiendo entonces que su fuerza no está en la rabia que a veces lo consume, sino en este amor constante, silencioso, que sostiene todos sus días.
Me doy cuenta de que estoy sonriendo sin darme cuenta.

Cuando llega el momento de irnos, siento un nudo en la garganta. No quiero irme, y eso me sorprende. Ese lugar, con sus paredes gastadas y su poco espacio, se siente más hogar que cualquier otro en el que haya estado.

—Vuelve cuando quieras —me dice Leo.
Asiento, sin poder hablar.
Después Ares me lleva al gimnasio donde trabaja. El olor a metal, a sudor y a esfuerzo lo llena todo. Las luces son frías. Me siento en un banco mientras él limpia. No hablamos. Lo observo moverse de un lado a otro, concentrado,

cansado. Hay algo en su forma de estar que me tranquiliza, como si su presencia ordenara el caos dentro de mí.

—¿Te gusta el boxeo? —me pregunta de repente, sin mirarme.

Asiento despacio.
—Mi tío fue boxeador —dice.

—. Cuando era pequeño entrenábamos juntos. Yo soñaba con ser como él.
Se queda callado un segundo, como si midiera lo que va a decir. Luego se coloca frente al saco. Empieza a golpearlo. Cada golpe suena distinto. No es violencia sin control. Es desahogo. Es tristeza. Es todo lo que no se permite decir en voz alta.
Lo miro sin pestañear. Siento un nudo en el pecho. Es como si se estuviera abriendo delante de mí sin darse cuenta.

—Siempre quise dedicarme a esto .

—continúa, sin dejar de golpear.

—. Pero ya no. Nunca voy a llegar a cumplir ese sueño.
Su voz se quiebra al final. Apenas. Pero lo noto. Se detiene. Baja los brazos. Me levanto despacio y me acerco un poco más.

—¿Por qué dices eso? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—Porque la vida no siempre te deja elegir.
Lo miro de verdad. Veo a un chico que ha tenido que crecer demasiado rápido, que ha aprendido a sobrevivir antes que a soñar.
—Yo creo que sí podrías —le digo

—. Si de verdad lo quieres, si te lo propones… podrías lograrlo.
Me mira. Sonríe, pero niega con la cabeza.
—Ojalá fuera tan fácil.
El silencio vuelve a rodearnos. No pesa. Acompaña.
Me acompaña a casa cuando salimos. El camino se me hace corto. Antes de irse, se inclina y me da un beso en la mejilla. Es simple, breve, pero mi cuerpo reacciona como si algo se encendiera por dentro. El corazón me late demasiado rápido. No digo nada. Él tampoco.
Cuando entro, pienso que nunca nadie me había hecho sentir así: vista, cuidada, importante. Y por primera vez, no me pregunto si merezco sentirlo. Solo dejo que ocurra.




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