Ares
Leo y yo seguimos en el parque disfrutando del ambiente, pero de repente me doy cuenta de que el clima ha cambiado.
Las nubes comienzan a cubrir el cielo y el aire se siente más fresco.
Decido tomar la mochila de Leo y se la entrego. Con cuidado, empujo la silla de ruedas paso a paso hacia nuestra casa.
Sin embargo, mi mente no puede evitar perderse en pensamientos. Pienso en Elara y me invaden sentimientos de preocupación.
Espero sinceramente que esté bien, pero aún así el miedo persiste en mi corazón.
Miro a Leo de reojo, asegurándome de que esté a gusto. Su tranquilidad me recuerda que tengo que ser fuerte, incluso cuando por dentro todo se siente delicado.
Cuando llegamos a casa, dejo la mochila en el suelo y llevo a Leo directamente a su habitación. Lo ayudo a entrar al baño, abro el grifo y lleno la bañera con agua. Luego le ayudo a quitarse la ropa.
Después lo ayudo a meterse en la bañera, y el vapor comienza a llenar el ambiente mientras el agua y él salpican con las manos, mojándolo todo. Intento mantener la seriedad, pero termino riéndome cuando una gota me cae en la cara.
Le pongo jabón en el cuerpo y luego le ayudo a lavarse el pelo. Mientras lo hago, nos divertimos entre espuma y risas, fingiendo que la espuma es una nube enorme. Leo ríe tanto que casi olvida que no le gusta que le caiga agua en la nariz.
Después cierro el grifo, lo saco de la bañera y lo envuelvo con la toalla. Lo seco bien y le pongo el pijama, asegurándome de que todo quede cómodo para él.
Luego lo coloco en la silla de ruedas y lo llevo al salón, donde se concentra en sus dibujos favoritos.
Dejo que disfrute de la tranquilidad unos minutos mientras voy a mi habitación a ducharme.
Abro el grifo y siento cómo el agua tibia acaricia mi piel, relajando mis músculos. Me permito disfrutar de esa calma unos instantes, pero pronto un ruido rompe la quietud.
—¿Qué fue eso? —pienso, mientras me acerco a la puerta del baño.
Voces apagadas. Pasos rápidos. Mi estómago se encoge.
—Policía —susurra un pensamiento aterrador.
El corazón me late con fuerza. Mi mente corre más rápido que mis pies. Leo está allí, confiando en mí, y yo no puedo fallarle.
Recojo rápidamente lo que puedo y tomo a Leo de la mano. Salimos del piso sin cerrar la puerta. Cada paso me recuerda lo frágil que es todo lo que tenemos.
En la calle, el frío me golpea. Respiro hondo y trato de calmarme. No hay sirenas todavía, pero no puedo arriesgarme. Caminamos sin rumbo hasta que pienso en el gimnasio como refugio.
Entramos con cuidado. Está vacío. Coloco a Leo en un rincón y lo cubro con mi chaqueta. Esa noche no dormimos, solo permanecemos en silencio, sintiendo la seguridad temporal que nos da el lugar.
A la mañana siguiente, entra un anciano llamado Tom, el encargado del gimnasio. Me observa mientras ajusto mis guantes, y yo siento una mezcla de tensión y miedo.
—¿Estás bien, chico? —pregunta, con un tono suave.
Le cuento todo: la policía, el desalojo, cómo no tenemos dónde ir. Tom escucha atentamente, con un gesto de preocupación en el rostro.
—Siento mucho lo que os ha pasado —dice finalmente
—. Vamos, te invito a comer y hablamos.
Mientras comemos, me dice que puede ofrecerme un lugar para quedarme, pero con una condición: debo entrenar boxeo, y él será mi entrenador.
Sin dudarlo, acepto. Es una oportunidad, un techo seguro para Leo y para mí, y la posibilidad de aprender algo que me podría ayudar en el futuro.
Una vez instalado en su casa, llamo a Maeve para contarle que estamos bien y que ahora tenemos un lugar donde dormir. Ella se muestra aliviada, y yo siento un pequeño peso levantarse de mis hombros.
Después, la historia continúa como estaba escrita originalmente:
Leo y yo seguimos en nuestra rutina diaria. Preparo la comida para él, intentando convencerlo de que coma aunque esté de mal humor. Mientras tanto, pienso en cuánto me gustaría darle más, darle opciones, que no tengamos que preocuparnos tanto por lo básico.
Salgo a hacer los repartos para el señor Okama. La propina que recibo es mínima y siento la frustración de siempre. Aun así, vuelvo a casa con Leo, estoy bastante agotado, sintiendo cada músculo rígido de cansancio. A veces me pregunto si podré soportar todo esto.
Al día siguiente, nos dirigimos al gimnasio. El lugar está lleno del ruido de las máquinas y de la música motivadora que suena de fondo. Me voy hacia los vestuarios, dejo mis cosas en la taquilla, al cerrar me voy mentalizando como debo de afrontar todo esto conflicto tanto interno como externo donde mi mayor preocupación es Leo para que nada le falte.
Ajusto mis guantes y reviso la rutina, pero una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro al recordar cómo Leo terminó la cena: tranquilo y feliz.
Al menos él se encuentra a gusto y eso es un bálsamo para corazón.
Mientras entreno,sigo las instrucciones de Tom, con cada golpe, cada sudor resbalando por mi cuerpo hace que saque fuerzas y esa agresividad que creí tener olvida.
Casi acabando el entrenamiento, pienso que Maeve y podría aparecer después del instituto como habíamos acordado. La imagino entrando en este ambiente, lejos de la tranquilidad del hogar y de los dibujos de Leo.
De repente, la puerta se abre y ella aparece con su mochila colgada de un hombro y esa sonrisa que siempre ilumina mi día.
—¡Hola, Ares! —saluda con entusiasmo.
—Hola, Maeve —respondo, intentando mantener la voz tranquila.
Mi corazón late más rápido de lo normal, será por el esfuerzo. Ella deja la bolsa en el suelo, nuestras miradas se cruzan un momento. Es algo ligero, casi imperceptible, pero provoca una sonrisa involuntaria en mí.
—Nunca te había visto entrenar —dice
—. Tienes bastante disciplina.
—Supongo que es costumbre —respondo encogiéndome de hombros.
Ella sonríe de nuevo, suavemente. No hace falta decir más. El silencio compartido lo dice todo.
Después de entrenar, me acerco a Maeve con calma:
—¿Te gustaría ir a una pizzería? Estoy seguro de que tienes hambre.
Ella asiente con una sonrisa.