Tempus Sphera

Tempus Sphera

El aire pesa al respirar.

Se me llenan los pulmones de vaya a saber qué sustancia, pero no puedo dejar de hacerlo. No sé dónde me encuentro exactamente, pero sí puedo asegurar que ya no habito bajo el mismo cielo azul. Me gustaría saber precisamente hace cuánto llevo levitando en esta densa oscuridad, pero no puedo. He perdido la noción del tiempo desde ese fatídico día en el que, de pequeña, me regalaron un reloj muy extraño: tan solo contenía 48 minutos.

Era el cumpleaños 48 de mi madre, y la casa se llenaba de conocidos y desconocidos a medida que avanzaba el día. Exactamente, 48 invitados. Lo recuerdo a la perfección porque, en aquella ocasión, todo giraba en torno al número 48. Desde la visión de una niña de doce años que corría por toda la casa, los sucesos no parecían más que coincidencias graciosas, aunque más tarde descubrí que no.

La casa se adornaba por todas partes con globos de colores, llegué a contar 48, pero no puedo asegurarlo, pues, vi a la abuela llevándose dos de ellos y depositándolos en su habitación luego de cerrarla con llave. En el pastel que descansaba sobre la mesa principal había 48 velas pequeñas esperando a ser sopladas por mamá, pero yo quedé embobada con el diseño de merengue acaracolado y la intrincada caligrafía en tono azul intenso.

La abuela se acercó y me acarició el extremo de mi trenza larga hasta la cintura. Me exalté por su caricia y me devolvió una sonrisa de ojos achinados de esas que hacen que los malos parezcan buenos.

—Veo que te estás divirtiendo —sonrió una vez más.

Sí, me divertía a mi manera. No había niños en casa ese día. Bueno, eso era una mentira. Estaba, Johnny, el hijo del mejor amigo de mi padre. Era un chico raro que me observaba de vez en vez y cuando yo lo notaba, se mordía la piel de las uñas.

—Hoy es un día muy especial para nuestra familia, Amelia.

—Lo sé, abu, es el cumpleaños de mamá —me giré para mirarla desde mi altura.

—Sí, bueno, eso también.

Su tono dejaba mucho que decir, o ella no lo decía todo.

—¿Sabes cuánto mide tu trenza el día de hoy? —preguntó mientras me rodeaba el hombro llevándome hasta el jardín trasero.

Lo pensé por un momento, pero no había forma de que yo supiera algo como eso. Aunque sí recordaba perfectamente que la abuela me había cortado el cabello hacía unos días. Mi respuesta fue una broma, lo juro, me dejé llevar por el juego que había estado jugando durante el día.

—¿48 centímetros? —la abuela sonrió.

—Eres una niña muy inteligente, Amelia —me sonrojé y justo en ese instante capté los ojos de Johnny fijos en mí—. Por eso hoy quiero entregarte algo especial.

La abuela se sentó en uno de los columpios y me invitó a tomar asiento a su lado. Introdujo la mano en uno de sus bolsillos y su rostro se endureció por un instante.

—Escucha, Amelia. —Sacó del bolsillo un reloj dorado con diminutos diamantes en su interior y sentí cómo mis labios formaban una gigantesca O—. Aún eres muy pequeña para comprender el valor del tiempo, pero confío en que eventualmente lo harás.

Yo sí entendía el valor del tiempo. No supe cómo explicarle que si me entretenía de camino a casa desde la escuela, no llegaba a tiempo para ver mis caricaturas favoritas. Cada vez que eso pasaba, me ponía muy triste. Así que simplemente mantuve mi atención en sus palabras. Los adultos a veces dicen cosas tontas, pero la abuela era diferente.

—Nuestra familia pertenece a un linaje antiguo capaz de adulterar el tiempo.

Aparté la vista por un momento del brillante reloj que mantenía cautiva mi atención.

—¿Qué es adulterar? ¿Cosas de adultos? —La abuela sonrió y desvió la mirada hacia el cielo.

Yo la imité y comencé a contar las nubes. Parecía una locura, pero, ¿y si había 48?

—Amelia, tú eres una Chronaris, como lo fue mi abuela y su abuela antes de ella.

Me mostró el reloj más de cerca y noté que era diferente a los relojes que colgaban en las paredes de casa. A este le faltaban algunos palillos de estos que te ayudan a contar los minutos.

—Los Chronaris guardamos los secretos del tiempo desde generaciones bien antiguas. Somos capaces de caminar entre los segundos como si fueran senderos abiertos solo para nosotros.

Yo había visto algunas caricaturas sobre el espacio exterior y sabía que el tiempo allá se comportaba un tanto diferente al nuestro. ¿Se refería a eso la abuela?

—¿Entonces soy como una extraterrestre?

Lanzó una carcajada al aire y casi hundo la cabeza entre las piernas. Seguro había dicho una burrada.

—Podría pensarse que sí, pero prefiero decir que tú y yo somos especiales y únicas.

Se me escapó un gemido de asombro, y a la vez de orgullo, tras escuchar sus palabras. Ella tomó el reloj y lo colocó en mi muñeca, ajustando los eslabones dorados que conformaban la correa. Me quedaba hermoso y brillaba mucho cuando el sol besaba los pequeños diamantes en su esfera.

—Este reloj es como una varita mágica, Amelia, y como todo objeto mágico, debes usarlo con sabiduría. —Su expresión se tornó más severa—. Manipular algo tan sensible como el tiempo tiene sus restricciones.




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